Revista Palta | LA CONCHA DE MI MADRE
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LA CONCHA DE MI MADRE

Por Agustina Jaurena.

Nací en General Villegas en 1986. Decir “General Villegas” es, aunque no necesariamente en este orden, ser del pueblo de Antonio Carrizo, del pueblo donde nació Manuel Puig sobre el que escribió como nadie nunca podrá escribir; es ser del pueblo donde nacieron algunos futbolistas más o menos célebres como Aníbal Matellán, pichón de Bianchi, que no dejó un segundo en paz a Figo en la final Intercontinental que Boquita le ganó al Real Madrid en 2000. Pero, en lo más íntimo, General Villegas es también el pueblo donde nació mi madre, Laura, y el pueblo en el que soy la hija de Laura.

Como toda joven más o menos rebelde ruidosa, pero abanderada del colegio, renegué mucho de eso. De ser la hija de y no ser yo. De ser “igual a la mamá”, una sentencia extraña que me hacía pensar qué querían decir con eso: que era buena como nadie, que era graciosa, que a veces gritaba mucho. O no, que era una condena y que lo único que podía ser era igual a mamá. Que yo no era más que su hija. En el fondo, de todas maneras, era reconfortante. Era peor si me decían que en realidad tenía la cara de mi papá, un señor que se fue de mi casa cuando era bebita y que nunca me invitó a dormir a la suya. Lo cierto es que nunca entendí eso de ser igual a alguien.

Mi ciudad natal es de esas cliché de la Provincia de Buenos Aires: la plaza principal con el General Villegas, gran amigo del genocida Roca, estatua con espada en mano y unos tobillos inexistentes en un playón al que íbamos a patinar, el Colegio María Inmaculada en la esquina, a la izquierda la Iglesia, a pasitos la comisaría, a la vuelta la Escuela N°1, y sigue la Municipalidad, el Museo Carlos Alonso, y de nuevo el Colegio. La vuelta al perro. A unas 10 cuadras, mi casa materna, en la que vivíamos mi abuela Flora, Mamá Laura, mi hermana Cecilia y yo.

En el colegio aprendí a rezar el rosario, a dirigir un Vía Crucis, al menos ocho proposiciones lógicas, cómo se forma la orquesta sinfónica, qué es y cómo suena un oboe, cómo Napoleón influenció la independencia argentina, y que lo peor que podía pasarte era ser gorda.  El vía crucis, el rosario, el colegio católico: fui una joven catequista quinceañera, a la que lxs niñxs le hacían dibujitos porque querían mucho. No leí la Biblia, pero me sé el cancionero de misa y la liturgia de punta a punta. Cuando pienso en el camino que me llevó al feminismo, jamás reniego de la etapa mística. Es información. Ser catequista tenía todos los condimentos católicos. Caminaba rodeada de niñxs que me querían y me escuchaban y atravesaba un jardincito en el que había pajaritos. No pensaba en ese momento que la Iglesia era el peor de los males de la historia de la humanidad. Todo era bendiciones y culpa, con canciones.

***

Cuando cuento cosas mías, de mi infancia o de mi adolescencia en General Villegas, siempre hay risas. Podría decir que es mi historia y que no tiene nada de extraordinario, pero la verdad es que creo que sí, que fue una etapa maravillosa que no evoco con la nostalgia del “todo tiempo pasado fue mejor”, pero que recuerdo en cada detalle.

Eso de relatar con humor me lo enseñó Mamá Laura, que aunque te cuente del velorio de su madre, de su divorcio, de sus horas sin dormir por laburo o por cuidados, siempre le da ese giro de comedia negra que te hace llorar de risa. Mamá era la señorita de religión del jardín. Era mi señorita de religión. En sus encendidos relatos Jesús era algo así como un Sandro milagroso que todo lo podía con su amor. Contaba las parábolas con una efervescencia imparable. Supe desde pibita que me habían bautizado en la Capilla de la Medalla Milagrosa, que quedaba atrás de la vía eso, en un pueblo, es la General Paz, y eso me hacía sentir orgullosa porque lo vinculé siempre con lo popular. Mamá Laura era una Cristo Superstar: el amor está debajo de las piedras y no en los edificios. Amén, amén.

Cuando mi madre santa, catequista, hermosa como nadiese casó, además de llevar el mejor vestido que vi en una boda llevaba orgullosa su virginidad. Y la iglesia le regaló una medalla por eso. Las preguntas son muchas y creo que no se las hice, pero la única que interesa es cómo lo saben. Sin respuestas, asumo y reconozco que la honestidad de mi madre es tal, que con sólo decirlo alcanza. No podría ser de otro modo. La medalla que le dieron tiene forma de cruz, alguna virgen que la protegerá y una cinta aterciopelada. Es verde. Verde aborto.

***

Si pensaban que lo mejor que nos dio el catolicismo es Navidad, pifiaron: una fogata en la calle mata Papá Noel. Un año pongamos que 1998, Mamá Laura decidió que la fogata que solía organizar para el Colegio en una cancha de fútbol pequeña al lado de la iglesia, la Canchita del Cura, sería esta vez en la calle, en la puerta de nuestra casa. Todxs lxs vecinxs llevaron lo que querían quemar: papeles viejos, carpetas, cajas, apuntes del año 30, boletas, facturas. Los bomberos cortaron la calle y había un autobomba de guardia: así de grande era. En mi mente la imagen imborrable de mi madre con una chomba rayada y una pollera, antorcha en mano, saltando alrededor del fuego y gritando, arengando, soplando el fuego inmenso, llamando a todos a sumarse, a quemar, a limpiarse el alma. Mamá no es en ese momento Mamá Laura. Mamá es en ese momento una chamana que rompe todo, una mujer superpoderosa que prende fuego y exorciza. Mamá es una de las brujas de las que Federici habla en su libro, que yo leo ahora, veinte años después, y sobre el que charlamos en casa para entender qué carajo es el feminismo. Soy la hija de una bruja.

Es 8 de agosto. No hay viento ni lluvia helada que pueda con nosotrxs, que copamos la calle de manera constante e intensa. Estoy nerviosa. Me encuentro después del trabajo con mi mejor amiga en la casa de una amiga suya. Hay galletitas aborteras, budín verde, el debate de fondo y una pila de risas ruidosas que estallan mientras nos dragueamos para salir a la calle. Tenemos 15 y hacemos la previa para ir a la mejor fiesta: la nuestra. Me desvío del grupo para encontrarme en una esquina con mi compañero y su hija de 11. Nos abrazamos y ella me dice “no tengo miedo”. El corazón me arde de amor. Ya nació la generación que sabe que su cuerpo le pertenece.

Nos desencontramos con las pibas. Mientras me muevo por donde las dejé antes de desviarme, una chica se asoma al paraguas en el que me esperan y le da a la pequeña feminista un piloto verde, porque ella ya se va. Me lo cuentan y sonreímos. La sororidad es ésto. Este cuerpo hecho de cuerpos. Esta marea. No nos conocemos, pero sabemos quiénes somos y estamos juntas. Ya está, lo hicimos. No se va a caer: se está cayendo. Resuena en mi cabeza mi superheroína Dora Barrancos diciendo “si por una rara razón no la ganamos, ya la ganamos”.

Es 9 de agosto. Tengo el sueño más denso que recuerde. En el trabajo desde temprano hay mucha gente son todos tipos que gritan, que hablan ni sé de qué. Al mediodía me llega un audio de Mamá Laura que arranca con un sollozo. Llora y me dice “Te quiero, Agu. Estoy tan triste. La puta que los parió… porque no entendieron nada. Hoy no estoy enojada, estoy triste. Pero verde, siempre verde”. El verde es mi color favorito. Es su color favorito. Es el color del pañuelo de la Campaña que le llevé y colgó en su casa porque “las pibas de La Trocha el barrio más pobre de General Villegas se mueren y las ricas van y abortan y los médicos se hacen ricos”. Verdes son sus estados de whatsapp, los emojis de corazones que manda en el grupo que tenemos con mi hermana, la tipografía que usó para decir que está harta de la hipocresía de los curas que hacen misa mientras se debate la ley.

A la noche me llega otro audio. Me dice que fue un día difícil y triste, pero que se dio cuenta de algo: “reconozco que soy feminista. Me doy cuenta de que soy feminista desde que las empecé a criar (agrego: sola). Soy feminista a muerte”. Dice que gracias a mí y a mi hermana se dio cuenta, a partir de charlas y discusiones y “a los palos”. Que no pensó que esto le iba a pegar tanto. Que ésta es la primera de otras leyes que tienen que seguir. Que para ella “es más muerte el aborto ilegal que el aborto legal”.

Mi mamá es feminista. Mi mamá, la virgen con medalla, la señorita de religión. Mi mamá me dice que se siente feminista. Algo que siempre supimos, pero que no intelectualizamos. Me faltaba leer algunas cosas para saber que mi madre, mi hermana, mi abuela, y yo siempre lo fuimos. Como muchxs que son feministas sin libros, ni academia, ni vocabulario específico.

Mi mamá embruja a todxs con el fuego y el amor y la fuerza infinita. Mi mamá es una bruja. Mi mamá y yo somos feministas. Este momento es maravilloso, la concha de mi madre.

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