Revista Palta | IGNORANCIA VOLUNTARIA
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IGNORANCIA VOLUNTARIA

Por Juan Gabriel Miño

Concibo mi mirada por y sobre el desconocimiento, en general soy así. Me pierdo de citas o parafraseos (eso es lo que piensa mi cabeza) pero no me incomodo. No veo a la ignorancia como algo con lo que se podría ser despectivo. La ignorancia en mi yo actual es mi materia. Abrazo mi no saber. Es mi apertura de sentido, como obligación y por imposibilidad. La idea de bebé se aloja en mí cuando veo esta obra y eso me gusta. Empiezo a escuchar las palabras como algo más potente y trascendental que el campo textual, las oigo como melodías en conjunto. Las escucho con otrxs, con voces, con la acústica de la sala. Con otrxs, conmigo.

Pienso en la idea de volverme silvestre o salvaje. Trato de imaginar cómo sería la vida de un doméstico en las afueras. Pienso en un gato, es lo primero que pienso. En un gato huyendo.

Pienso en el viaje hasta La Plata, lugar donde se hacían las funciones en la época en que yo vi la obra. Para mí, para mi ombligo cercano eso es mucho, alejarse del centro. Y ahí dudo bastante. ¿Cuál es «el» centro? ¿Cuál es «mi» centro?

La Plata no es una ciudad que conozca demasiado, sólo la visité algunas veces. Ese día viajé en el auto de Bianca. Bianca es una chica que conozco poco hoy día y en su momento nuestra relación era nula y netamente de desconocidos. De algún modo en ese viaje ya estaba saliendo de mi habitual. Por una hora iba a convivir encerrado con una desconocida. No soy de las personas que se fían de las demás. Todo me genera inseguridad o miedo, nunca pienso que «está todo bien», porque uno es uno pero el otro es un territorio por conocer.

Y ahí, en ese auto, con la música que elegía Bianca y el aire acondicionado pensaba más en la obra. Esa idea de volverse, transformarse o mutar. Como un continuo. Como un sucediendo que se estira al infinito. Soy muy yo, y casi siempre me vuelvo otros yo que no me acordaba que tenía. La ruptura en el relato que percibo al estar sentado en la butaca me produce algo, por suerte. La disfruto como un bien a las neuronas, como un mimo a la cabeza. Ese algo que va en contra de lo resolutivo o lo que cierra por completo me sana, me seda. Como la imagen de ventanas de día y ventanas de noche, algo de un ser ambiguo o amplio o multiplicado o abierto o desdibujado o crudo o no codificable o no subrayado. Algo de todo eso lo agradezco y celebro. Celebro en escena lo que no deja tranquilo al que mira. Como un zumbido del MSN, que despierta.

En una parte del texto de la obra encuentro una didascalia que dice «JOSÉ ANTONIO repite varias veces, con dificultad, de distintos modos y distintas posiciones en el espacio, la misma frase. Es como si estuviera aprendiendo a hablar«. Y ahí pienso que ese «aprendendiendo a hablar» se trafica en lo dramático o el drama de este hecho, de estos cuerpos. Un aprender a estar o la idea de educarse, volverse civil o social. Aprender un modo de estar para estar.

Veo la obra, veo una pintura, veo el movimiento. Siento la resonancia de palabras y música. Esta obra de Romina Paula, a mí, me devuelve la reflexión sobre mí mismo, sobre mi yo público. Cimarrón, en mi perspectiva, es una obra que propone experiencia, que bucea en el lenguaje, que destraba y se destaca por no estar estancada en un modo de producción repetido.

Colaboración
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