Revista Palta | I WANT TO BELIEVE
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I WANT TO BELIEVE

De chica no me hicieron el cuento de Papá Noel. El único personaje de fantasía que tuve en mi infancia fue el Ratón Pérez, porque mi mamá es odontóloga. También creía en Mickey Mouse, aunque mis papás me aseguraban que era un tipo disfrazado; o en E.T, mi favorito. Que tampoco existía, según ellos.

El haber sido huérfana de fantasías en la infancia dejó una secuela en mí. Mi trauma favorito: la búsqueda de ficción en la realidad.

Todo empezó en el 2002. En ese entonces, hablaba por teléfono fijo todos los días –religiosamente- con una compañera del colegio. Nuestras charlas se remitían a un único tema: “El chupacabra”. Una serie de casos de vacas que aparecieron muertas que, misteriosamente, le dieron de comer a la producción de Chiche Gelblung, quien instaló su figura. Decían que era una especie de reptil bípedo que tenía espinas en el dorso, y algunas teorías más conspirativas sostenían que se trataban de alienígenas, que encontraban en las vacas su alimento. Lo que más me gustaba del tema era la seriedad con la que se trataba.

Después empecé a indagar en astronomía. Algo que retomábamos, año a año, con el programa escolar de mi secundario. Mi serie favorita era Cosmos –de Carl Sagan- y la inmensidad del universo me hacía invocar mi más profunda curiosidad: ¿cuándo veremos a seres de otros planetas?

Mi primera teoría, a eso de los 14 años, era que eran invisibles y que nos custodiaban todo el tiempo. Hacía fuerza mental a ver si querían hacer contacto telepáticamente conmigo. Me acordaba de E.T. y soñaba con tener mi mejor amigo alien, en vez de unx humanx o de un perro. Para sacarme la ansiedad miraba Harry Potter, como quien quiere sexo y mira pornografía aunque sabe que eso no es real. Porque la magia con trucos no entraban en mi grilla fantasiosa.

En esas consultas que una le hace a la madre creyendo que sabe todo porque te explicó cómo ponerte un tampón, le pregunté: “¿ma, para vos existen?”. Ella me dijo que no, y que si existen, “¿por qué tienen que ser más inteligentes que nosotros?”.

Su postura me sirvió para aprender a conectarme con la gente. Lxs racionales y lxs que creen que hablar sobre esto con interés revela demencia -pero que jamás cuestionan lo aceptado- quedaron descartadxs del prime time de mi vida. Mi filtro, desde que tengo 18 años, es rodearme de personas abiertas a creer en todo. Que sin prejuicio, como yo, escuchan. O, mejor aún, que elaboran teorías, que se cuestionan los temas que nos propone el sistema, que cuentan experiencias.

Ese filtro no me ayudó para conseguir ni laburo, ni citas, ni amigxs. Pero desde el periodismo encontré mi rincón para volver a la temática. Mis profesores y profesoras repetían que los medios masivos estaban sujetos a una agenda, y que una enorme parte de la realidad queda perdida. Entendí el mensaje como quise: están hablando de Aliens.

Para un trabajo de la facultad hice una página sobre la temática. Empezó en chiste, pero me abrió un mundo. Y después galaxias, universos. Fue mi pequeño debut en el palo de Fabio Zerpa. Me empezaron a rotular como la “loca linda”.

Años después, una editora literaria me convocó para participar de un libro yanqui. Se titulaba “Meanwhile on Earth”. Titulazo. La tarea era ir a Capilla del Monte a hablar de los sucesos inexplicables de esa ciudad. Ese día fui más feliz que todas las navidades que pude haber tenido creyendo en Papá Noel.

En ese viaje me reencontré con todas las fantasías perdidas y descubrí otras. Historias de naves alienígenas que eran conducidas con sus propias mentes; de aliens en nuestro planeta e híbridos genéticos; de aliens “buenos” y aliens “malos” que venían a sacarnos minerales.

Si lo que decían no había pasado, entonces estaba ante decenas de potenciales guionistas o escritores de ciencia ficción. No me importaba comprobar su veracidad. Todo su relato cerraba, seducía. Mi mente salió de la rutina y empezó a preguntar cosas como ¿los viste? ¿cómo son? ¿por qué los esconden?

Capilla del Monte es mi Disney. Una ciudad donde sus bares no tienen prendidos los televisores, donde no se escuchan las radios tradicionales sino las locales. Un lugar lejos de lo ordinario y repetitivo que propone mi ciudad.

Con el periodismo adquirí el hábito de ver los titulares de un diario o de estar atenta al Twitter para estar al tanto de la “realidad”.  A estar ligada a esa pauta, a ese ateísmo psicoanalizado de poner todo en crisis y de creer en lo “comprobable”. Pero buscar la verdad, al final, significaba renunciar a toda la inocencia y la magia que siempre quise tener.

Fui a jugar al Agente Mulder de los X-FILES, y su personaje me quedó chico. Entre todas las teorías, mi mayor asombro no tuvo que ver con las pruebas de vidas en otros planetas, sino con otra clase de humanidad, más divertida y misteriosa.  De Capilla del Monte me volví fascinada. Pero no por otra especie, sino por la nuestra.

Maru Labat
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