Revista Palta | FAIR ES JUSTO
2026
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FAIR ES JUSTO

Compartimos un fragmento del libro Un beso perdurable,  de Gabriela Bejerman,  editado por Rosa Iceberg.

 

Fair

Una vez me saqué un “fair” en inglés. Llegué a casa llorando, mortificada, como ofendida con el universo. ¿Cómo era posible? ¡Siempre me iba muy bien! En el ejercicio había que distinguir his de he’s, completar los espacios vacíos con esas palabras homófonas. Nunca me lo olvidé. Ese fair era algo de qué avergonzarme, una parte no pulida de mi cerebro, una mancha en mi reputación.

Mamá me consoló, minimizó la cosa, no sé bien qué dijo, que no era para tanto, o que era algo de lo que podía aprender. Qué era his, qué era he’s. Y sobre todo, que no es un error terrible equivocarse: es parte de aprender y vivir.

 

Picasso

Mi hermana, dos años más chica que yo, volvió de la escuela contando que le habían mostrado algo de Picasso. ¿Picasso? Sí, ¿no conocés a Picasso?, dijeron las dos a coro con caras de brujas complotadas en mi recuerdo. No, ¿quién es Picasso? Yo debería saberlo y no lo sé. Ellas dos lo saben y yo no, y se burlan de mi ignorancia. Entonces, enterarme de que Picasso es un pintor famoso no es una nueva información para mi caudal de conocimiento, es sólo la marca de una falta, de una falla, de algo que no debería ser así y que ya nunca podrá reponerse. Porque si no es Picasso es otra cosa, un autor al que no leí, un texto que no entendí, un disco que no escuché, una obra que  no vi, un evento al que no fui, una nueva onda de la que no me enteré.

Estoy en falta.

 

La otra noche te esperé bajo la lluvia mil horas

Una fiesta en el garaje de un edificio. Hace calor, tenemos once años y bailamos descubriendo el universo preadolescente de los ochenta en la calle Olleros. Pero de pronto… ¡todos están cantando esta canción! La otra noche te esperé bajo la lluvia dos horas, mil horas, como un perro, ah ah ah. Y cuando llegaste me miraste y me dijiste: loco, estás mojado, ya no te quiero, ah ah ah. Todos la conocen, todos la cantan, todos tienen una complicidad de la que estoy excluida. ¿Cómo nadie me hizo escuchar esta canción antes? ¿Por qué papá sólo pone Vivaldi, Mozart, Beethoven o a lo sumo los Beatles? Vuelvo a casa avergonzada de mí y de mi familia, que podría haberme abierto las puertas del rock nacional a tiempo, antes de quedar afuera. Afuera del baile, de la fiesta, de mi generación y de cualquier sensación de pertenencia y validación grupal. No conozco una canción: no existo.

 

Te estás tocando sin darte cuenta

Ok, va pasando el tiempo. Trece años, la peor edad. Lo único que quiero en la vida es tener novio. Mis fantasías de infancia son bailar en una discoteca con luces de colores abrazada a un chico. Pero llega la adolescencia y nadie gusta de mí. En cambio, yo tengo listas espumosas de nombres de varones que me gustan. Es más, el grado entero menos un par de horribles intragables es la lista de los chicos que me gustan. Yo no estoy en la lista de nadie.

Esta noche estamos de fiesta en un departamento con las luces apagadas y un balcón abierto. ¡Parece que Adrián Castro Ramírez gusta de mí! Quizá me proponga ser su novia, para que no hablemos por una semana y luego la relación termine. Eso es un noviazgo a los trece a fines de los ochenta en un colegio cheto de Belgrano. Él está sentado cerca, pero no tanto. Me puse los pantalones ajustados de moda y la camisola bien amplia, quizá de mamá. Me abstraigo y fantaseo con el romance en puerta. ¿Será realmente que gusta de mí? ¿Cómo será cuando se me tire?

Al rato una compañera de curso me susurra, alarmada o alarmista: tenías tu mano entre las piernas, abiertas, ¿no te diste cuenta? Todo el mundo pensó que te estabas tocando.

Qué espanto, qué horror, qué vergüenza. Y sobre todo, qué lástima. Qué lástima que, adentro o afuera de la fiesta, no se me ocurrió tocarme a mí misma, en vez de esperar que el príncipe azul me pida matrimonio o me saque a bailar o me dé el primer beso.

 

Seseo

Me gustaba mucho hacer teatro. Participé de los grupos extracurriculares que la escuela ofreció en segundo, cuarto y quinto. Me sentía especial, una chica que de un día para otro podría protagonizar el nuevo Pelito o saltar directamente a Hollywood por un golpe de suerte y paladas de talento natural.

Cuando charlamos con el profe progre copado de barba hacia fin de año (quinto) y yo comenté que quizá me anotaba en el conservatorio, él, con muchísimo tacto, dijo que me convenía ir a una fonoaudióloga para solucionar un temita de pronunciación.

¿Yo seseaba? ¿18 años de vida seseando? ¿Todo este tiempo había seseado y nadie me lo había dicho? ¿Todos se habían dado cuenta menos yo? Entonces no valía nada que me hubiera aprendido de memoria el monólogo entero de Fuenteovejuna, tan difícil. Ni valían mis hermosas actuaciones en las obritas de fin de año en inglés -para demostrar a los padres lo bien que aprendíamos el idioma-. Todo era en vano. Claro, yo era un fracaso, lo que siempre había temido, y no había para ello solución. Jamás volvería a ofrecer mi voz y mi pronunciación al juicio ajeno. Prefería caer en el olvido, en el silencio, antes que en la ignominia.

 

Flores para no agradar

No sé cómo se llaman, pero mi psicóloga me dio flores de Bach que sirven para contrarrestar el apremio de agradar a los demás. Por ejemplo: responder demasiado rápido. Responder demasiado rápido que sí. Y sonreír con un revoltijo en la garganta, segura de que la que está en falta soy yo.

Escribí estas viñetas sobre las piedras fundamentales de mi inseguridad haciéndome la graciosa para asegurarme una sonrisa de reconocimiento, una palmada de aliento, una legítima aprobación.

Aunque para mí fue una desaprobación rotunda, aquel ejercicio de inglés lo pasé raspando. Porque fair significa justo. Es justo equivocarse. Injusto es sentirme siempre en falta. Tengo derecho de gozarme a mí misma sin mirarme en un espejo ajeno. It’s fair.

Qué alivio. Me doy gracias.

 

Por Gabriela Bejerman.

Colaboración
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