Revista Palta | LA BOCINA COMO UNA EXTENSIÓN DEL IDIOMA
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LA BOCINA COMO UNA EXTENSIÓN DEL IDIOMA

Cada vez que suena el despertador, lo primero que hago antes de abrir los ojos es escuchar un ruido que, de tan desubicado y molesto, se acopla al tono «hillside» de mi celular: son bocinas, muchísimas bocinas allá abajo, sobre la Avenida Scalabrini Ortiz que se estira del otro lado de mi ventana. Por suerte ya no tengo que usar tapones en los oídos para conciliar un sueño más o menos profundo. Por suerte la incertidumbre no es tan grande como la de aquel invierno del 2016, cuando llegué a Buenos Aires con varias cajas de libros y un cepillo de dientes y esas mismas bocinas eran la prueba ineludible de que me encontraba en la Capital del país, la antesala de lo más parecido a un loquero en el que los pacientes desbordan y hay muchos durmiendo en medio de los pasillos, mendigando el plato del día.

Cuando uno es del interior, la vida en Buenos Aires es un constante amor-odio por lo que te rodea. Yo me vine con propósitos académicos y culturales. Y aunque las posibilidades de dedicarme a lo que quiero se extienden casi infinitamente, también tengo que sobrevivir, agarrarme de pequeñas changas mientras espero que llegue ese trabajo hecho a mi medida. Mientras tanto uno está solo, viviendo de manzanas y carbohidratos, con una dieta a base de fideos con queso de lo más esperanzadora y, al mismo tiempo, asimilando el choque social de una raza humana proclive al enojo y el estrés. Empiezo a calcular el tiempo que tengo para conseguir un trabajo estable, cómodo, antes de que la plata se me acabe y tenga que volverme a mi lugar natal y a armarme de una personalidad blindada, un comportamiento a base de mantras y respiraciones controladas para asimilar mejor mi nueva vida.  

En otro plano está la geografía. Les he contado a varias personas que cuando cruzo una avenida me freno un poco sobre la senda peatonal, descanso la vista con esa especie de horizonte (el único) que se abre cada un par de calles y deja entrar el sol de lleno; los ojos descansan porque la mirada es larga y sin obstáculos y se tiene una sensación de alivio y libertad. A veces hasta les saco fotos y las subo al Instagram como ante un fenómeno llamativo, para que mi amigos de Entre Ríos sepan que no vivo en una jaula de cemento. Aunque el silencio, la pureza del aire y la mirada larga e incandescente de la que puedo disfrutar en aquellos lados sobre la costa del Río Uruguay se vuelven inalcanzables y adornadas como un mito sobre paraíso.

Lo que más pesa es la velocidad, la vorágine que toma la vida en un lugar así, el aspecto sonambúlico de muchas personas que, embotadas en algo más importante que la salud, corren, lloran y gritan en las calles. Indiscretas y desesperadas. La verdad es que vine en el año 2014 y que los ataques de pánico me hicieron volver corriendo a la falda de mi vieja. Sólo duré cuatro meses.

Todavía no entiendo a la gente que habla cosas privadas por altavoz, en un colectivo lleno de gente a la que, supongo, le importa muy poco o, en el peor de los casos, les causa sensaciones fuertes como la vergüenza o el interés por la vida privada. La indigencia en las calles, esas caras sucias, esas rastas hechas de mugre que repelen la mirada y aunque uno sienta pena y quiera ayudar, la vida no les va a cambiar con diez pesos que les deje; diez pesos que me duelen «tirar» porque estoy corto de guita. La maldita bocina como una extensión del castellano. El salvajismo civilizado de todo: a veces pienso que sólo las personas como yo pueden ver las cosas tan podridas, que yo soy el problema. Que soy parte de una casta que toma nota de lo que ve en un impulso por registrar los detalles que pueden pasar desapercibidos. Que soy de los que reflexionan demasiado. Que soy parte del grupito de personas que en algún momento del día se sientan a escribir o son aficionadas a los dramas clase b, bien tristes y opacos, hechos de un realismo gris que no sigue el final feliz. Y quizás sí, es probable que viva en un plano secuencia que no deja escapar nada, una vida sin corte de toma. Pero uno se acoraza, se vuelve más lucido. Los objetivos se vuelven más claros y grandes que los miedos: uno se levanta de la muerte (o se enfrenta a ella).

Hay que entender que es un lugar para los que llegan con ambiciones. La propuesta cultural sobrepasa cualquier idea que uno haya podido hacerse. Hay más luces, todo es muy exótico y hay mucha gente buena. ¿Pero quién dijo que era fácil? Atraído como por un tesoro, lo que busco está en alguna parte de este loquero al que se entra solo y por cuenta propia.

Nicolás Fernández Ramos
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