Revista Palta | LA NOSTALGIA: EL MONSTRUO ATRÁS DE LA CORTINA
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LA NOSTALGIA: EL MONSTRUO ATRÁS DE LA CORTINA

No estoy segura de hasta qué edad corre la niñez, pero hasta los diez seguro. Y más creo que también. Incluso pienso que hoy, en algún punto, sigo siendo una nena. Tengo amigos de mi edad que siguen recibiendo regalos todos los segundos domingos de Agosto. Yo sigo mirando dibujitos, usando ropa de los Looney Toons, llenando álbumes de figuritas, mirando fútbol sólo por el placer de putear cuando pasan cosas que no entiendo y corriendo la cortina del baño para chequear que no haya un monstruo detrás con ganas de comerme; pero en cuanto al día del niño, dejé de festejarlo cuando todavía era una niña.

A los diez años, ya se acercaba la fecha cuando papá me dijo “ya estás grande, no? no seguís necesitando regalito y todo eso…”. Y yo, con mis atolondradas ganas de crecer y un fuerte deseo de independencia temprana, me contuve y le dije que no, que tenía razón, no lo necesitaba. Creo que surgió como un chiste, pero los dos seguimos orgullosos y cuando llegó el día no hubo ni regalo, ni reclamo.

El lunes siguiente la actividad en el colegio era contar qué nos habían regalado. No era una charla que se limitaba al recreo: las maestras lo habían programado como parte de la clase. Yo de ese detalle me había olvidado cuando tuve la charla con papá. A todos les habían comprado un montón de cosas. Yo conté lo que me habían dicho pero no hubo respuesta, solo miradas con aire de superioridad. Ellos, los niños, me miraban a mí, adulta y madura, con aires de superioridad.

Los años siguientes esperé que me regalase algo, pero tampoco. Nada. Una vez pasamos por una vidriera y yo le dije “ese juego lo quiero para el día del niño”, pero él, en tono chistoso, me contestó: “Eso sería volver para atrás”.

Es que papá era -y sigue siendo- muy orgulloso. Quizás se agarró de un mal chiste y no pudo volver atrás. Quizás realmente lo sentía así, siempre dice que no respeta “esas fechas”. Y yo era grande. Me lo repetía a mi misma. Era grande y me sentaba en la mesa de los grandes. Era grande y hacía los rituales de Navidad para los más chicos. Era grande y a los once ya sabía cambiar pañales. Era grande y quería seguir creciendo. Era grande y orgullosa, probablemente lo heredé de él.

Hoy las cosas no cambiaron tanto, yo sigo diciéndome que soy adulta y disfruto de decirlo, aunque me cueste llegar a fin de mes y deteste los trámites en el centro. Pero mi deseo de volver a ser chica, que empezó ese lunes de agosto celando a mis compañeros y a sus listas de regalos interminables, de a poco fue creciendo. Fui mirando a mis sobrinos cada vez con más nostalgia, deseando su inocencia, su torpeza, su ingenuidad, su simpatía. Celándome a mí misma por haberme permitido ser tan sensible sin culpa, o haber tenido preocupaciones absurdas. Disfrutando cada vez más de comprarme figuritas en los kioscos, tatuarme con agua, tomar Nesquik y espiar detrás de la cortina.

Manuela Martinez
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