Revista Palta | HINCHAR LAS PELOTAS
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HINCHAR LAS PELOTAS

Ser hincha de un equipo te hace parte de algo único. Yo no estoy comprometido políticamente con nadie, y siento que cuando juega Boca soy parte de una causa, de una millonada de personas que empujan fuerte, identificadas y unidas por dos colores. Por eso los domingos son especiales; por eso ir a La Bombonera no tiene parangón: ir a la cancha de Boca es ir al encuentro de cincuenta mil almas eufóricas que ahogan las penas gritando un gol, siguiendo un cantito masivo.

La primera vez que fui a la cancha de Boca yo tenía nueve años. Boca – Talleres.

Fue un regalo que mi abuelo Tata nos hizo a mi viejo y a mí, y cuando mi viejo me dio la noticia fue la sorpresa más grande de mi vida. Salimos el domingo tempranito, con el mate listo y una docena de facturas. Gracias a la manía de mi abuela por fotografiar todo, puedo recordar cómo íbamos vestidos. Hay una foto en la que estamos adentro del auto y yo llevo un joqui con el escudo, tengo una chomba amarilla y cara de dormido. Mi abuelo, al volante, levanta el pulgar como yo y sonríe feliz, con una de sus tantas camisas a cuadros que usaba para trabajar.

Del viaje no recuerdo nada, aunque no creo haber podido dormir con tanta ansiedad. Cuando llegamos a La Boca comimos unos choripanes y nos encontramos con la peña de Colón. Esas caras conocidas del pueblo me dejaron más tranquilo, porque todo ese circo de gente, bombos y tipos rudos era un maridaje raro que yo desconocía. Pero es tal el estado de ebullición que uno se mimetiza y se deja llevar por la masa, por un magnetismo extraordinario.

Teníamos una ubicación privilegiada en la esquina del palco más cercano a la cancha, y cuando estuve frente a frente con el césped me asusté tanto que reculé.

Volví a bajar las escaleras de la mano de mi viejo, que me llevaba a los empujoncitos. Pero él estaba mudo, nos olvidamos el uno del otro, me llevaba como por inercia: supe después, también era su primera vez en la cancha de Boca.

Éramos el primer grupo de gente que ingresaba, el estadio todavía estaba medio vacío y pudimos embobarnos con tiempo de sobra. Mi viejo gastó tres rollos de foto antes de que empezara el partido y cuando apareció el Chico Serna, que en esa época jugaba en Talleres, empezó a los saltitos, a gritarle para que se acercara. El Chicho apenas levantó una mano y a mi viejo no le dio el tamaño de la cara para tanta sonrisa. Era el domingo perfecto. Hacía muchísimo calor y mi abuelo me llevaba cada tanto a los baños a mojarme el joqui con agua para mantenerme fresco.

Ese día ganamos 3 – 1. Eran los últimos partidos de la época dorada de Bianchi y pude ver jugar a Carlitos, a Guillermo, al Pato, a Battaglia y al Flaco Schiavi apenas a diez metros de distancia. Hoy, todas leyendas de un poster que me remonta a esos años en los que mi abuelo estaba más vivo y gordo que nunca.

Lo que no me voy a olvidar jamás es el momento en que Carlitos hizo el primer gol del empate. Yo tenía una corneta chica y en vez de gritar el gol empecé a soplarla con furia, cuando recibí un pequeño sopapo en la nuca que me sacudió todo. Mi abuelo, entre el alboroto de la gente me gritó: ¡Gritá, pelotudo, gritá! con los ojos llenos de lágrimas y La 12 de fondo, que agitaba como loca bajo una lluvia de agua que los bomberos les regalaban. La cara de mi abuelo y el fondo arcoirizado de agua y sol es como un sueño real de una vida pasada y mágica. Como lejana.

Cuando volvimos, ya en mi casa de Colón, recuerdo que me hice el dormido para que mi viejo me llevara en brazos desde el auto. Mi abuelo bajó para abrirle la puerta, y en el momento de despedirse mi viejo se quebró. Se abrazaron conmigo en medio de ambos. Los tres, unidos en un abrazo; el calor de estar en el medio, en brazos de mi viejo, y el sonido de las palmaditas de mi abuelo en la espalda de él, es la imagen que mejor conservo.

Y Boca fue parte de eso, pero hay quienes creen que es sólo fútbol.

Nicolás Fernández Ramos
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