Revista Palta | LA DICTADURA DE LAS APARIENCIAS
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LA DICTADURA DE LAS APARIENCIAS

Tener estatus es haber subido una foto con Al Pacino en el Colón. Vidas perfectas son las de las famosas que no tienen ojeras a la mañana y viven de canje. Yo no entro en ninguno de esos dos grupos y Al Pacino me chupa un huevo, pero igual intento acercarme. Mi vida está lejos de ser perfecta y sé que un gran porcentaje de los que me siguen en las redes lo hacen solo porque soy hija de famosos y ven mis historias de instagram para encontrarse no conmigo sino con ellos. Cada tanto les doy el gusto. También busco estatus cuando subo fotos en la pileta, o en estrenos y fiestas exclusivas. Intento ser graciosa en mis historias de instagram para no caer en la mediocridad y, solo cada tanto, subo fotos donde siento que salí linda (hay que mantener el bajo perfil).

El mundo globalizado en el que vivimos no sólo impone reglas, sino también un nuevo orden social. La tecnología avanza más rápido que la moral, y promueve una vida alienante, que se rige por relaciones falsas, basadas en emociones fingidas. Sé que muchxs aspiran a ser como yo, de la misma manera que yo aspiro ser otras. También sé que hay gente que sólo me regala corazones cuando subo fotos con famosos y que muchos otros me empezaron a hablar después de descubrir que me movía en un círculo que les interesaba. No los culpo. Esa hipocresía existió siempre, y me reconozco dentro de ella. Me acuerdo de aprovecharme de la popular del colegio cuando se me acercó al enterarse que tenía pases para los camarines de Casi Ángeles. Pero hoy los recursos tecnológicos están al borde de imposibilitar la vida privada, y eso convirtió las ganas de ser admirable en algo más riesgoso, algo del momento a momento.

La cuasi obligación a mostrar todo lo que hacemos no es más que otra expresión del capitalismo que nos enseña a auto-promocionarnos; y que nos lleva a vivir, constantemente, como si fuésemos un perfil vivo de instagram, con el único objetivo de mostrarnos como parte de una elite, tener más seguidores y aumentar la cantidad de likes. El trabajo consiste en lograr que un gran porcentaje de la sociedad aspire a ser como nosotros. Hoy, ser de clase alta es ser un influencer.

El primer capítulo de la tercera temporada de Black Mirror es una propuesta conceptual sobre ésta realidad que ya existe, que ya se percibe. Que, al igual que el resto de la serie, se plantea como futurista, y horroriza porque la base de tal futuro es una realidad que ya encarnamos.

Lacie, por ejemplo, el personaje de Bryce Dallas Howard, no es más que una mujer que busca aumentar su puntaje para acceder a ciertas facilidades. La única diferencia con la actualidad radica en la exacerbación de eso mismo. Ya no son “simplemente” las redes: está blanqueado el sistema de poderes alrededor de tal puntaje y el funcionamiento de la sociedad se rige alrededor del mismo. Un mundo muy pinterest, lleno de tonos pastel, donde Lacie, frente a la necesidad de comprar un departamento, debe mostrarse impecable en cada aspecto de su vida. Ella debe ser, en todo momento, instagrameable. Una sociedad donde, por supuesto, quienes “llegan alto” no son quienes se mueven naturalmente por su deseo, sino quienes aprenden a publicitarse.

Una sátira sobre la dictadura de las apariencias y la importancia de la imagen que proyectamos hacia el exterior. Una crítica a la hipocresía y a los prejuicios de una sociedad ridículamente elitista que ya ocurre. Una advertencia sobre el destino hacia el que nos encaminamos si seguimos fomentando la inclinación hacia el artificio: a reducir nuestra identidad a lo que ven los de afuera. A ponerle filtros a nuestros comportamientos. A etiquetar nuestros sentimientos. A reducir nuestros pensamientos a 140 caracteres.

Manuela Martinez
[email protected]