Revista Palta | LA PRIMERA DE TODAS
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LA PRIMERA DE TODAS

Cuando tenía nueve años apareció una vecinita nueva en el barrio de mi abuela, en San José. Llegó desde Misiones con su mamá, una prostituta que —como el mosquerío dijo más tarde— había quedado embarazada de «un muchacho bien parado». El primer día, para nosotros que éramos todos varones, su gorrita para atrás (allá le decimos yoqui), su bombacha blanca, la remera que le faltaba y las tetillas al aire como dos botoncitos planos nos incomodaron hasta el punto de mirarla sólo de reojo.

Ella tenía seis, y su sola presencia en un partido de fútbol nos alborotaba; en verano jugábamos con las remeras envueltas en las cabezas, las mojábamos en una canilla y el agua hervía entre la tela al primer contacto con la sangre agitada de las sienes. Evelyn (no le decíamos Évelin, sino Evelín) se acercaba con su mamá, que hablaba de algunas incoherencias con mis tías y mi vieja, y nos miraba a contraluz; el sol dándole de lleno en los ojitos achinados y el pelo negro saliéndole del yoqui nos recordaba que era una nena, que no tenía pito sino «cola», y nos hacía pensar que las mujeres hacían pis y caca por el mismo lugar.

El día que nos encontraron a Evelyn y a mí detrás de unos yuyos pasando la vía, a mí me agarraron muy fuerte de un brazo y el sopapo todavía resuena entre las chapas del peladero de enfrente. Pero el beso algo babeado que me dio cerca de la boca fue como las gotitas de una menta fresca que no se iba ni a los golpes.

Su mamá era rara, pedagógicamente rara. Lo único que le escuché decir fue que no jugáramos a tocarnos «el trasero», y la mandó para adentro. Nunca se le borraba la sonrisa, tenía una voz muy suave y los labios rojos como un putaparió. Ambas, madre e hija, eran iguales, idénticas en lo exótico del portuñol; el límite con Brasil de su ex pueblito les había regalado esa belleza de lo híbrido en el lenguaje y Evelyn quería plata pra las boliños, no para las galletitas. Y a mí esas rarezas me enamoraban. Yo tenía la espalda curtida de tanta chilena a ripio abierto y cuando Evelyn se sentaba en el cordón cuneta con sus boliños y una chocolatada la cabeza me hacía cortocircuitos.

Una semana después de aquel beso volvimos a visitar a mis abuelos. Ese día éramos pocos, el aire quemaba en las orejas, las chicharras hacían el mismo telón sinfónico de todas las siestas. Peto y Tincho fueron los únicos que me hicieron el aguante de jugar un 25. Estuvimos casi dos horas al rayo del sol, con los pies llenos de tierra, los cachetes colorados. Después, a la hora en que la gente grande saca los sillones a la vereda, fuimos a pedir plata para los juguitos congelados que vendía la mamá de Matunga, el otro que faltaba.

Después de toda esa causerie entre las señoras y la madre de Mati pudimos comprar nuestros juguitos congelados, y de paso, cómo si no, preguntar por él. La heladera de los fiambres hacía ruido y pregunté dos veces. La respuesta fue la misma. Está con la Evelyn por ahí.  

Me ericé de odio; pegué el grito más silencioso de todos y salir como salí me hizo doler la cabeza por el golpe de luz. Crucé la calle sin mirar porque yo sabía dónde estaban; nuestro lugar, nuestros nidito de yuyos, la sombra de esa pequeña palmera de yatay ¡Cruel, maldita palmera de yatay!

Los otros dos me siguieron a las risas, haciéndole señas a mi hermano que recién se levantaba de la siesta. Le va a pegar. Murmuraban y se reían y la ansiedad les deformaba la voz. Le va a pegar, pajero. Mi hermano se les sumó con cara de dormido. Éramos ellos, un poco de nervios y yo.

De la angustia, en el camino junte dos piedras ovaladas, filosas, porque Matunga era morrudo. Cuando llegamos hasta la vía me trepé del alambre de púas con mano abierta y crucé. Nuestra palmera quedaba más al fondo y los busqué desde la primera de la hilera, sobre el borde del otro camino. Hoy sé que mi enojo era con ella, aparte Matunga era como un hermano y tampoco sé si supo lo que yo sentía por Evelyn; nuestras cosas eran secreto, cosas que se hacían a la siesta, vía mediando, y que ninguno de nosotros contaba.

Cuando los encontré, ahí estaban. Crueles los dos como un par de espuelas. Arrodillados, hablando bajito, los cuerpos pegados. Ella con el pelo con hojitas, inofensiva. Él se paró, y yo, piedra en mano, me asusté. ¿Vamos a jugar contra los melli?vamos a romperles el orto, Matunga, le dije, desmayado del miedo.

Me sonrió y nos fuimos. Callados, confusos, la pelota bajo un brazo. Y yo, que me sentía impotente por su imponencia de pibe grandote, abandoné a esa niña bajo la sombra, sola sobre el borde de una vía. Su figura de criatura, el pantano primitivo de los yuyos y la tierra. La bronca que me juntaba las muelas y el aire tibio que nos ahogaba.

Nicolás Fernández Ramos
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