Revista Palta | ¿LA CHICA QUE ME CUIDA?
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¿LA CHICA QUE ME CUIDA?

Sulma se llama Sulma con “s” porque cuando nació la anotaron mal y así quedó. Le gusta, dice que le da personalidad, que la vuelve única. Mi hermana mayor insiste en llamarla con “z” y le escribe “Zulma” en todos los mensajes que le manda, incluso cuando no es necesario llamarla por su nombre. Vivió en Chaco con su familia hasta los diecinueve y se vino a Buenos Aires para hacer el profesorado de Educación Física. Empezó a trabajar con una familia, cuidó a una chica que se llamaba Sol y cuando Sol fue un poco más grande se vino a mi casa, a la de mi mamá, un año antes de que yo naciera.

Desde entonces Sulmi vive con nosotrxs. Cuando mis papás se separaron fue conmigo de casa en casa, un tiempo, hasta que se instaló en lo de mi mamá. Cuando viajamos también viajó. Los sábados los destinó a hacer talleres, colecciona diplomas de escuelas de masajes, de computación, de mosaiquismo, danza árabe, cocina macrobiótica y primeros auxilios. Además, es la reina de la tortilla de papa, de la paciencia, de la escucha -incluso siendo sea sorda de un oído-, de desdramatizar los berrinches y de arreglarme la ropa. También es la maestra de la limpieza, un conocimiento que desestimé hasta que me mudé a vivir sola.

Los días de la madre los pasa con nosotras, igual que los cumpleaños y otras fechas festivas, excepto Navidad y Año Nuevo. Esos meses viaja a visitar a su verdadera familia, la de sangre y la que visita una vez por año. Varias veces me invitó a acompañarla, a conocer su casa, sus hermanas, sus sobrinxs. “¿Te lo vas a bancar? Mira que allá hacen 40 grados, nos bañamos en palanganas sin agua caliente, y nos levantamos cuando sale el sol”. Yo le decía que sí y miraba con ella los álbumes de fotos que traía a su vuelta cada verano, hacía un esfuerzo por aprenderme de memoria los nombres de sus familiares, que eran muchos. Con La Negrita hablé por teléfono varias veces y, algunas, sentí que éramos amigas. Mi mamá estaba sorprendida con mi entusiasmo, pero me alentaba a ir. Mi papá decía que no, su excusa era que le daba miedo del micro en la ruta de noche.

Una vez, volví del colegio y me encontré con Sulmi enojada porque yo le había pasado su teléfono a la mamá de una compañera. “Me quisieron robar” decía. Que habían preguntado cuánto le pagábamos y le ofrecieron más, “ustedes son mi familia, no es un tema de plata, Mani” repetía mientras puteaba a la mamá de Martina y me prohibía volver a darle su teléfono a cualquiera. Yo la abracé y lloré como nunca, le aseguré que nunca me imaginé tal cosa y le prometí que yo tampoco quería que se fuera.

Después de eso, cuando mi mamá me escuchó hablar de “la chica que me cuidaba” frente a unas compañeras de la primaria me miro tan mal que sentí vergüenza: me dijo que la presentara como a mi hermana, que a ella se le rompe el corazón cuando me escucha hablar así, que ni se me ocurra hacerlo de nuevo. Desde ese día Sulma es mi hermana.

Un mes después de que Sulmi propusiera un brindis en la cena porque ese día hacía veinte años que nos aguantaba, embalé mi cuarto en cajas de cartón y me fui a intentar convertirme en una chica independiente. Tuve miedo de que mi partida fuese un motivo para que Sulmi se volviese a Chaco, pero, por suerte para mí, no era yo lo que la retenía: era su trabajo.

Sulma sigue viviendo ahí ahora que me fui sola. Fue lo que más me costó dejar, lo que más extraño. Mi mamá habló en el edificio para pedir que la traten como a una propietaria más, y la dejen usar el gimnasio y el ascensor principal. Entre ellas discuten por el lugar de algunos objetos de la casa, los mueven una y otra vez, una tira cosas al tacho y la otra las saca. Y así más de una vez, alevosamente. Sulmi levanta a mi mamá a la hora que quiere, aunque ella insista en que la deje dormir un rato más, porque sabe que sino llega tarde. Se preocupa si se mancha la ropa cuando come porque le parece una señal de que “se está poniendo grande”. Algunos fines de semana me visita en casa, me cocina lo que sabe que me gusta, se queda a dormir y compartimos la cama, la única que tengo, se queja de mi gata y se levanta con el sol sin hacer ruido. Cuando me despierto siempre descubro que me ordenó un poco y la encuentro haciendo manualidades en la mesa ratona.

Cuando hablo de Sulmi como mi hermana no lo digo como un eufemismo. Sé que su trabajo es su trabajo y que prepararme el desayuno, acostarme, vestirme dormida, sacarme piojos y ayudarme con la tarea fue parte de eso. Pero en esos años de convivencia construimos un vínculo irrompible, un amor que no tiene nada que ver con las tareas del cuidado que le tocan, ni con un “instinto materno”, ni con una obligación de parte suya. Un amor que fue creciendo entre charlas, travesuras, planes de viajes posibles e imposibles, abrazos llorosos, juegos inventados, paseos de fin de semana, clases de baile y de inglés, mates en plazas y en casa, esperas en guardias de hospitales, secretos inconfesables, patadas en la mitad de la noche.

Todos los diciembres la acompaño a Retiro, y todos los diciembres lloro, aunque sé que vuelve. En enero le mando mensajes preguntándole cómo está y diciéndole que la extraño; y en febrero, cuando vuelve, se queja de que la molestamos hasta en sus vacaciones. Nunca sé si lo dice de verdad o si es irónica, si entiende o no que ella es un pilar fundamental de nuestra familia. Ella se queja de que no se puede ir sin que todas nos enfermemos. A mí me llena el cuerpo un vacío enorme que me recuerda que, en el fondo, no soy su familia y me aterra la idea de que no vuelva. O de que vuelva con la idea de que es la última vez, de que su casa se está terminando de construir y de que el año que viene se va para quedarse. Aunque ya viva sola, me haga mi cama, lave mis platos y me despierte con alarma. Porque no es su trabajo lo que voy a extrañar: es a ella. Sé que no soy quién para decirle que se quede. Entonces me prometo aprovechar el tiempo que tengo, y siento culpa por cada vez que no le dije todo lo que la quería, que le revoleé juguetes por la cabeza, que no presté atención a sus historias, que llegué tarde a su muestra de mosaiquismo, que no la invité a dormir porque venía mi novio, que no la visité tan seguido, que el día a día se me cayó encima y me la olvidé en el camino.

Manuela Martinez
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