Revista Palta | LA MARGINALIDAD Y EL TIEMPO
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LA MARGINALIDAD Y EL TIEMPO

Atenas es el último largometraje de César González que cuenta la historia de Perséfone, una joven que sale de la cárcel después de casi cinco años y que intenta volver a su barrio y a ser parte de la sociedad. Cuando César Gonzáles lanzó el trailer en su blog se preguntó explícitamente sobre lo que se cuestiona la película: ¿No es una pesadilla si además de mujer naciste pobre y recién saliste de la cárcel? Esa es la pregunta que encierra la trama de esta historia. Pero hay algo más que encierra, más por debajo y al mismo tiempo casi como identidad, este largometraje de setenta y seis minutos. Es una pregunta sobre el tiempo. ¿Qué hacemos con el tiempo? O: ¿qué podemos elegir y qué no podemos elegir hacer con nuestro tiempo según el contexto en el que hayamos nacido?

César nació en la villa Carlos Gardel y pasó más de cinco años en la cárcel. Detenido en el Instituto Belgrano conoció a Patricio Montesano, un mago que daba un taller de magia pero que secretamente daba también un taller de lectura porque tiraba libros sobre la mesa como quien no quiere la cosa. Así, César Gonzáles se transformó en en el poeta Camilo Blajaquis (su heterónimo) y, ni bien salió en libertad, publicó su primer libro de poesías “La Venganza del Cordero Atado”. Después, comenzó a desarrollar una extensa filmografía como director de cine con distintos cortos y largometrajes que parecieran haberlo llevado hasta ésta, su película más sólida.  

Cuando terminé de ver Atenas me quedé detenido, con la mirada perdida, observando como un autómata los títulos que caían sobre el plano final. Se me vino una frase que leí en una entrevista a Lucrecia Martel. Era algo acerca del tiempo. El recuerdo del concepto se me vino como algo simple o burdo, pero me quedó resonando desde que lo leí aquella vez ya no sé bien dónde. En poco tiempo lo encuentro en internet. Es de una entrevista de Los Inrockuptibles a Martel a raíz del estreno de Zama (2018) en la que la directora argentina decía exactamente esto:  “La percepción del tiempo que hay en una villa, por ejemplo, permanece desconocida para la clase media urbana. El tiempo es muy distinto si tomar agua es abrir una canilla o ir a buscarla en un bidón a cuatro cuadras. El tiempo se preforma con las acciones necesarias que hay de un nodo a otro. Entre el vaso vacío y el vaso lleno hay tres segundos y unos cinco centímetros desde el pico del grifo, o hay media hora de caminata y un trecho de quinientos metros. Fijate cómo esa firmeza moral con la que se condena la conducta del villero, una generalización torpe, parte ya de una percepción del tiempo irreconciliable”.

El mundo de la villa que representa Atenas pareciera sostener estas ideas. Por un lado, los planos de los jóvenes jugando al voley o bañándose en una pelopincho, momentos que parecieran extender las tardes sin rumbo hasta el cansancio. Pero también, la primera escena: Perséfone, recién salida de la cárcel, quiere volver a su casa. No sólo no tiene plata sino que el tiempo que pasó en la cárcel convirtió las posibles monedas en una tarjeta Sube y en la imposibilidad de tomarse un bondi. Volver de la cárcel a tu barrio puede demorarse horas y horas. Muchas horas de caminata. El tiempo, el uso del tiempo, es protagonista. “Cuatro y seis” dice varias veces Perséfone en las primeras escenas mientras intenta conseguir trabajo. Parece una canción de Fito Paez pero son los años y meses que pasó en la cárcel por robar un local de ropa a mano armada. Todxs lxs que la escuchan se sorprenden por la cantidad de tiempo perdido.

Hay algo más que sucede con el tiempo en Atenas. Con este tiempo chicle del que hablaba Martel. Con el tiempo muerto que suelen tener los lugares más humildes. Ese tiempo sinsentido y de espera. Los primeros planos de todos los personajes, especialmente los de Perséfone, al principio se presentan como extrañados, como algo bizarros. Como si algo no estuviera bien en la angulación, en la posición de la cámara, en la posición del cuerpo del personaje con respecto a la posición inmediatamente anterior. Pero luego unx se da cuenta de que es una búsqueda intencional, una sintaxis propia de esta película, acompañada por el sonido también fuera de lugar. Como un gran punto y aparte o una especie de monólogo interior mudo, un agujero negro, una eternidad. La eternidad del que espera. Los personajes aparecen desfasados en los primeros planos, el tiempo se aletarga y pareciera que podemos de pronto ver qué es lo que les está sucediendo, qué están sintiendo, qué están escondiendo.  

Me pregunto, siempre en torno a la palabra tiempo, al concepto tiempo (escribo tiempo para rumiar la palabra, también para que el tiempo pase, para que el concepto tiempo sea parte de la experiencia del/a lector/a, de mí mismo como escritor) sobre otro elemento de la sintaxis de la película, de la forma de contar, de la forma audiovisual de usar los puntos y las comas que tiene el cine: la cámara lenta. Por mi trabajo en televisión estoy acostumbrado a que los clientes o los productores o a veces uno mismo pida ver cómo queda algo en slow. Lo decimos en inglés, como también decimos call, scouting o mail. Slow en inglés significa, una vez más, lento. El uso de la cámara lenta en Atenas es una reinterpretación del uso que se le da hoy en día a ese recurso. En el cine y la televisión tradicional de hoy la cámara suele usarse para embellecer los movimientos y los personajes. En Atenas, sin embargo, se usa para reforzar esta idea de que los personajes están a la deriva, están detenidos, no cuentan con las herramientas para avanzar con un movimiento contínuo. Por eso las primeras veces que aparece el recurso, salta a la vista, incomoda, parece feo o poco estético. El espectador tiene que acostumbrarse y trabajar para disfrutar de esa lentitud o enfrentarse a lo que esa lentitud representa. Como sucede cuando Perséfone y una amiga caminan y se encuentran con un poeta (representado por el mismo Patricio Montesano que le abrió a César las puertas de la cultura) que se va deteniendo hasta desmayarse.  

Tal vez la propuesta del director sea justamente remarcar que lo marginal tiene otro tiempo. Decir la palabra marginal en el contexto de una película como Atenas que está alojada en un sistema on demand como es Cine.ar, donde se pueden descargar estrenos por tan solo 30 pesos, me hacen pensar en qué otras propuestas sobre la marginalidad están cercanas en otros tipos de plataformas similares. La respuesta es evidente. Cualquier persona que piense en la representación de lo marginal no tiene más que reemplazar el artículo y surgirá El Marginal, la serie de Underground que ya va camino a su tercera temporada. En una breve búsqueda sabré que también César González se lo preguntó y escribió sobre eso en su propio blog, concluyendo categórico: “la marginalidad se representa como un carnaval legendario y canibalístico de bestias desgarrándose la carne entre ellas, feroces perros mutilándose sus propias patas al ser de hueso. Homogéneas piedras que no se dejan erosionar por ningún sentimiento, cuasi humanos o simios insubordinados, criaturas extraviadas del orden natural, analfabetos que no pueden firmar el contrato social. Se busca del espectador solo una onomatopeya; ¡Guauuuuu!”. Vuelvo a Lucrecia Martel, porque muchas de las cosas que dijo en entrevista dialogan con lo que piensa César: “El cine padece un mal, está en manos de una sola clase social. A lo largo y a lo redondo del globo, está en manos de la clase media alta. Aun con el abaratamiento de la tecnología, sigue siendo una deficiencia. Y eso, deviene en una homogeneidad bastante evidente. Tenemos muy buenos sentimientos y una sensibilidad muy grande. Esa mezcla nos lleva a preocuparnos por conflictos sociales que no conocemos realmente, como si fueran objetos a los que es fácil acercarse”. Después de leer esto recuerdo inmediatamente un plano general que hay en Atenas en el que muchos jóvenes entran a una especie de bar improvisado en la villa. Van entrando de a uno, en fila, y van saludando a los que están adentro. En esa entrada se pueden ver las sonrisas cómplices de los jóvenes actores, la conciencia de que están siendo grabados, el pudor y las ganas, el orgullo de que su barrio sea parte de una película.     

Agarro el teléfono y le escribo a Andrés Pascaner. Fue uno de los guionistas de la segunda temporada de El Marginal y es uno de los autores de la que se viene. Le cuento sobre la película que vi, sobre lo que estuve leyendo. Quiero saber su opinión. Empezamos a hablar y entre otras cosas, me cuenta que hace un tiempo comenzó a seguir en Youtube a Pop Culture Detective, un youtuber que analiza roles de género en películas mainstream. Me dice que a través de esto empezó a pensar mucho más en las implicancias de todo lo que escribe: “porque lo primero que intentás hacer es justificarte, decir: bueno así es el género. Pero la verdad es que sos responsable por todo lo que escribís”. Así, Andy, sin saberlo, le contesta al mismo César González, que decía que “ninguna ficción es inocente”. Y Andy sigue haciendo una especie de mea culpa o razonamiento sobre lo que escribe cuando escribe El Marginal junto al resto del equipo de autores: “lo que a veces no nos damos cuenta es que hay gente que va a ver a esos personajes ‘entrañables’ y se ríe de las barrabasadas que dicen y eso ayuda a naturalizar esa discriminación en vez de a combatirla”. Seguimos hablando de cine, de televisión, de cómo la cultura cuenta a la marginalidad. Andy termina confesándome una mezcla de secreto y deseo y, tal vez, ojalá, una propuesta a futuro: “si alguien de la villa fuera parte de nuestro equipo mi visión y la de todos se enriquecería mucho”. Yo pienso, algo descreído: será cuestión de tiempo.

 

Lucas Palacios
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