Revista Palta | HERIDA FUNDACIONAL
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HERIDA FUNDACIONAL

El recuerdo más serio que tengo de la primaria es del día en que nos hicieron ver La noche de los lápices. Éramos un grupito de entre diez y quince niños, todos mudos pero con la inconsciencia de nuestro lado, siguiendo la trama para nosotros un poco violenta, buscándole el peso real a esas imágenes que, sin saberlo todavía, formaban parte de esa etapa de nuestro país en la que se agotaron los modos de profanar.

Con veintidós años, esa inconsciencia un poco ingenua se me vuelve una sensación rara: uno siente que la brecha se acorta, y esos días de represión y muerte no son menos que la herida fundacional de nuestra generación. Como una herencia, un trauma.

«Preguntenlé a sus abuelos. La gente desaparecía». Para mí fue una tarea de espionaje, una apropiación genuina. La gente desaparecía… ¿como en el género fantástico de los extraterrestres? Lo que rescaté fue poco, que había un par de Falcons verdes y que no se podía andar vagando pasadas las ocho de la noche. ¿Dónde iban esos autos? Las personas parecen no saber mucho, sobre todo en los pueblos de donde vengo, donde la cosa más o menos se disfrazaba, donde eran no más de diez milicos con un tonel de gomina y hasta «bastante tranquilos», como me dijeron una vez. Yo quiero creer que, como en un estrés postraumático, el olvido de una experiencia salvaje es involuntario, y que lo que queda, esos vagos recuerdos, acompañados de gestos despreocupados, esconden un miedo reprimido. Porque por algo hablan bajito.

Una vez encontré una foto de la navidad del ’97. Hay una mesa larga, copas con sidra hasta la mitad y platos con restos de torta. Al fondo, con su bigote sobado y embetunado como por un betún de petróleo, un hombre sonríe en la poca luz que le llega del flash. Se llamaba Osvaldo, era milico y tío abuelo mío. Lo único que sé de él es que le gustaba cagar más alto que el culo y era un hijo de puta con micropene. No sé de dónde sacó mi tía lo del micropene pero, en ese entonces, aquella información un poco fuera de contexto me dejó conforme. Hoy quisiera saber qué clase de tipo era, ¿manejaba esos autos verdes? ¿Hizo desaparecer a alguien? ¿De cuánta maldad era capaz? ¿Qué tan propio es su pasado para mí?

Con ese pequeño material supe que a cada uno le toca un pequeño papel, y todo está a la vuelta la esquina. Se me viene a la mente Faulkner, con «el pasado no muere nunca, ni siquiera es pasado», en su Réquiem for a nun, y Buenos Aires, con sus afiches con imágenes en blanco y negro de gente arrodillada en las veredas y fusiles a la altura de las costillas en manos de tipos con borcegos, haciéndome parte de un compromiso, una búsqueda de sentido: como si hubiese más fotos, ocultas tras una gigantografía de rostro bestial, y la tarea fuese rehacerse.

Aunque quiera, uno no puede hablar mucho de esos años. Por más información que tengamos al respecto, somos los que tocan de oído. Los que ven la pesadilla, pero no viven la sensación. Documentales como Trelew (disponible en Odeón) nos dan la pauta del respiro aliviado que somos capaces de dar. Gozamos de ser jóvenes y autónomos y de tener la libertad de darnos arrebatos ideológicos — aunque sean puro impulso gregario— mientras firmamos un «Macri gato» con nombre y apellido y sin reparos, y continuamos con nuestra vida comprometida y nocturna, a la espera de una próxima marcha por los derechos de las mujeres, un aumento de sueldo o una simple expresión artística.

A cuarentaiún años, por todo lo que tenemos para decir, el reverso de ese retrato autoritario me da escalofríos.

 

Nicolás Fernández Ramos
[email protected]