Revista Palta | LA MODA DE LO AFECTIVO
609
post-template-default,single,single-post,postid-609,single-format-standard,qode-quick-links-1.0,ajax_fade,page_not_loaded,,qode-title-hidden,qode_grid_1300,footer_responsive_adv,qode-content-sidebar-responsive,qode-theme-ver-11.1,qode-theme-bridge,wpb-js-composer js-comp-ver-5.1.1,vc_responsive

LA MODA DE LO AFECTIVO

Soy una persona muy insegura. Viví todas mis relaciones con mucho miedo de que miraran a otra mujer, de que me compararan y, al hacer los balances, salir perdiendo. Esa paranoia a la infidelidad me hizo sentirme menos, recorrerme entera a mí y a las otras para entender todo lo que a mí me podía llegar a faltar: ¿tetas? ¿títulos? ¿cordura? En el fondo, me aterraba la idea de quedarme sola. Como Jennifer Aniston o Benjamín Amadeo. Como todas esas excepciones al amor romántico de ensueño.

No sabría decir si la monogamia estropea o mejora nuestra especie. En mi mente occidental suele ser tan tranquilizante como tener las cuentas al día. Pero para mí el amor romántico, o la búsqueda de esa unión como proyecto, se asemeja a las maquinitas de peluches: puro riesgo. De afuera se ve fácil y lindo, hasta que ponés la ficha y te das cuenta que la garra metálica es más débil de lo que parecía, que no queda otra que apostar por lo seguro. Olvidate del oso grande y sonriente, con suerte te llevás el Teletubbie verde. Pero algo hay que agarrar, si es que la garra no afloja antes y la máquina se queda con tu plata y tus ilusiones.

En ese terror a la soledad encuentro semillas pasadas. Porque resulta que la infidelidad es capaz de arruinar mentes y familias, como la mía. Mi problema fue no estar preparada: mi formación afectiva, hasta ese momento cúlmine, se nutrió de los modelos que circulaban en las casas de mis compañerxs del colegio y de la idea de amor medieval que me proponía la ficción. Formé ese estándar mucho antes de conocerme lo suficiente como para desarrollar con mis propios ojos una lectura personal sobre la separación traumática de mis viejos, o de tomar las riendas de lo que yo espero de un amor de pareja.

¿Quién personifica aquel ícono sagrado que funciona como camino a seguir? ¿Hay, acaso, un camino a seguir? Recorro mi entorno y veo amigxs que encuentran en sus sus papás o sus abuelos ese caso de éxito que lxs mueve en la industria de amor, que lxs motiva a ir al altar. Y si el camino no se lxs marcó la familia, es tan sencillo como espiar las noticias del espectáculo.

Imagino cómo algunas personas encontraron en relaciones faranduleras y virales esas postales que mantienen viva la llama expectante de conseguir un te amo para siempre. Pienso cómo algunxs los habrán proyectado en Brad Pitt y Angelina Jolie, algo así como el templo de la pasión y la libertad; con Adrían Suar y Griselda Siciliani, el de lxs amigos y colegas; o con Pampita y Vicuña, el de las sonrisas perfectas. Templos de figuras que, a juzgar por su atractivo y su fama, funcionan como una naranja completa. O así las hacen funcionar los medios, sus managers y entorno.

Pero resultó que a Pampita también la podían cagar, aunque estuviera buenísima. Que Angelina y Brad se pasaron de rosca, “se aburrieron y se traicionaron”. Que la Siciliani y Suar no tuvieron la suficiente complicidad. Ahora se convierten en otro templo y es el en el que todxs podemos fracasar: ya no estás tan sola/o viendo el teléfono.

¿Por qué esas fallas nos hacen sentir menos solxs? Mejor dicho, ¿por qué las celebridades marcan tendencia y debates en cuanto a maneras de construir el amor? ¿Cuánto reflejan esas caras con photoshop nuestros miedos y por qué les damos ese poder? Estamos entrenadxs a cultivar la empatía a partir de casos de bodas y de divorcios extravagantes, como si nuestra inseguridad o temor a un fracaso impuesto mermara con los escándalos amorosos del momento.

Esas relaciones románticas mainstream siguen siendo tratadas con la misma frialdad con la que se les pregunta a sus protagonistas quién les diseñó el atuendo. Son la moda de lo afectivo, una postal, un producto. Funcionan como el mismo recuerdo vago que tengo de unas vacaciones con mis viejos, felizmente enamorados, o con mi ex antes de enterarme que hablaba con otra. Son mandatos del amor que se congelan en una foto, un instante que no revela los conflictos que hubo antes de la toma. Un retrato que al final contamina nuestras ideas, nos hace creer que el amor es ideal o dramático, y que nos enseña a cultivar nuestros propios vínculos con una vara tan externa como autodestructiva.

Esas construcciones del amor estereotipado son tan poderosas como el rating que generó el móvil de Pampita tras su separación con Vicuña, y que el posterior comentario de una amiga diciendo que si “hasta a ella la cagan nosotras estamos al horno”. Es capaz de triturar nuestros sentimientos y dejarlos picados en inseguridad y terror. ¿Vos me cagarías? ¿Me lo dirías? Pero el único consuelo termina siendo, irónicamente, que la infidelidad pasa hasta en las mejores parejas.

La separación traumática de mis papás barrió de mi cabeza los últimos vestigios de un canon engordado en los corrales noventosos de Cris Morena. De no haberla vivido, quizás hoy leería estas noticias faranduleras bajo la falsa ilusión de un entrenamiento emocional. Pero no me siento mejor conmigo misma por reírme de los memes de Jennifer Aniston. Ni necesito detalles de la vida íntima de otrxs para poder lidiar con la propia. No me sirve saber que se cagan, o cómo se separan esos templos del amor red carpet para entender que todxs somos igual de diferentes. Que con mi ex estaba mal y ya no lo escuchaba; que mis viejos no eran felices y que, al final, estar juntos no fue para ellos sinónimo de bienestar. Y que eso se llama valentía.

Los resabios de una cultura posesiva del amor me sigue haciendo tropezar con el mismo miedo. Todavía siento celos de las chicas que siento mejores que yo, pero hoy puedo discernir entre una competencia impuesta y mi temor a dejar de ser querida.

Prefiero tener el control sobre mis idealizaciones, vender caro el beneficio de mi admiración y encontrar en lxs demás un amor fortalecedor. Encontrar en las otras personas una inspiración para reescribir mi historia una y otra vez, como un ejercicio que convierta mis celos en aprendizaje. Elijo habitar un mundo en el que las noticias no me recuerden el costo hetero-político de mi celulitis, sino el poder de mi existencia.

Maru Labat
[email protected]