Revista Palta | HACERSE LA PELÍCULA
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HACERSE LA PELÍCULA

A veces, una picazón del lado izquierdo del pecho puede ser un cáncer precoz y repentino que se expande por el corazón y me hace replantear la vida y el tiempo que me queda. Llevarme el pan a la boca y darme cuenta de que no me lavé las manos después de un día manoseando picaportes y cosas públicas, y pensar que el contagio por algo ajeno ya es inminente; que esas bacterias que se mantienen calentitas en los caños del subte ya están buscando un hueco en mi organismo; que pronto me voy a enfermar. Porque ser un hipocondríaco es eso, tener el talento único para imaginarse los modos más lentos y rebuscados de morir. Un dolor nunca es un dolor a secas: es el comienzo de algo.

Sólo sé que antes era más incontrolable. Jugar al fútbol implicaba que la sangre corriera a los golpes y yo me frenara cada tanto para tomarme el pulso disimuladamente, porque mis amigos ya sabían que yo era «un exagerado». Para no asustarme, salía a trotar media hora antes de jugar y así evitaba que mi corazón, antes en estado de quietud, no sufriera el sacudón de la primera corrida y «me diera algo». Algo que ni yo sabía qué, pero me angustiaba.

Supongo que toqué fondo cuando le corté el teléfono a mi viejo porque él había estornudado del otro lado de la línea. (Cuando volvió a llamarme le dije que se había cortado, pero yo seguía con esa sensación de asco y contagio).

Ayer volví a Capital después de unos días en Entre Ríos y puse a hacer café. Mientras tanto, vi que mi taza de siempre estaba afuera, sobre la mesada, cuando yo estaba convencido de que antes de irme la había dejado en la alacena: esta es la primera etapa de extrañamiento, seguido de una gran duda que empieza a crecer sin una idea exacta de nada. Es cuando empezás a hacerte la película.

Cuando el café estuvo listo, lo eché en la taza. Pero sobre la superficie del café se dibujaban pequeñas e interrumpidas líneas tornasoladas, como de una sustancia ajena al propio café; como esos dibujos multicolores sobre la superficie de un charco de agua que se mezcla con restos de algo graso. Un detalle que, llevado a las dimensiones de mi pequeña taza blanca, y a ojos de cualquiera, pasaban desapercibidos. Para mí, esas manchas eran una especie de resto dérmico que mi tío, masajista, había dejado dentro de la taza sin querer taza que habría usado cuando yo no estaba por el contacto de sus manos con los cuerpos que masajea. Pensé que si lo tomaba podía contagiarme de algo que desconocía de alguien cualquiera. Algo que, por el azar del mundo, habría terminado dentro de mi taza, en mi café, en mi organismo, y me hubiera enfermado.

No me gusta tildarme de hipocondríaco. Sé que hay gente que la pasa mal en serio, y que se enferma por ello, pero no encuentro otro nombre para clasificar ese miedo. Tomarse el café es la única forma que uno tiene, no de «curarse», sino de sacarse el hábito, la paranoia. Lo tomé.

También me di cuenta de que mi abuela y mis tías siempre fueron dramáticas con las enfermedades, y les echo un poco la culpa. Es un miedo heredado, algo de lo que trato de despojarme: para ellas, un simple resfrío era el inicio de una fiebre abrumadora, llena de alucinaciones y espasmos nocturnos; una tos casual, la razón para hacer reposo y quedarse adentro. Cientos de brebajes. Miles de precauciones.

Cuando vuelvo a mi casa en Colón, me la paso quejándome sólo para que mi vieja, con sus formas tan relajadas, me deje tranquilo; para que me responda torciendo la boca y alzando los hombros. Será por el viaje. A lo mejor dormiste mal. Puede ser muscular. Y cuando insisto se me ríe. Y yo me relajo.

 

Nicolás Fernández Ramos
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