Revista Palta | LA (DES)VENTAJA DE LO ESPONTÁNEO
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LA (DES)VENTAJA DE LO ESPONTÁNEO

Las fotos de antes, de papel fotosensible, no se hacían para ganar likes ni con el interés de publicarse, y las imágenes que uno puede encontrar en los álbumes familiares se distinguen más por la falta de pose o el desinterés estético del escenario y la persona que por el soporte físico o virtual que les da la forma: pienso que ahí está el tesoro, la cámara como un mero juego de capturas en familia. De otro modo yo no hubiese conocido la antigua fachada de la antigua casa de mis tíos, recortada por casualidad y atrás de la nueva Chevrolet que habían comprado para repartir damajuanas, de la que no recuerdo nada porque tenía sólo dos años. Mi bisabuela parece más vieja en las fotos anteriores, cuando estaba canosa y todavía no había elegido el color caramelo para recibir un siglo XXI lleno de bisnietos nuevos y un carnet de vida renovado. La foto de cuando nací, con el cordón umbilical todavía unido a mí, como la forma inacabada del presente.

Yo había escuchado que mi abuelo tenía un hermano lejano, casi en los bordes de lo que podría ser un desconocimiento total de su vida, y que además había sido policía en la dictadura. Sólo le conocí una expresión congelada, en una foto oscura y doblada en dos que mi abuela guardaba en un cajón junto a un tarrito con pilas en desuso. Ella tenía la costumbre de ponerle títulos, y ésta lo tenía borrado. Encontrarlo entre el montón de caras muertas, ajenas —que al momento de la foto festejaban navidad— fue un giro fortuito, porque en una imagen encajonada y destitulada hay algo por descubrir.

Como en la que estamos con mis primos de espaldas y mirando al cielo y reza «Hay algo allá arriba». Nunca vamos a saber de qué se trataba. Mi abuela Chiquita murió con los ojos miopes y esquizofrénicos, dueña de una percepción mentirosa y accidentada, pero somos cinco, cinco que miran hacia arriba y componen una imagen disruptiva que me pone ansioso: a mi lado, petizo, esforzándose con su cuellito corto como los cerdos que oyen aviones, un niño rubio, de rulos, me agarra la mano. Deberíamos ser cuatro. Éramos sólo cuatro, yo el mayor. Ese niño no es de nadie y nadie sabe quién es: rompecabezas mentales, ejercicios de regresión, papeles pintados, los álbumes conservan la figura de la gente olvidada como fantasmas anónimos que por casualidad salieron en la foto. Y todo en un juego inocente.

En la era digital, la (des)ventaja de la espontaneidad nos hace borrar las menos lindas, las que salieron un poco quemadas, chuecas, y nos obliga a mejorar el gesto, un esfuerzo por salir más bellos y —sobre todo— publicables: la foto es nuestro momento de fama, un lapso de segundos en el que, como una audición en público, buscamos contar una historia breve y perfecta sobre nosotros mismos. La cuestión es que, desde nuestra primera cuenta en Fotolog, venimos mejorando nuestra imagen y llevamos el criterio estético a niveles supersónicos, sacando varias fotos de un mismo momento para tener un amplio margen de elección. Las fotos de antes conservan la impresión ingenua de una sonrisa desenfocada. Las personas se relajaban porque era un recreo íntimo ¿u hoy en día, y si mi viejo viviese en casa, mi vieja se le alzaría en piyama sobre él en el sofá, con una peluca rubia, y publicaría eso sin tapujos? Ahora la cuestión es pública y calculada, un poco mentirosa y pragmática: si no se publica, no sirve.

A mí me gusta pensar que por cada cosa que no se recupera habrá, por los siglos de los siglos, una puerta a lo desconocido, y que lo que estamos descartando es el misterio de una imagen no idealizada, compuesta de personas distraídas, emociones reales e irrepetibles y objetos recortados en un pedazo de cielo que se perdió.   

Nicolás Fernández Ramos
[email protected]