Revista Palta | ¿HIJXS DE SU PADRE?
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¿HIJXS DE SU PADRE?

Por Agustina O’Donnell.

¿Por qué mis hijas no llevan mi apellido? ¿son sólo hijas de su padre? ¿por qué ellas no cargan también con mi historia y la de mi familia? ¿por qué mi identidad no es también la suya?

Las mujeres somos quienes soportamos los nueve meses de gestación y varios más post parto, (muchas veces -en pos de eso- nos encontramos postergando nuestras carreras profesionales o artísticas), nuestro rol en la cultura patriarcal es meramente el de madres (u objetos sexuales, claro); pero, sin embargo, hasta hace muy poco el apellido de nuestrxs hijxs era, solamente, el del hombre de la familia.

El padre de mis hijas no vomitó nueve meses seguidos, ni se cayó por la calle repetidas veces por el apuro de llegar puntual a un trabajo en el que había jurado no embarazarse. No sintió el peso de una panza que crecía, ni el de la culpa una palabra ahora incumplida. Y aunque no es mi intención competir con él, a 20 años del nacimiento de mi primera hija, sobre quién de lxs dos tiene, o habría tenido, más derecho de darles su apellido; no dejo de preguntarme: ¿por qué el mío está silenciado?

Aunque separados, juntxs planificamos la mejor manera de cumplir con el mandato del “buen padre de familia” que exige el Código Civil, estándar de conducta de una Ley, redactada por hombres y poco preocupada por la cuestión de género, que nos alcanzaba por igual a lxs dos. Nuestras hijas son el resultado de ambxs, pero una versión mejorada. Lxs dos las cuidamos y al final del día heredarán nuestros patrimonios, los de lxs dos. Pero en el patriarcal sistema legal que nos rigió hasta agosto del 2015, lxs hijxs tenían que portar obligatoriamente el apellido del padre, como un reconocimiento a su labor casi divino o celestial.

En el año 1998, cuando una gestora de nombre Norma vino a la habitación del sanatorio donde parí a mis hijas a ofrecerse tomar a su cargo el trámite de inscripción de sus nombres en el Registro Civil, no mencionó como posibilidad agregar mi apellido, ni siquiera en un segundo y discreto lugar. Yo tampoco lo pregunté: el feminismo ya estaba en casa, pero no ocupaba mis prioridades.

Hoy sí. Y no quiero hacer oídos sordos a mis derechos, ni palabras mudas a mi apellido. Por suerte, mis hijas y mi ex marido piensan igual que yo y es por eso que decidieron rectificar sus partidas de nacimiento para incluir mi apellido; un trámite sencillo y relativamente económico.

Hubo un esperado e infaltable “no se puede, señora”, porque Norma en nuestro nombre había hecho una serie de renuncias que no se podían dejar atrás tan fácilmente. Hizo falta un reclamo administrativo ante el propio Registro, fundado en hechos y sobre todo en derechos, y con buen criterio apenas unos meses después, funcionarias de por medio que compartieron el mismo motivo de justicia, me avisaron que mi pedido había sido aceptado. Mis hijas y mi ex marido participaron activamente y ahora ellas llevan, orgullosas, en sus documentos, en sus pasaportes, en su documentación del colegio, en la de la facultad y en sus direcciones de mails, los apellidos de lxs dos. Es cierto que su nombre completo quedó un poco largo, pero pasó a ser un tema gracioso cada vez que tienen que llenar un formulario. Y un símbolo de nuestra militancia.

Por suerte, este tema ya no es un tema, al menos desde lo legal. El apellido del padre dejó de tener prioridad en la ley y la madre está en igualdad de condiciones para decidir qué apellido usarán sus hijxs y en qué orden, de común acuerdo, igual que eligieron su nombre. Pero para nosotrxs sí lo fue. Y lo puede ser también todas las demás personas que nacieron antes de que la ley cambiase. Lo importante: se puede revertir.

Sin dudas fue, para mí, el regalo más importante en este cumpleaños número 48; y lo quiero  compartir para que otrxs también lo conozcan y se acerquen al Registro a Civil a sumar este derecho, porque de eso se trata el feminismo, de sumar derechos que siempre debieron serlo.

Colaboración
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