Revista Palta | HACERSE SEÑORITX
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HACERSE SEÑORITX

¿Por qué?

Mi hermana de cinco pregunta por qué no puede usar un traje del hombre araña. Mi vieja responde que eso es de nenes, y por lo mismo tampoco nos deja jugar a boxear. Yo no me resigno, ahora que volví por un tiempo a vivir con mi familia, estoy ahí para evitar ese tipo de imposiciones de parte de mi madre y del resto de la parentela, y aunque no lxs culpo —lxs han criado así— me dispongo a señalarles esas monotonías a las que dan continuidad quizá sin darse cuenta: la construcción sociocultural de los consumos y conductas según el género que reproduce que las niñas cocinen, cuiden bebés, anden en patines y gusten de los nenes, mientras los pibes usan llaves inglesas y destornilladores, se visten del hombre araña y gustan de las nenas. Todo es azul o es rosado.

Hace unas semanas pensaba cómo los conceptos de natural y normal, de la cultura machista en la que nacemos, regían nuestros comportamientos: desde la heteronormatividad más sexista, cuando yo era chico, si llorisqueaba era un maricón; si usaba muchos colores y era prolijo en la escuela me comparaban con las nenas, incrédulos y sorprendidos, como si ellas tuvieran asignado el rol de la prolijidad; si sonreía demasiado para la foto ya parecía el Beto, el peluquero gay del pueblo. Hace unos días mi viejo se dio cuenta después de mucho tiempo de que mis gafas son «de diseño femenino» y me regaló unas nuevas, «de hombre». Como con vergüenza. Como enderezando algo que está chueco: ahora, si me cruzo mucho de piernas y no ando contando con cuántas mujeres estoy, mi abuela duda y dice estar abierta a «mis elecciones eróticas». Yo no estaría cumpliendo mis roles de género, y eso confunde a lxs que me rodean.

En cuestiones de consumo, veo a mi hermana y a mis primos y pienso si YouTube no rompe un poco con ese binarismo de gustos, juguetes y colores. Lxs pibxs van de un video a otro, libres de un control estricto de lxs padres y madres que deciden qué cosas comprarles y qué no. Conozco el ejemplo de un primo de cuatro de años que mira Frozen y me surge el interrogante de si el control no es más una cuestión tangible que otra cosa. Me refiero a que no es lo mismo que el pibe juegue con muñecas a que consuma dibujos animados de princesas, en un celular que controla por sí mismo. De nuevo todo es hacia afuera. Que lxs hijxs muestren un corrimiento de las normas de género, en ciertos padres y madres genera un sentimiento de marginalidad que a la gran mayoría de las familias que conozco lxs incomoda o extraña.

En ese sentido, a mí me mantuvieron en la línea de la «normalidad» —palabra vacía si las hay— evitando comprarme una novia para mi Max Steel, por las dudas, y no regalándome esa cocinita verde y rosada que le pedí como veinte veces a Papá Noel.

Cuando escucho que a mi vieja le comentan que mi hermana es una señorita porque se cruza de piernas y no habla, a mí me jode. El concepto, el arquetipo. Me jode que ella quiera un skate y le regalen patines. Pero sigo sin culparlxs, son parte de una cultura y una sociedad que lxs hizo señoritxs.

Mientras tanto yo estoy ahí. Estoy ahí cuando mi vieja amaga a cambiar de canal cuando en Las Estrellas se chapan dos minas. Estoy ahí cuando a Lara no la dejan vestirse del hombre araña. Estoy ahí cuando quiere ponerse los guantes y cagarse un rato a palos. Estoy ahí porque pienso que hago bien. Ya no quiero quedarme en el molde.

Nicolás Fernández Ramos
Nicolás Fernández Ramos
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