Revista Palta | HÁGALO USTED MISMA, CAMBIE DE CANAL
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HÁGALO USTED MISMA, CAMBIE DE CANAL

De chica me encantaban los programas estilo Hágalo usted misma, en los que las mujeres decoraban tortas, cosían indumentaria o le daban forma y color a algún cartoncito que terminaba siendo un adorno para la mesa de luz o un espantoso pero pintoresco centro de mesa.

Estas señoras o señoritas, siempre con sus uñas pintadas y prolijas –porque sus manos aparecían en primera plana continuamente– sabían ser bien educadas, explicaban con tranquilidad y paciencia y repetían paso a paso al finalizar, con la lista de materiales necesarios en pantalla. Parecían haber heredado naturalmente ese don para la enseñanza, como parte del paquete de características que toda mujer como la gente trae de fábrica. De la misma fábrica que impone los roles que debe cumplir dentro del sistema.

Más tarde pasé a compartir mi admiración con personajes mujeres de las series policiales como C.S.I o Criminal Minds. Los tipos no me importaban, a pesar de ser siempre los protagonistas principales, responsables de revelar las pistas más fundamentales para cerrar los casos y tomar las decisiones más importantes; con ingenuidad compré el producto, sin llegar a reflexionar ni un poco acerca de porqué esas mujeres estaban ahí, a la sombra de los siempre líderes masculinos de las historias, detectives más que experimentados, última palabra en todo, sabios por naturaleza (tal como las chicas que cosían las camisas en Utilisima).

No pensaba en los tacos incómodos sobre los que las figuras, a propósito y especialmente femeninas en relación a los parámetros de belleza establecidos, caminaban siempre, ya fuera para inspeccionar una escena en un jardín, sacar fotografías a un cuerpo en una playa o allanar galpones en plena oscuridad. Si bien los escenarios eran incómodos, lo que importaba era complacer al público antes de que la forma de vestir tuviera coherencia con las actividades que se realizaban.

¿Cómo hacían para llevar tan bien esos pantalones ajustados? ¿Cómo podía ser que todas tuvieran tan lindo culo?  

En la adolescencia no me cuestionaba todavía qué roles cumplía cada género en la vida real, mucho menos en la ficción, ni a qué se debía esta diferenciación de género. Estaba demasiado distraída con la habilidad de Lara Croft para romperle la cabeza a quien quisiera impedir que  llegara al triángulo que busca incansablemente. El machismo se cansó de cruzarse en mi camino pero yo no lo reconocía porque estaba embobada con lo lindo que le quedaba el vestido rojo al cuerpo a la Oreiro en la intro de Muñeca brava y expectante porque llegara el momento en que, a pesar de ser pobre, bruta y sucia, pudiera conquistar al rubio de clase alta, inteligente, fino y elegante.

En esta transición entre el colegio secundario, el paso frustrado por abogacía y el ingreso a las ciencias sociales, empecé inconscientemente a observar más allá de lo que podía ver a simple vista. En el afán de querer hacer la “lectura entre líneas” de todo, me llevé la sorpresa de que ni todas las mujeres eran tan atractivas, ni tan jóvenes, ni tan femeninas, ni tan detestablemente perfectas. Y a partir de ese momento las cosas dejaron de ser tan convincentes.

Llegué tarde a la deducción superficial de que la idea era atraer seguidores a costa de una concepción machista y misógina de la mujer, en la que ésta ocupaba (y sigue ocupando) un papel secundario, del cual se podría prescindir tranquilamente pero que, claro, había que aprovechar que mientras mejor culo y tetas tuviera, mayor raiting tendría la serie. Al fin y al cabo, esa es la dinámica de la televisión y el cine mainstream.

En Stranger Things los pibes no aceptan que el grupo tenga un integrante mujer, salvo que sea linda y cautivadora, como son las pibas con las que sueñan. La excluyen, la desplazan porque es pelada y rara, no dice una palabra y es difícil precisar a primera vista si es hombre o mujer; no tardan en necesitarla, la pibita es un fenómeno en todo sentido y sin ella no pueden concretar ningún plan exitosamente.

La protagonista mujer tiene que probar ser buena para algo, destacarse, ser única, sorprender y valerse por sí misma para ser apreciada por los varones, que la consideran un obstáculo y la definen comparándola con el único punto de referencia que conocen: ellos, los hombres.

Podemos aferrarnos al feminismo como una herramienta básica en el sentido esencial de la palabra para mirar el mundo real y el de la ficción a través de una especie de lente realista que nos deje en claro que esto es en realidad un escenario delicado que lejos está de ser un juego y que las mujeres no tenemos nada que demostrar, mucho en menos teniendo como punto de partida al hombre.

Ana Carrozzo
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