Revista Palta | FEINMANN, LA NENA PIENSA
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FEINMANN, LA NENA PIENSA

Era el año 2010, y todo el mundo opinaba sobre mi futura educación. Desde muy chica siempre había ido a colegios privados pero con respecto al secundario mi mamá eligió una escuela pública. Digo eligió porque eran esos tiempos en los que todavía no tenía ganas de tomar decisiones sobre mi vida. La gente le decía “¿Estás segura? ¿Mandarla a un colegio tan politizado? No me parece”.

Hay algo en la palabra “política” que a muchos asusta. Mis maestras estaban indignadas. Llegaron a citar a mi mamá para tener una reunión, en la cual mi colegio proponía recomendarme para aplicar a una beca en algún privado. Nunca supe si tomar la propuesta como un halago o no. No se estaba poniendo en tela de juicio mi inteligencia, se estaba hablando mal sobre la educación pública. Por suerte mi mamá fue clara. “Muchas gracias, pero no. Paloma va a rendir el ingreso al Pellegrini, y va a entrar”.

Quizás uno de los días más lindos de mi vida fue cuando leí mi nombre en ese papel. Lloré al saber que oficialmente, estaba adentro. Lo que después pasó no estaba en mis planes. Quizás académicamente no era lo que esperaba. Pero que aprendí, aprendí.

Me acuerdo bien del primer día de clases. Alguien tocó la puerta del aula, pidió permiso a la profesora y avisó: “Próximo módulo, hay asamblea en el patio”. Todos bajamos, sin saber bien qué era una asamblea. Estaba el patio lleno de gente, algunos sentados y otros parados. Una fila de personas al frente sostenía un micrófono y preparaban todo como para dar un discurso. Pasaron los minutos y muchos hablaron. No entendí casi nada de lo que dijeron, pero me gustó igual.

Así meses. Marchas, elecciones de presidente del centro de estudiantes, jornadas de debate, reuniones de delegados, y más. Había algo de éste mundillo que comenzaba a interesarme. De a poco trate de entender cada vez un poco más. Hasta que un día decidí ser parte.

Lo interesante de los centros de estudiantes va más allá de tomar un partido político o no, se puede entender a la política en otros términos. La mayoría de las veces relacionamos a la misma con una ideología en concreto, o con estar a favor o en contra de alguien o algo. Es parte, claro, pero hay más. Hay mucho más. Aprendí rápido que ir al supermercado, es hacer política. Ver tele y escuchar radio, es hacer política. Vivir en sociedad, es hacer política. ¿Cómo nadie nos explica eso? ¿Quién fue el que consideró que enseñar un segundo idioma es más importante que enseñarle a una persona a ser un sujeto crítico?

Me encontré con un concepto que no solo me deslumbró, sino que también cambió mi manera de ver el mundo. Empecé a militar con una agrupación nacida en el seno del centro de estudiantes. Debatíamos acerca de cosas que pasaban en el colegio pero también sobre el día a día de mi país. Nos informábamos y tomábamos un posicionamiento sobre varios temas. Compartíamos nuestras reflexiones. Aprendí sobre historia Argentina y sobre todo lo que mis profesores de la primaria eligieron no decir. Yo soñaba con cambiar las cosas que sentía estaban mal. Sigo soñando con eso. El último año mi agrupación ganó el centro de estudiantes.

Fue otra de las sensaciones más lindas de mi vida. ¿Por qué? ¿Qué estamos haciendo? ¿Vamos a poder? Mil preguntas. ¡Ey! La presidenta que postulamos tiene 15 años, es una locura. ¿Qué locura? La sociedad juzga por demás a la juventud. Sin ir más lejos tuvimos que luchar mucho para que se sancionara una ley que nos permitiera votar. Porque somos y seremos capaces de hacerlo. El que quiera, va a poder. Y el que no quiera, ya tendrá tiempo para hacerlo por mera obligación. Pero yo confié, tenía 17 años y estaba segura de a quién votar, por qué, y lo argumentaba sin que me temblara el pulso.

Durante mis años de secundario vi darse muchas luchas. Una tras otra. Ninguna se desgastó, todas de alguna forma se ganaron. Tuve que explicar mil veces a mi familia y conocidos por qué tomábamos el colegio. Tuve que escuchar a señoras que pasaban por la puerta y nos mandaban a estudiar. Quédese tranquila señora, estoy aprendiendo. Tuve que escuchar a Eduardo Feinmann basurearnos y decirnos “nenes” de manera despectiva. Quizás éramos nenes, pero nosotros reíamos. Porque en el fondo, y no tan en el fondo, siempre supimos qué hacíamos.

Paloma De La Jara
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