Revista Palta | LA CULPA CAE PESADA
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LA CULPA CAE PESADA

Mis papás están separados y sus opiniones no suelen coincidir. Viven en departamentos muy distintos, eligen lugares diferentes a la hora de vacacionar, y votaron a candidatos opuestos. Pero en algo sí están de acuerdo: estoy gorda.

Éste último año encontraron bastantes ocasiones para hacerme comentarios sobre mi cuerpo y sobre mis preferencias a la hora de elegir el plato de un menú; pero hace poco que los dos, cada uno por su lado, me citaron a hablar y expresaron su preocupación respecto del tema. Dijeron que no tengo el mismo cuerpo que a los quince, que “estoy camino a la obesidad”, que tengo que cerrar la boca y ponerme en un plan de dieta estricto, y que el momento es ahora porque, dentro de unos años, puede convertirse en un problema. Yo les dije que como sano y que tuve un año de mierda, pero no ellos no estaban preocupados por mi salud, o por mi bienestar, sino por mi aspecto.

Yo me venía sintiendo rellenita y me detestaba, pero la terrible preocupación que sentí por parte de mis papás me llamó la atención. ¿Tan “mal” estaba? Lo hablé con mi psicóloga. Ella se rió, me dijo que estoy lejísimos de la obesidad, y que nadie tiene el mismo cuerpo que a los quince.

Cuando era chica la palabra anorexia me daba miedo. Había visto un par de fotos en revistas de chicas huesudas internadas en hospitales o tiradas en el piso que me generaron un terrible rechazo. Me prometí nunca llegar a eso, pero tampoco era algo que me preocupase demasiado. En ese entonces me encantaba mirarme al espejo, hacer boquita, admirar mis rastros y posar para fotos. Pesarme era algo que hacía solo cuando iba al médico.

Después del estirón propio de la pre-adolescencia, lógicamente, mis camisones se convirtieron en remerones, y los jeans que me quedaban chicos dejaron de ser motivo de festejo para ser motivo de alerta: había que frenar con el chocolate. Una vez que te convertís en “mujercita”, tu cuerpo tiene que estar a tono. Empieza a ser algo que la gente mira y sobre lo que opina. A mis amigas las mamás les compraban viandas light para el recreo y mis papás dejaban de preocuparse por mis dientes y empezaban a preocuparse por mi peso. Ahora, cuando les pedía que una golosina del kiosco, la respuesta ya no era “no, que la dentista a fin de año se va a enojar”. En su lugar me recordaban el jean que me ajustaba.

Dejé de sentirme un palito para sentirme el osito de goma que ya no podía comer. Mi relación con la comida se convirtió, de a poco, en la relación que (supongo) tienen los alcohólicos con el alcohol: después de conocer el riesgo, ya no podés tomar ni un trago tranquila.

Me llené de pensamientos del tipo “me merezco este alfajor” y excusas como estar triste o estar indispuesta para comer con menos culpa. También me prometí ir al gimnasio al día siguiente, e incluso llegué a pensar “lo vomito más tarde” frente a una mesa llena de comida tentadora. La palabra anorexia cobró otro significado. Dejó de ser algo que me daba miedo, para ser algo que anhelaba y que ojalá tuviese la fuerza necesaria para hacerlo. Ya no eran las chicas tristes y huesudas de la revista; ahora eran las flaquitas y felices de internet.

Me convertí en una bulímica ocasional con muy poco éxito. La única vez que no postergué el plan de vomitar infinitamente hasta olvidarlo, lo máximo que logré fueron unas arcadas que resultaron en escupir un hilo de puerro que había comido hace un par de horas. Otra vez, ya resignada a la bulimia y al horror de ahogarme metiéndome los dedos por la garganta, estuve todo el día tirada en la cama sin comer. Miré películas para pasar el tiempo y cuando llegó el momento de levantarme para ir a una clase de teatro, me di cuenta que me sentía tan mal que si hacía la clase así me iba a desmayar. Me compré un alfajor.

En medio de mi desesperación y mi odio conmigo misma googleé los nombres de los laxantes de venta libre, la efectividad de los productos para bajar de peso de farmacity, y analicé seriamente mis ahorros frente a la posibilidad de hacerme una lipo.

Tenía de soundtrack la voz de mi papá diciendo “me preocupa que no te preocupe”, como si a mi estar rellenita, gorda, obesa, o lo que fuere, me chupase un huevo. Y es que después de escuchar -por todos lados- comentarios sobre lo gordas que eran mujeres como Griselda Siciliani o la China Suarez, mi cabeza ya se había tarado. La hipocresía no me dejaba hacer una autocrítica razonable. Miraba por la calle otras mujeres y trataba de identificar qué cuerpo era el más parecido al mío. Intentaba verme desde afuera, saber qué porcentaje de la sociedad era más flaco que yo; pero no podía entender dónde estaba parada.

Pero lo que más me pesaba no era el peso sino la presión. Yo quería que mis papás siguiesen viéndome hermosa como a los ocho, cuando les decía que quería ser como las de la tele y me contestaban “vos sos más linda”. Me molestaba sentirlos más atentos a mi búsqueda por la flacura que a mi búsqueda por la felicidad.

Es verdad que, como dijo papá, con otro cuerpo yo “gustaría más”. De la misma manera de la que, probablemente, tendría más trabajo. Me pregunto si no quedé en algunos castings por eso. Pero también me pregunto si poner mi energía ahí no es, simplemente, una manera de evadir otras razones por las cuales podría no haber quedado seleccionada. Si quiero gustarle a gente que busca algo tan superficial. Si no es mejor invertir en mejorar mi talento, que en afinar mi cuerpo. Si proyectos en los que es indispensable tener un lomazo son, en el fondo, proyectos que me interesen.

Faltan unos meses para el verano y, esta vez, no quiero que mi objetivo sea llegar con el cuerpo de otra, sino haberme amigado con el mío. Porque no sé si voy a ser más feliz siendo más flaca. Como tampoco sé si voy a ser más feliz con otro smartphone. Buscar un cuerpo ideal es buscar algo inalcanzable. Sé que puedo estar más flaca, y eso siempre va a ser así: el cuerpo es un producto más de esos que nos venden. Claro que tengo ganas de verme bien, pero quiero hacerlo de una manera que sea sana tanto física como mentalmente. Porque del mismo modo que siento que mis papás se pierden de ver algunas cosas por estar mirándome las piernas, yo también lo hago. Conmigo y con otros.

Y no fue hasta que lo di vuelta que pude entenderlo: es mi búsqueda la que tiene que ir por ese lado. Soy yo la primera que tiene que buscar la felicidad en vez de la flacura. Y el primer paso es entender que no son sinónimos.

Manuela Martinez
[email protected]