Revista Palta | ¿HAY AMOR EN DESIGUALDAD?
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¿HAY AMOR EN DESIGUALDAD?

Desde un afuera que todavía es territorio de hombres entra el auto del patriarca al garaje del hogar, pronto a convertirse en un matriarcado. Entra ajustado y pisando mierda, como si el espacio no le correspondiera del todo. No lo vemos, lo intuimos por sus manos al volante y su cigarrillo entre los dedos. Ostentando todo el poder que le otorga su miembro y lo convierte en el macho proveedor de la familia.

Cleo, mientras tanto, limpia la caca del perro y en el agua jabonosa sobre las baldosas se reflejan aviones. Despierta a cada uno de lxs chicxs de manera distinta. Comparte con Adela un cuartito arriba de la mansión en la que trabajan. De noche encienden velas porque se les pide que ahorren energía. Cuando habla, a veces en mixtec, a veces en español, su voz es suave, aunque suele preferir el silencio. Recuerda el olor de su pueblo cuando está cerca de la naturaleza. Interpretada por Yalitza Aparicio, Cleo es una mujer joven, de origen mixteca y pobre, que parece inocente, falta de información, pero que esconde una sabiduría enorme. Trabaja como empleada doméstica de una familia burguesa que vive en la Colonia Roma, un distrito que ya no existe. Sofía, su patrona, habla de ella como un miembro más de la familia.

¿Cuánto hay de real y cuánto de eufemismo? ¿Cuán determinados están estos vínculos por el clasismo y la desigualdad? ¿Cuánto de intimidad y cuánto de lejanía hay entre ellas? ¿Cuánto de cariño? ¿Cuánto de cinismo? En Roma, amor al revés, Alfonso Cuarón se pregunta cómo funciona el amor en desigualdad, si es que existe.

El camino que conduce a Roma es autobiográfico. Inspirado en las mujeres de su infancia, el director dedica esta carta al matriarcado que lo moldeó. Recuperó muebles de manos de familiares lejanos, reprodujo con exactitud los azulejos de la casa de su infancia, buscó actrices parecidas a quienes inspiraron los personajes. Recreó un México setentoso que ya no existe, por la falta de agua, el contexto político, los avances tecnológicos, el paso del tiempo reflejado en la arquitectura. Un barrio de casas bajas hoy repleto de edificios, un cine hoy devenido en un centro comercial. La reconstrucción de este México de los años 70, revoltoso y violento, no es un dato menor: si bien las protestas estudiantiles y la matanza llevada a cabo por el grupo paramilitar Los Halcones no toman protagonismo en la historia principal, sí funcionan como un agravante que enfatiza la crudeza de lo que viven las mujeres en las sociedades de derecha, sobre todo las de sectores más vulnerables.

El trabajo doméstico, en particular, todavía sigue siendo el más feminizado en América Latina, además de ser el peor pago y el que cuenta con mayores niveles de informalidad y violencia. La película muestra, casi a modo documental y en un blanco y negro tanto literal como metafórico, el maltrato y la invisibilización hacia quienes sostienen la vida productiva.

Roma rompe con el prejuicio de una madre única y todopoderosa, y descubre a varias mujeres asumiendo ese rol en momentos distintos. ¿Madre hay una sola? A partir de este interrogante se resignifica la idea de familia, como un rompecabezas desarmado, repleto de piezas que no solemos tener en cuenta pero sin las cuales no se termina de armar la foto.

Mientras estas figuras femeninas se vuelven visibles, los hombres que parecían ser el centro desaparecen sin dejar rastro. Lo que antes era el núcleo se desintegra. Las mujeres quedan a cargo. Unas al servicio de otras y estas al servicio de sus hijxs, todas al cuidado de sí mismas. “Siempre estamos solas” le dice Sofía a Cleo. Ella también se sabe sola, no por haber sido abandonada, sino por el simple hecho de ser mujer. Desde ahí se construye y nace un nuevo vínculo con Cleo, basado en una fuerte sororidad entre dos mujeres víctimas, cada una, de sus contextos. Ambas tienen que encontrar la manera de seguir adelante con sus vidas luego de que sus parejas las abandonen. Sofía, volverse jefa de un hogar. Cleo, continuar su embarazo y enfrentarse a una maternidad que, pareciera, se le viene encima. Y es esta unión lo que las hará fuertes en un mundo que amenaza con dejarlas afuera.

En Roma se esclarece la manera en que el patriarcado, de la mano con el capitalismo, genera víctimas y silencios; cómo el amor funciona como una excusa para mantener a las mujeres en situaciones vulnerables y de dependencia. De cómo el género, a veces, constituye una clase única que equipara a dos mujeres de realidades sociales opuestas. Y de cómo la sororidad es la vía (y la estrategia política) más efectiva para estrechar lazos y lo que, en definitiva, nos ayuda a sobrevivir a pesar de que nos quieran enemistadas. Cuarón rinde homenaje a quien fue su niñera y a todas esas mujeres luchadoras que, por encima de sus diferencias sociales, se unieron, se apoyaron y establecieron lazos fuertes: “Un retrato íntimo de las mujeres que me han criado, en reconocimiento al hecho de que el amor es un misterio que trasciende espacio, memoria y tiempo”.

Suelo preguntarme qué tenemos para decir sobre lxs de abajo los que siempre estuvimos arriba, si es que tenemos algo para contar. Cuarón, a pesar de ser un hombre blanco heterosexual criado en cuna de oro, a la hora de contar su historia elige ocupar un rol secundario y hablar de Libo, su Cleo. La mujer que lo crió junto a su madre, que se puso la familia a los hombros, que le salvó la vida y le preparó licuados; una que él dio por sentada hasta que creció, miró para atrás y redescubrió como persona: una mujer de origen indígena y clase baja en un contexto de racismo y represión.

La película entera es una confesión, un mea culpa; un golpe duro para todxs a quienes nos tocó vivir de este lado y amamos a una mujer cuyo trabajo fue criarnos. Nos enfrenta con una realidad frente a la que fuimos ciegxs: la protagonista de Roma es una mujer invisible en tanto sujeto, identificada en función de aquellos a quienes sirve, que, sin saber nadar, arriesga su vida en el mar para salvar a otrxs. ¿Quién salva a Cleo?

Terminé de ver Roma con una sonrisa y un nudo en la garganta, con ganas de abrazar a Sulmi, mi Cleo, y de preguntarle cómo viene la casa en Chaco que se está construyendo hace varios años. La que la va a alejar de mí y la va a acercar a la persona que está esperando ser hace tiempo. Con nostalgia, dolor, amor y lágrimas, Roma me corrió del egoísmo y me empujó a empujarla, a ella y a todas las Cleos, para que sus vidas dejen de estar construidas en función de salvar a lxs demás, y tengan la posibilidad de salvarse a sí mismas.

 

Manuela Martinez
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