Revista Palta | LA DURA DERROTA CONTRA LAS SILICONAS
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LA DURA DERROTA CONTRA LAS SILICONAS

Entro a mi casa después de la marcha del día de la mujer. Toda transpirada, cansada, con ganas de hacer pis, con las botas sucias, con un poco de lágrimas en los ojos. Lágrimas que hace unas horas fueron de emoción, ahora se convierten en lágrimas de confusión y derrota.

Volvía de la marcha con una de las pocas (y mejores) amigas que me quedaron del nefasto colegio católico al que asistí. Mi amiga siempre fue, como yo, de las raras en la escuela. Esas a las que todos miraban mal, o esas a las que parecía que nadie miraba, pero miraban desde atrás de una columna, con intriga. Ella tenía el pelo naranja y yo blanco. Las dos adorábamos la música, aunque desde esa temprana edad ella ya adoraba también la poesía y los libros. Unos años luego de terminar la escuela, comenzamos a cursar juntas la carrera de filosofía en la UBA. Ambas trabajábamos como recepcionistas, ella en una empresa multinacional china, y yo en un estudio jurídico perteneciente a un empresario millonario. Hablábamos de filosofía y de lo que queríamos hacer cuando dejáramos esos trabajos inútiles y vacíos. Siempre teníamos alguna anécdota desagradable para contarnos. Desde el jefe chino que la insultaba a ella por creerla “incapaz” por ser mujer, hasta el chofer del mío que no paraba de hacerme chistes machistas y mirarme el orto.

El día de la marcha volvíamos en un subte repleto, con poco aire pero con sonrisas y cantos sonando en algunas esquinas de los vagones. No paramos de hablar y analizar con entusiasmo lo que acabábamos de presenciar. Ambas coincidíamos en que fue un momento de comunión, de lucha, fraternidad. Una mezcla entre felicidad y dolor. Felicidad de saber que no estamos solas, de saber que cuando salimos de nuestros laburos llenos de gente misógina y desinformada existe un lugar donde nos sentíamos acompañadas, comprendidas y protegidas. Pero también dolor por saber que ese machismo sigue existiendo en la mayoría de la sociedad. Dolor por ver todos los carteles con las fotos de chicas, cis, trans y travas, víctimas de violencia y femicidios, chicas de las que nunca habíamos escuchado. Chicas que fueron violentadas y asesinadas por su condición de mujer, chicas de las cuales nadie sabe nada, de las que nadie habló en la tele. Si nos dolía ver la cantidad de femicidios y casos de violencia que salen en los medios, en ese momento nos horrorizamos por la cantidad que no.

El subte frenó y salimos para la calle. Ya casi estábamos llegando a nuestros respectivos hogares (vivimos a 5 cuadras de distancia la una de la otra) cuando me dijo que tenía que contarme algo. Empezó a hablar con un tono de voz que denotaba vergüenza y culpa.

Empezó a contarme de ese último pibe con el que estuvo, lo mal que la trató, las burradas que le dijo. Del pánico que tenía de sacarse la remera y que de repente el varón que tenía al lado, se diera cuenta que ella no era la modelo que los carteles dicen que tenemos que ser. Que tampoco era la actriz porno con la que Internet dice que los pibes se tienen que calentar. No era nada de eso. Era ella, hermosa, de piel un poco pálida y curvas pronunciadas, ojos rasgados y pestañas largas, unos lentes peculiares que siempre me gustó cómo le quedaban. Ella, que habla y casi siempre tiene las palabras correctas. Y cuando no las tiene, lo acepta con humildad.

Ella, en frente de un varón, en frente de un espejo invisible que le devolvía su imagen en forma de incómoda sensación, que le imponía lo que ella tenía que sentir por su cuerpo. Le imponía una imagen deformada, un ideal al que supuestamente tenía que llegar para poder disfrutar de un hombre, o mejor dicho, para que un hombre pudiera disfrutar de ella. “Yo sé que vas a pensar que soy una imbécil. Yo también lo pienso. Pero no puedo evitarlo, siento que si me operara las tetas me sentiría mucho mejor al tener sexo”.

Me pongo a gritar en medio de la calle. “No, nena, ¿qué decís?!” Las cervezas que me tomé en la marcha todavía tenían un poco de efecto en mí. Pero al poco tiempo me calmo. Le pido que me explique, y hablamos casi una hora paradas en la esquina de mi casa. Así de chivada, sucia, cansada y con ganas de hacer pis. Así la escuché. Le dije todo lo que ella ya sabía: que no es necesario, que hay que querernos como somos, que el tamaño de nuestros pechos no nos debe condicionar, que la visión patriarcal que tienen de nosotras los machos hetero-cis no tiene que definir nuestros cuerpos, ni nuestra percepción de los mismos. Vi que nada funcionaba. Ella lo entendía todo perfectamente.

Sentí la derrota. Sentí que ganaron. Se ganaron a mi amiga, a la guerrera, a la vikinga, a la intelectual, a la amante, a la trabajadora, a la escritora. La agarraron e hicieron de ella lo que necesitan para que el mercado y la sociedad patriarcal sigan intactos.

Si el feminismo se trata de la libertad de que cada mujer haga lo que quiera con su cuerpo, ¿por qué estaría mal esta decisión que ella está tomando? Sin embargo, en este caso esta decisión tiene lugar a causa de modelos de belleza impuestos por el patriarcado. Entonces ¿hay real elección? ¿o es simplemente alimentar estos modelos? La línea es muy fina. ¿Qué es más válido, rendirse a estos modelos e intentar alcanzarlos, o más vale plantarnos frente a ellos y destruirlos?

No juzgo a nadie. No juzgo a mi amiga. La abrazo. Le digo que voy a ser la primera persona que vea cuando se despierte fuera del quirófano, si es que finalmente toma la decisión. Que ella haga lo que siente que necesita ahora. Pero que juremos juntas que esta lucha no cesa. Que se va a recuperar de las heridas, y apenas se saque las vendas y pueda caminar vamos a pararnos juntas y seguir luchando. Porque queremos ser libres.

 

 

Por Virginia Verstatraeten.

Colaboración
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