Revista Palta | LA HISTORIA DEL HOMBRE VENDADO
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LA HISTORIA DEL HOMBRE VENDADO

Hay una historia que me contaba mi papá. Había un hombre con los ojos tapados que caminaba por un lugar mientras un grupo lo observaba. Recorría los espacios, vendado, pero se manejaba como si pudiera ver. Hasta que de pronto encaraba recto a una pared y se golpeaba la cara. Desde el piso gritaba: “no puede ser, acá tiene que haber una puerta”. El hombre se sacaba la venda. Miraba al grupo, entre los que estaba mi papá, y les decía, sin decirles, que no estaba loco. Entonces golpeaba la pared y se oía hueco. El grupo se acercaba también y apoyaba la oreja. Minutos después conseguían una masa, derribaban a golpes la pared y descubrían que del otro lado de ese falso muro había otra habitación que los militares habían querido ocultar.

Esa historia sucedía en la ex Escuela de Mecánica de la Armada.

En el año 1984, mi papá tenía 28 años, usaba bigote, era estudiante de abogacía y trabajaba como ayudante del fiscal Julio Strassera en el juicio a las juntas militares. Durante meses, junto a ese grupo de jóvenes que estaban en la ex ESMA, tuvieron la dura tarea de investigar y seleccionar los casos más representativos de entre los más de 10.000 delitos de los que se tenían pruebas en contra de los militares a través de la Conadep.

Esa historia del hombre vendado la escuché por primera vez de niño, con un halo de misterio, como quien escucha sobre el hombre de la bolsa. Y la ESMA era su cabaña en el bosque. La escuché después de joven, con mucha atención, sintiendo en el pecho que desempolvaba parte de un pasado reciente al que nunca nadie, en mi colegio tan de manual de zona norte, había hecho referencia. Excepto por una vez que una profesora de historia alérgica al polvo de las tizas nombró la palabra “desaparecidos”.

¿Por qué vuelve hoy a visitarme esta historia? No sólo porque quedó impregnada en mí, como sucede con los patios y las cocinas de la infancia. Vuelve porque tiene que ver con mi identidad, con la de mi familia, con la historia del país en el que vivo y también porque las noticias que leo y que veo y que escucho me obligan espontáneamente a desempolvarla una vez más.

Esta semana de inicios de mayo de 2017, la Corte Suprema de Justicia declaró aplicable el beneficio del dos por uno para la prisión por delitos de lesa humanidad en el caso del torturador Luis Muiña. ¿Qué significa? Que al menos más de los 750 militares condenados por crímenes de lesa humanidad perpetrados durante la última dictadura estén ahora a las puertas de reducir sus penas. Y que con ese retornar a sus mundos no sólo caminen impunes sino que se lleven también consigo los secretos que guardan, las historias que callan, los datos que mezquinan, las vidas ajenas robadas.

Seguramente algunas cosas que relato sobre la historia del hombre vendado que me contaba mi papá no sean del todo correctas. Tal vez incluso mi papá ese día no estaba con el grupo. O el hombre era en verdad una mujer. O la masa diez martillos. Pero no quiero hoy agarrar el teléfono y llamar a mi papá para corroborarlo. Porque si me siento a escribir esto, de este modo, apelando a lo que quedó impregnado, es porque lo que está en juego es la memoria. Y porque están también en juego muchas otras puertas que, aún hoy en día, se esconden detrás de falsas paredes huecas.

 

 

Por Lucas Palacios.

Colaboración
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