Revista Palta | GAJES DEL OFICIO
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GAJES DEL OFICIO

Sabía que la recompensa económica era a cambio de un esfuerzo rotundo, y eso quedó claro apenas empecé a cursar: es un ambiente competitivo, el derecho de piso vale triple y el laburo no se consigue fácil. Yo estaba dispuesta a hacer ese sacrificio y proyectaba mi futuro de periodista como un oficio dinámico que me permitiera vivir de comprender y cuestionar al mundo que habito. Hacer de mi espíritu conspirativo una actividad remunerada y convertir mi curiosidad en un talento.

En TEA -escuela de periodismo eminentemente técnica- aprendí a llamar fuentes a lxs especialisas, a hablar del lugar del hecho y a buscar los testimonios de la gente. A las palabras contactos y agenda las comencé a figurar en signo pesos y entendí que iba a tener que laburar de otras cosas mientras esperaba mi turno. Pero por suerte y por desgracia me tocó entrenar mi forma de comunicar el mundo con un panorama en mutación.

En Argentina se comenzaba a debatir la nueva Ley de Medios Audiovisuales, y nuestro apoyo como escuela para descentralizar el poder mediático del Grupo Clarín agravó el panorama de la inserción laboral. Los convenios de pasantías disminuyeron abruptamente y, mientras nos preparábamos para encarar una disposición mediática con más voces, el periodismo se dividió entre empleadxs y entusiastas. Por otro lado, la globalización se había afianzado con la expansión de redes sociales y Twitter copó la parada para arrogarse algo de nuestra tarea y ofrecer una plataforma de primicias. Los 140 caracteres le hicieron el primer jaque mate a mi sueño de ser Luisa Lane.

Mi alfabetización digital se limitó a una materia cuatrimestral en el último año y, para cuando me gradué, las nuevas formas de informarse seguían en desarrollo: Bloggers, Twitstars y YouTubers se imponían sin timidez para esquivar ese agujero negro al que había sido arrojado mi oficio.

Cuando me gané mi primer lugar en el medio y empecé a trabajar en Revista Pronto, ejercité lo que antes había practicado en ligas menores. Aprendí mucho y conocí personas de mi misma especie; disfrutaba hacer entrevistas, escribir perfiles y participar de eventos. Pero de a poco me fui volviendo esclava de una parte de la realidad que no me representaba.

Las guardias periodísticas por separaciones, infidelidades, velorios o enfermedades no me hacían bien. Llamados a cualquier hora y día de la semana para ir a una locación con un fotógrafo y estar parada, horas, esperando una declaración que destiñera amarillo. Una despersonalización que no era exclusiva del espectáculo y se trasladaba a todos los rubros: lo que importaba era lo que vendía. “No te quejes, tenés laburo” me repetían mis colegas, y asumí que aunque no estuviera trabajando en Página 12 tenía un lugar importante en ese universo de firmas y cierres hasta la madrugada.

Mi vida social era más fácil, mis papás estaban orgullosos y mi oficio tenía un salario. Pero me había alejado de esos sueños de debutante que tenía cuando, de más jovencita, había decidido jugar a la justiciera.

Irme de esa redacción fue un salto en caída libre.

Al principio reemplacé las guardias en la calle por guardias televisivas en mi casa, y la sala de redacción se convirtió en mi laptop. El periodismo web con el que empecé a subsistir me hizo comprender que la dinámica del click privilegiaba aún más lo inmediato y espectacular de lo noticiable; que el mundo del freelancer es tan solitario como incierto, y que su rendimiento se mide en Google Analytics.

Hoy ya van dos años que no vivo del periodismo. Hay más búsquedas de community managers que de cronistas, y el salvajismo y la falta de dignidad profesional me hicieron sentir que el oficio me dejó tirada en el camino.

No se ven mis firmas en medios masivos ni me pagan por pensar como periodista, pero sigo amando y ejerciendo aquella forma de transmitir lo que veo. Estoy convencida que el periodismo te da un sentido de responsabilidad y un ojo crítico frente a todo lo que te rodea, hasta en pequeños detalles de la vida cotidiana, que hacen imposible salirse de él.  

Después de enojarme por quedar desvinculada económicamente de esta actividad, participé de la creación de este espacio: Palta. Me costó decirle “Revista” y que las notas no tuvieran una cabeza informativa o que los textos estuvieran escritos en primera persona. ¿Esto es periodismo? ¿Por qué no?, me pregunté. Comprobé que la gente busca identificación y no una verdad, y que la mía no se puede disociar de los asuntos de mi vida privada; que la virtualidad de las redes sociales se puede resignificar con relatos sinceros y que para las primicias está Twitter y hay que aprender a usarlo.

Con menos amargura puedo decir que el periodismo que me gusta y que me brota de los poros es el que se ejerce en las penumbras. Que las noticias que me importan no tienen que ver, necesariamente, con la agenda mediática, y que Rodolfo Walsh trabajaba de mozo mientras escribía Operación Masacre. Que la mayoría de lxs periodistas “mainstream” son mejores publicistas y buenxs actorxs que otra cosa. Que mi espíritu curioso es mi clave para comprender al mundo y no el acceso a una caja de ahorro en pesos.

Hoy en Argentina se festeja el Día de las y los periodistas. Se que a muchas redacciones les van a llegar regalos, y estoy convencida de que los más elegantes van a estar destinados a lxs mercenarixs de buen porte y vocabulario que hoy ofician de patrones de la opinión pública.

Yo voy a pasarlo en el sector de Marketing de la PYME en la que laburo. No creo que me feliciten y ya no me importa que eso suceda. No pierdo cuidado porque hoy mi esperanza es que nos encuentren a lxs que pensamos que las noticias más vistas no son las que interpelan ni transforman.

Hoy celebro mi día de la periodista con todxs lxs caídos en combate y nos repito a pura fe: nunca nos fuimos.

Maru Labat
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