Revista Palta | LA MUERTE TIENE CARA DE MUJER, Y ES HERMOSA
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LA MUERTE TIENE CARA DE MUJER, Y ES HERMOSA

Cuando tuvieron que operar a mi hermana con mi familia hicimos un viaje a México. Un destino elegido aleatoriamente, donde nos encontramos con Guadalupe, una virgencita hermosa donde pusimos nuestras esperanzas y a quien le rezamos por la salud de mi hermana. En ella plantamos, ateas, toda la magia que nos brindó México, toda la unión que significó para nosotras ese viaje, que tenía escondida la idea de que por ahí era el último viaje juntas.

Me acuerdo de los caminos llenos de colores, los puestitos con muñequitos de calaveras, las mujeres en sus vestidos con volados, virgencitas en forma de imanes, de collares, con altares, como simples objetos de decoración. Nos llevamos un montón de Guadalupes, y cuando mi hermana se curó se lo agradecimos a ella. Ella tomó, en ese momento, el lugar de todo ese amor, esa energía y esa fe a la que necesitábamos ponerle cara.

Durante muchos años, México para mí fue eso y nada más. Esa edad, ese viaje, esa enfermedad, esa cura. Esa magia. Cada vez que uno de mis amigos viajaba y volvía con historias de playas y de islas hermosas, yo me quedaba callada sintiendo que le faltaba una parte. Las pocas veces que intenté explicarla me miraron con cara rara. No contaba con la información suficiente. Cultura sin marco teórico.

Un recuerdo que había quedado flotando en mi cabeza desde ese entonces y que a medida que fue pasando el tiempo se hizo más vago, más abstracto. Se convirtió en una sensación que quizás solo había sentido yo, de niña, cargada de una energía fuerte pero sin entender mucho lo que pasaba. Que capáz había flasheado fantasía y magia como cuando veía despegar al trineo de Papá Noel en un fuego artificial.

Me volví a encontrar con esa sensación cuando una combinación aleatoria de zapping, aburrimiento y una amiga que tenía el control en la mano decidieron dejar El Libro de la Vida en la tele que estaba en frente mío. Justo estaba empezando.

Una historia a modo de leyenda repleta de la magia de México, de lo divertido y mágico de sus tradiciones, especialmente de una tan hermosa y tan fundamental como la del Día de los Muertos. Entendí que no había sido un invento.

Lejos de Halloween y de las fundas para celular con banderas de “America”, esta vez el cine estadounidense, riéndose de todos los tópicos de los gringos hacia los mexicanos, buscaba acercar a los chicos esta cultura geográficamente tan cercana, pero tan lejana en todos los demás aspectos. Esa cultura que yo había captado en forma de sensaciones, ahora estaba disponible para más niños. Y con un amor tan evidente como contagioso.

Con una imagen de la muerte mucho menos abstracta que la idea vaga que nos dejan nuestros padres cuando dicen que el conocido que acaba de partir “se encuentra en un lugar mejor”. Mucho menos triste que la que me mostró Disney en Bambi que me hizo salir llorando del cine.

Lejos del sin retorno, de la tristeza y de la solemnidad, El Libro de la Vida ayuda a interpretar la muerte desde otra perspectiva. Más bien como parte de la existencia, como un paso hacia otros niveles. Con un mensaje centrado en la aceptación con alegría, en la fiesta eterna. En la importancia del recuerdo, de seguir nombrándolos, contando sus chistes y sus historias, cantando sus canciones. Un poco, supongo, lo que nos hace recordar ese viaje a México con alegría y no con tristeza y solemnidad.

Con una referente como María de protagonista, que lejos de La Cenicienta, La Bella Durmiente y Blancanieves, es una mujer independiente con un espíritu fuerte. Que hace hincapié varias veces en que ella no es ningún premio para ser ganado; y jamás se presenta a sí misma como una damisela en apuros esperando a ser rescatada. Sino que desafía las formas tradicionalistas del pensamiento luchando a la par de sus compañeros varones y cuestionándolos sobre la idea que tienen de la mujer.

Yo no tuve, o no me encontré de más chica con películas y referentes del estilo. En los cumpleaños me disfrazaba de Minnie o de Bella. Quizás con una peli como esta hubiese elegido a María, o a Catrina, la mujer inteligente y poderosa que gobierna la tierra de los recordados. O quizás no, quizás la peli no me hubiera gustado porque ya tenía la cabeza quemada.

Pero agradezco y festejo esta posibilidad para los chicos hoy. Repleta de cultura, de Girl Power, de amor por los animales. Una peli que a mí me devolvió una magia que en su momento me alejó de mis compañeros como cuando no me sumaba a las clases de catequesis después de la escuela. El bicho raro. Una peli que invita a cuestionar lo establecido, a creer en una misma y en sus deseos, a luchar por ellos sin quedarse sentada esperando que un príncipe luche por vos. A amar a los animales, a amar en general, a perderle el miedo a la muerte, a no olvidar.

Manuela Martinez
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