Revista Palta | LA DECLARACIÓN JURADA DE MI LIBERTAD
626
post-template-default,single,single-post,postid-626,single-format-standard,qode-quick-links-1.0,ajax_fade,page_not_loaded,,qode-title-hidden,qode_grid_1300,footer_responsive_adv,qode-content-sidebar-responsive,qode-theme-ver-11.1,qode-theme-bridge,wpb-js-composer js-comp-ver-5.1.1,vc_responsive

LA DECLARACIÓN JURADA DE MI LIBERTAD

Tenía 22 años y estaba de visita en su casa, era diciembre y al día siguiente me iba de viaje. Pasé días que parecieron semanas, sentada en la mesa del comedor con mi mamá cocinando de espaldas a mí, queriendo emitir alguna palabra, transpirando más de la cuenta. No importaba qué estuviera haciendo, las palabras se escondían cuando me decidía a enfrentar la situación.

Esa sensación me era familiar. Cuando era chica y contestaba mal o me peleaba con mis hermanos, mi papá me mandaba en penitencia, que consistía en encerrarme en la pieza con la única autorización de salir al baño. Si la condena empezaba antes del mediodía, mi mamá me llevaba el plato con comida a la habitación, oficiando de guardia penitenciaria, y me recomendaba que hablara con papá. Que reflexioná, que pensá en cómo contestaste, que estás arrepentida, que no quisiste pelear a tu hermano, que vas a pensar antes de actuar la próxima vez.

Pasaba un buen rato, muchas veces horas, hasta que abría la puerta intentando que nadie me escuchara, sobretodo Él, que seguro estaba a la vuelta del pasillo, echado mirando televisión después de su día de trabajo. En cuclillas daba unos pasos en su dirección hasta que llegaba a la pared que separaba la cocina del resto de la casa y, camuflada detrás de ese muro protector, lo miraba con un nudo en la garganta, sin saber bien qué decir.

En casa los límites eran los mismos para todxs, y a papá no se lo podía contradecir mucho, salvo que estuvieras dispuestx a ir en cana. Pasaba un rato hasta que me animaba a tomar el impulso de entrar al terreno de la cocina y decir alguna palabra para llamar su atención y obligarme a dar confesión.

Yo sin darme cuenta inventé mi propia penitencia.

Cambié el cuarto por el closet. Me metí tan adentro que cuando quise salir de esta especie de autoflagelo, que son los secretos, no me bastó una pared o una puerta para protegerme.

Así me sentía, dispuesta a dar explicaciones, algunas inventadas, porque como si fuera poca cosa tener que llegar con una carta de presentación para tu propia familia desde esta posición de hija que viene a salirse del molde, me preocupaba por amortiguar mis palabras.

Pensé en mi hermano mayor, que supo cumplir con las expectativas del primer hijo varón, compinche con el padre, hetero, que sacó su humor, es veterinario, y se casó y tuvo un hijo. Cuanto más lo pensaba, más injusto lo encontraba.

No tenía un antecedente con el que comparar los parámetros de la situación así que me tocaba romper con la energía carnavalera y sexista característica de mi ciudad, Gualeguaychú.

Ese día no quise salir de mi habitación ni para ir al baño.

Ma, hace rato quiero contarte algo, y es que estuve 2 años de novia y no te lo pude decir nunca.

Respondió a mi sinceridad y mi valentía con la misma resignación de quien recibe el diagnóstico de una enfermedad letal. Los muros que creía que iba a romper, se fortalecieron. Era más grande su decepción que mi tranquilidad por haberme revelado por primera vez ante mi mamá; ante la persona que se supone que te conoce mejor que nadie.

Pasó un año hasta que se le conté a mi papá. Con él conocí cuáles eran las bases y condiciones de ser la torta de la familia. Ésta vez no la saqué tan barata. Pasé por el confesionario y di las malditas explicaciones que tenemos que dar los hijos que nos salimos de los márgenes preestablecidos.

Otra vez, saliendo de un closet que no tendría que existir, llorando por ser quien soy, presentándome ante las personas que me dieron la vida por el doloroso sendero de romper todas sus ilusiones.

Mi sexualidad fue un secreto porque yo lo quise. El closet fue la fantasía que generé en torno a las reacciones de mis padres. Siempre supe que la sexualidad no era una elección, pero después de estas conferencias de prensa entendí algo mucho más importante. La decisión que hay que tomar, es la de vivir libremente.  Aunque cueste.

Ana Carrozzo
[email protected]