Revista Palta | LA HISTORIA NO CALLA
1985
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LA HISTORIA NO CALLA

Según su perfil de Uber, Enrique Daniel es educado y discreto. Habla español y portugués. Tiene una calificación de 4.89. En la foto del perfil parece tener un ojo más pequeño que el otro.

Me subo adelante para que no nos rompan las cabezas con un bate. Sentado en el asiento de copiloto, hablo por teléfono con esa poca batería que me queda. Explico por decimocuarta vez a una persona anónima en un call center que yo me cambié de compañía y que no me tienen que seguir cobrando, que ahora los que tienen el beneficio de cagarme son otros. Corto. Suspiro sintiéndome por un lado estafado y por otro lado una lacra humana.

Enrique Daniel se ríe de mí. Por primera vez recuerdo que estoy con alguien. Yo también me río. “Discúlpame, me esta saliendo todo como el orto hoy y te estoy tirando toda esta mala onda a vos”, le digo a mi chofer.  Él se sigue riendo y me dice que me entiende. Que las compañías de teléfono las inventó el demonio. Y que él ya no se hace mala sangre por nada. “Ya sé”, digo yo, pensando que estamos por empezar la vieja conversación pasajero/chofer en donde yo me voy a ir hundiendo de a poco en el asiento mientras él despotrique primero contra los servicios públicos, después contra el país y finalmente contra todos los argentinos.

Pero Enrique me mira a los ojos y me dice que cuando te explota una granada de mortero a dos metros en una isla desconocida y se mueren todos tus compañeros menos vos, ya nunca más te haces mala sangre por nada. Ahora lo miro con detenimiento mientras él mira hacia adelante. Tiene unos 55 años. Poco pelo blanco, barba candado. Flaco, de jeans y una remera gris. Así desde mi asiento no le llego a ver el ojo izquierdo más pequeño. Se produce un silencio hasta que me confirma, como un subtítulo de lo que me contó, que es ex combatiente de Malvinas. Me cuesta recuperarme del contraste entre mis quejas citadinas y la imagen que se desplegó entre nosotros de él en un campo de batalla con pedazos de jóvenes soldados volando por los aires.

Yo no hago tantas preguntas, él comienza a hablar solo. No me queda claro si sintió una confianza repentina o si lo hace con todxs los pasajerxs. O si los pocos días que faltan para el 2 de Abril lo tienen melancólico y con esas imágenes recurrentes rebotando en su cabeza. Yo siento que si estoy sentado en este Renault Logan esta mañana no es más que para escuchar este relato.

Enrique me mira de reojo y yo no quiero que sepa lo que estoy haciendo. Simulo usar el celular para otra cosa pero en verdad me mando mensajes a mi propio whatsapp para que queden impregnadas algunas palabras que después no voy a poder recordar.

Mensaje 1: El Palomar. 60 personas. Un superior que parecía un arbolito de navidad les dijo que Argentina entró en conflicto bélico con el Reino Unido.

En abril de 1982 yo tenía dos meses de vida. Debería tener uno pero me adelanté un mes. Y Enrique debería ser un colimba más siguiendo el tedio de bromas pesadas y absurda obediencia que imponía un país con conscripción militar obligatoria gobernado por Leopoldo Fortunato Galtieri. Sin embargo, ese marzo de hace 37 años a Enrique y a otros 60 jóvenes los enviaron de pronto y sin aviso a la base de El Palomar. “Creímos que era para hacer maniobras y eso nos divertía, nos sacaba de la rutina”, me dice. Pero los juntaron a todos en una especie de salón de actos y un hombre lleno de medallas que según Enrique parecía un arbolito de Navidad les habló escuetamente y les dijo una frase de nueve palabras que cambió la vida de todos para siempre: Argentina entró en conflicto bélico contra el Reino Unido. “Nos dieron dos minutos para llamar a nuestras familias. Llamé a casa y me atendió mi viejo. Le dije: Estoy en El Palomar porque Argentina entró en guerra con Inglaterra. Le dije que me iba a la guerra sin entender lo que estaba diciendo”.

Mensaje 2: En Río Gallegos el avión C130 recién había salido entonces tuvieron 6 horas. Podían llamar de nuevo a la familia. El viejo le dijo: “cuídate y pensá q nos estás defendiendo a todos. Y volvé entero”.

Los subieron en un avión hacia Río Gallegos. Allí, el Hércules (Lockheed C-130 Hércules) que los iba a llevar a las islas acababa de partir con otra dotación, así que tuvieron seis horas de espera. Los que tenían plata podían llamar a sus familias y explicarles un poco más que lo que habían hablado en los dos minutos que les habían dado. Enrique no tenía plata pero el del locutorio se apiadó de él. Habló con su padre que le dijo que vuelva entero. Enrique me cuenta esto mientras mira por sobre mi hombro para chequear que no venga nadie por la derecha y poder doblar. Ahí le veo el ojo más pequeño que se vislumbraba en la foto de su perfil de conductor. Más tarde me contará que una esquirla del mortero que mató a todos sus compañeros le entró por el ojo izquierdo.  

Mensaje 3: Él era ametralladorista de Tamse (Tanque Argentino Mediano Sociedad del Estado). La playa estaba teñida de rojo. “Esto es traición a la patria y la ley de la guerra, lo voy a tener que fusilar”. La guerra es el estado animal.

La tarea de Enrique era tirarle con su ametralladora a los helicópteros británicos. La buena puntería, el haber dejado humeando a un par y el destino hicieron que lo manden a la línea de combate. Lo obligaron a usar las mismas municiones que usaban para derribar helicópteros para tirarle directo a los soldados británicos. Él, con sus dieciocho años, se negó. Un superior le dijo que si se negaba lo iba fusilar y que estaba en su derecho porque esa era la ley de la guerra. A Enrique no le quedó otra que hacerlo. A los seis días de haber salido de El Palomar hacia Río Gallegos y de ahí hacia las Islas Malvinas, Enrique ya había matado. Me imagino esos seis días en la vida de cualquier persona. El poco tiempo que transcurre entre un martes y un domingo cualquiera en una semana cualquiera. Enrique me cuenta que su cabeza no podía asimilar lo que estaba pasando. “Matar a una persona es lo peor que te puede pasar. De eso no te recuperás nunca”. Algo en él se mantuvo entero. No hay cifras oficiales pero el número tentativo de suicidios de ex combatientes de Malvinas asciende casi a 500.

Mensaje 4: Les anoté en un papel que no iba a hablar con nadie.

Enrique comparte conmigo los fragmentos más importantes de su vida como si yo fuese su hermano o su mejor amigo. Leo en su perfil algunos comentarios: “muy buena conversación”; “excelente charla”; “Enrique e uma boa pessoa”. Quiero entender si lo que me cuenta es su cuento de todos los días o si está compartiendo algo que nunca compartió. Él me dice que con un desconocido es fácil hablar de esto pero que en cambio a sus hijxs nunca les contó nada. Ellxs no conocen al Enrique que yo estoy conociendo. Ellxs no saben que él cayó prisionero de los ingleses y que ellos, después de cagarlo a trompadas, se debatieron entre matarlo o dejarlo con vida. “Yo los entiendo. Nosotros habíamos matado a muchos compañeros de ellos”. El fin de la guerra, tal vez, le salvó la vida. Seguramente no escuchó las palabras de Galtieri en cadena nacional anunciando la rendición después de haber mentido durante meses: “el combate de Puerto Argentino ha finalizado. Nuestros soldados lucharon con esfuerzo supremo por la dignidad de la nación. Los que cayeron están vivos para siempre en el corazón y la historia grande de los argentinos”. Tampoco escuchó a Galtieri en el mismo discurso decir que ese hombre del presente que él era, hombre de carne y hueso, sería esculpido por las generaciones venideras.

Enrique volvió a su casa pero antes envió una carta avisando que no iba a mencionar ninguna palabra. Así estuvo durante seis meses. Su familia lo visitaba y él no decía ninguna palabra. Me cuenta que para él era tan difícil asimilar lo que había vivido que callar le hacía el día a día más fácil. Un día le escribió en un papel a su padre un mensaje que decía que al día siguiente iba a hablar. Yo le pregunto qué fue lo primero que dijo. “Papá te quiero”, me dice.

Llegamos al lugar en donde yo tengo mi reunión. Me tengo que bajar. Mi humor y mi mañana cambiaron completamente. Enrique se va y yo me quedo parado en la vereda recordando la charla que tuvimos. Me pregunto cuántos Enrique Danieles habrá por Argentina con su historia de Malvinas a cuestas. Uber me pregunta cómo fue el viaje y cómo quiero calificar a mi conductor. Decido ponerle cinco estrellas y contar su historia.

 

Lucas Palacios
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