Revista Palta | INSTAGRAM O LA MUERTE DEL ACONTECIMIENTO
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INSTAGRAM O LA MUERTE DEL ACONTECIMIENTO

Todo empieza en una tarde de sol, tereré y alfajorcitos de bandeja, una típica de primeros calorcitos y gotas cayendo por la espalda. Amigas, parque, mantitas improvisadas. De cómo pasamos de los Jorgito a lo que quiero contar, solo Gilda y la virgen saben.

El relato de una de las pibas entre cebada y cebada conduce a contarnos que esa misma mañana había subido a Instagram una foto en bombacha frente al espejo. Que sí, que algunas como buen fan club de amigas ya la habíamos visto. Diosa, potra y demases halagos soplaron más fuerte que el viento que se hacía mendigar. Ella en su departamento parada en bombacha, con sus tatuajes y dos emoticones que le hacían de corpiño para taparse las tetas. Pero nos mira de pronto y nos dice que la borra. “Sí, me desperté, me sentía linda y me saqué una foto. Pero ahora no se. La quiero borrar. Tengo gente del laburo, tengo a mi hermana”. Puf, borrar.

¿Qué hacemos en Instagram? No es el primer lugar donde podemos subir fotos. Saquemos Facebook y pensemos en Fotolog. Yo soy de la generación que creció subiendo una foto por día y pidiendo que la effeen por reverse. Soy de la generación que consideraba a los floggers como famosos cercanos, que en un momento pudo llegar a descontrolarse si veía a alguno conocido en la matineé. Con esto quiero decir que el deseo y la identificación no son algo nuevo en la internet, para nada. Hoy Instagram nos promete que si nuestros perfiles son atractivos nos van a seguir, nos promete, de alguna manera, un ascenso social. Mirar, likear, subir, recibir corazones. Esa es la vida virtual, o real, o lo que sea que sea este híbrido en el que estamos metidos. Instagram es un catálogo de deseos.

Y los que venimos de las ciencias sociales (o somos muy adictos a Black Mirror) sabemos, sociedad y tecnología no se pueden pensar separadas, y de ninguna manera voy a decir que la red social cambió la manera de actuar de la sociedad, pero lo que sí cambió fue una manera de expandir las posibilidades de ser, de visibilizarse más allá de las lógicas hegemónicas de los medios masivos de comunicación. Creo que el quid de la cuestión de Instagram va por la posibilidad de pisada fuerte de lo alternativo a estos medios (aunque contiene claramente al star system) y desde acá, la posibilidad de hacerse a sí mismo.  Es una red de la que participamos como consumidores y constructores que nos promete una diversidad. Navegamos en búsqueda de contenido que nos haga reír, admirar, anhelar. Pero también publicamos contenido para que otros nos quieran, deseen ser nosotros.

Después de esta maravilla de que cada uno construye su propio camino y lo alternativo, exótico y la fantasía del ascenso social tengo que hacer un punto. Tengo que pensar. Bueno, sí. ¿De verdad funciona tan así? ¿O hay acaso reglas de juego? Y sí, es real que a partir de esta red social se vuelven visibles otras formas de ser. Pero no, no podemos dejar de lado que existen lógicas que nos forman y estandarizan maneras de hacer, decir y mostrar. Hay iniciativas singulares, sí. Pero el problema es pasar por alto que en el mundo hay múltiples dispositivos de subjetivación e Instagram es parte de ellos. El problema es pasar por alto cómo esta multiplicidad, o posibilidades de ser diferente se agencian y también se convierten en mercado. Los problemas son dos: por un lado naturalizar que el ser exótico, diferente, sea una moda; otro es el problema del límite entre lo virtual y lo real, si es que acaso existe. ¿En qué sentido esto se relaciona con la cuestión de hacerse a sí mismo en Instagram? En que funciona atravesado tanto por el deseo como por el control de los cuerpos. Butler lleva más allá la reflexión sobre el poder y el sujeto de Foucault: habla de sujeción; sostiene que somos sujetos no terminados, sino en devenir, somos sujetos culturales que nos vamos formando. Somos usuarios que transitamos estos dispositivos mediáticos, los construimos y nos construyen e internalizamos la norma. Internalizamos ciertos modos del hacer, del mostrar, del presentar, del no hacer, del ocultar. Este apego a la norma como mandato simbólico que construye normalidades y regulación de nuestros cuerpos, o nuestros posteos, es la base de lo que quiero explicar acá. Digo, está claro que tomamos decisiones, pero hasta qué punto éstas no están alimentadas de lógicas del ser-en-el-mundo, o por el contrario, hasta qué punto son autónomas.

Hay cuentas que dentro de la lógica del marketing sirven como punto clave para generar deseo (tanto de compra como aspiracional), cuentas, ya no personas. Cuentas en general. Kylie Jenner (@kyliejenner) en ese sentido es una criatura de realidad y ficción. Es un ícono de las redes sociales por su estilo que condensa un cuerpo curvilíneo con una cara hiper-maquillada. Kylie me hace acordar a mi tía abuela, que en los años ‘50 se operó la nariz, por lo que nadie de la familia sabe cómo era de la otra manera. Kylie es así, se sabe que está operada, ella se volvió un ícono porque comunica un modo de ser urbano, sensual, joven. Ya sea subiendo una foto haciendo bodypainting, una de su escote o una de sus curvas, Kylie hace una marca de sí misma. Trabaja, sí. Trabaja en tanto pone su capital simbólico, su cuerpo, su estetización en el flujo del capital simbólico.

Por el otro lado Cande Tinelli (@candelariatinelli), ejemplo local, hija de Marcelo, tatuada hasta los dientes. La conocemos por esto, porque cada dos por tres sale en un portal de noticias con el titular de “se hizo otro más, qué barbaridad”. Entre selfies con el filtro de perrito de Snapchat, fotos completamente desnuda de perfil asomando su cuerpo dibujado, fotos de cara, de escote, de boca, de lengua, Candelaria construye un personaje de ella misma. Qué se yo si es así en verdad, ¿acaso importa? ¿acaso no es una forma de venderse ella, de exponerse, de usar una manera de mostrarse? Ella se construye como un objeto de mercado que instaura las polémicas de los tatuajes. Y la clave es la de venderse a sí misma, esta chica es la muestra de que ella misma vale más allá de la cristalización de eso en dinero en tanto más polémica genera, ella es su gesto y su estilo que marca una tendencia hacia donde va el arte de mostrarse.

Qué trabajo divino ser el ser influencer. Estas dos cuentas están atravesadas por una misma matriz, ser cuentas que generan un deseo, un wannabe. Son personajes de la internet que funcionan en un lugar privilegiado en la economía del deseo. Cada una trabaja de vender sus productos, pero al mismo tiempo trabajan de mantener esta posición por la cual venden un estilo de vida, una forma de peinarse, maquillarse, sacarse una foto, usar un producto. Y acá es lo que me refería con las lógicas que nos forman y estandarizan maneras de hacer, decir y mostrar.

Todo esto es alternativo, ¿a qué? A la típica modelo flaca y alta. Sí, lo acepto. Es alternativo. Pero ambas son parte del mainstream. No me quiero ir muy lejos, pero su manera de ser, así y “alternativo” influirá en la manera de ser y mostrarse de otras personas/perfiles como una gramática. En este nivel está la estandarización de las maneras de devenir en el mundo. Son perfiles que condensan modos de ser también de otras personas, digo, Cande Tinelli no inventó el tatuaje ni Kylie Jenner tener caderas grandes. Sino que condensan estas multiplicidades de ser, condensan y emergen como un ideal estético. Es decir, nos podemos llenar la boca hablando de que en Instagram podemos presentar “otras maneras de ser en el mundo”, sin embargo entramos a diferentes perfiles y todos nos parecen similares.

Salgamos de estos dos perfiles famosos. Pensemos en general, perfiles que se suben a la ola del Instagram. Vamos a ver que casi todos están atravesados por algo que los hace similares ¿Por qué? porque existe un formato, porque existe una gramática de estilos de vida, de cuerpo y hasta de erotismo. Esta multiplicidad se agencia, se convierte un estilo. Un filtro. Como gramática de cómo maquillarse, peinarse, aparecer, sacarse una foto, ser sensual, recortar la foto de un tamaño determinado. Qué mostrar, qué no. Instagram se trata de eso, de una lucha por la supervivencia, por quién es el rey de la red, quién es el más seguido, copiado. La norma se interioriza: puede ser “que no se muestre el pezón”, y Butler contestaría: la internalización de la norma va a funcionar como una prohibición productiva, no te muestro el pezón pero propongo una sensualidad sugestiva. Y así nos llenamos de imagenes porno soft sostenidas bajo una misma matriz, nos llenamos de Suicide Girls. La norma puede ser “a cara lavada no”, la norma puede ser “ojo con lo que subís porque después lo ven los demás”.

Instagram es un dispositivo de subjetivación entre muchos otros, es un dispositivo que nos construye un cuerpo, un enunciado. Es una ilusión de posibilidad de libertad respecto de nuestros cuerpos y de nuestras maneras de ser. Es una red social que puede tomar algo ominoso, que nos perturbaría en la vida cotidiana como pelos en la axila teñidos de rosa y lo incorpora. Porque que haya varones maquillados en videos, que los amemos, que amemos los pelos en las axilas tampoco significa que seamos libres. Y acá es donde quiero entrar en la polémica real/virtual. Porque me costó un poco escribir “en la vida cotidiana”. Porque ya es imposible pensar en términos de este binarismo. Entonces qué puedo decir acá: que la cuestión de hacerse a sí mismo en las redes implica también la cuestión de hacerse a sí mismo en general. Que Instagram también forma parte de un dispositivo de control por el cual pueden aparecer sentimientos como el de vergüenza por subir una foto en bombacha.

¿Qué es lo verdaderamente alternativo? ¿Acaso existe? Yo creo en el gesto autónomo, creo en otras posibilidades de ser. Creo en que si a mí me pinta tener pelos en las axilas los tengo y no porque en Instagram es una moda. Pero también sé que tomo decisiones basadas en este dispositivo, me saco una foto y decido no subirla porque “no da”. Me pinto las cejas porque siento que queda más lindo. Me encantan perfiles como el de la artista feminista Frances Cannon, y del filipino que hace tutoriales de maquillaje BretmanRock. También me gusta Watts.on, que recopila tendencias, arte a lo “Instagram”. Creo en que existe un verdadero gesto artístico en ciertos perfiles. Pero también veo esta malla general que nos contiene, que nos atraviesa. El capitalismo (y ni hablar del patriarcado) se mete ahí donde nosotros estamos construyendo nuestra subjetividad de una manera inocente. Ahí donde decimos “me voy a sacar una foto así o asá”, “quiero mostrar esto o aquello”, “quiero usar esta cantidad de maquillaje o depilarme tanto otro las cejas”. Todas estas decisiones que tomamos en nuestro modo de ser en internet están atravesadas. Y eso es porque somos, identidades mutantes.

Porque se trata de tener pecas, tener las cejas perfectas o perfectamente imperfectas, se trata de maquillaje, del desafío de no usar maquillaje, de teñir a tu perro de rosa. Se trata de tatuajes, de cuerpos, de axilas con pelos, axilas con pelos teñidas de rosa. De culos grandes pero sin celulitis, de piernas grandes, pero depiladas. De mostrar las estrías, de no mostrarlas. Se trata de convertir gestos creadores en una matriz, un hashtag. Vamos perdiendo así artes tecnicas, eroticas. No sabemos hacer nada, nos copiamos entre nosotros. Instagram es la paradoja de los filtros. Sin Mayfair, Hefe o Reyes. ¿Podemos escapar? Sí, estamos subordinados pero no esclavizados. Pero aprendemos. Aprendemos a pintarnos las cejas. Aprendemos a utilizar nuestros dispositivos técnicos, aprendemos a editar. ¿Para qué? Por los putos corazones.

En un sistema donde el intercambio ya no es de bienes y servicios se produce un gobierno del deseo. El semiocapitalismo es productor de subjetividad. Es un capitalismo de deseo, y acá están el marketing y la publicidad.

No existe ya lo que se llama vida real y vida virtual. Pero la virtual es esa en la que se nos da más margen para moderar, de crear. En los tiempos en los cuales nos vinculamos primordialmente por medio de las tecnologías, en el cual nos solemos conocer primero a través de buscarnos en los perfiles de Facebook o Instagram, la cuestión de la construcción de uno mismo cobra gran importancia. ¿Somos lo que hacemos o somos lo que posteamos? La respuesta es que somos, pero nunca solos.

Brensi Borovich
Brensi Borovich
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