Revista Palta | ESTE (NO) ES EL SHOW
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ESTE (NO) ES EL SHOW

“Esperemos los tiempos de la justicia”. Así se defiende el acusado de violación, abuso y acoso en su cuenta de twitter. Ostentando la impunidad que lo acompañó, al menos hasta ahora. Probablemente asesorado por quien quiere tener como abogado defensor, el mediático Fernando Burlando, arrobado en el mismo tuit mientras le agradece por escucharlo. El acusado elige las redes sociales, ahora arrasadas por una nueva ola de contención y un grito colectivo que se sintetiza en el hashtag #MiráCómoNosPonemos, haciendo alusión a la frase de cabecera de Darthés para mostrar sus erecciones. No le teme a las consecuencias de su provocación y esto no es novedad: lo hemos visto pasear por distintos estudios de televisión, protagonizar tiras juveniles y acompañar spots contra las violencias de género con al menos tres denuncias públicas a cuestas. Él se sigue apoyando en el patrocinio gratuito que la cultura patriarcal y el pacto de masculinidades le ofrece, todavía, a los violentos. Pero este sistema está en tensión y, con la fuerza de los lazos humanos, sus brazos ejecutores ya no parecen imbatibles.

No sé ni qué hacer con eso que llaman justicia. ¿Pedirla? ¿De qué forma? ¿El mundo justo que sueño es determinado por señores rancios y un sistema punitivo en crisis? Me pregunto si la condena más efectiva es enviar a todos a la cárcel o si lograr, a través de estas condenas públicas a varones con poder, el impacto real de las reflexiones a las que llamamos de manera constante. Me pregunto de qué forma puedo pensar en justicia si son los mismos jueces quienes apelan a argumentos sexistas y misóginos para exculpar a tres acusados en una causa de violencia de género y femicidio.

Pienso que, en toda la pasarela de sujetos mediáticos o mediatizables que fueron acusados, el real valor de sus perfiles es la posibilidad de llamar a un análisis que quienes construyen el sentido no aprovechan. No lo hacen: se quedan en la cultura del meme, de la tendencia, del tratamiento superficial de problemáticas estructurales que, se ve, no viven o deciden encubrir. Porque el poder es, todavía, masculino.

Basta.

Quiero poder salir del discurso de víctima y actuar sin obstáculos que me recuerden, constantemente, todas las injusticias que transito por mi carga de género y portación de vagina. Quiero sacarme de la cabeza todas las imágenes, los dichos y las sensaciones físicas que me traumaron y que circulan por mi cabeza, a veces con más fuerza que otras. Quiero que alguien me respire fuerte en la oreja y que eso para mí no signifique nada más que amor. Quiero que algunas caricias pierdan la memoria.

Parecería ser que el reclamo no se escucha ni se legitima si no es con detalles explícitos, con “imágenes fuertes”, con una invasión excesiva en la intimidad de quien denuncia, con una numerosa cantidad de mujeres con influencia pública acompañando un reclamo contundente que ya es mucho más que el pedido de una sentencia. La denuncia de Thelma, acompañada y sostenida por el colectivo de actrices, fue la voz, el grito, de muchas mujeres que seguimos esperando -ante todo- el efecto concreto de la conciencia que tantxs alzan, con inmediatez, en sus redes sociales, estudios de televisión y programas de radio. Callen un rato, piensen y conversen. Si Thelma no exponía en un video la violación, ese tipo seguía con laburo, y las tres mujeres que lo habían denunciado anteriormente, seguían catalogadas como complicadas, busca prensa, locas, histéricas.

Ayer cuando miraba el video que tanto eco hacen los medios masivos de comunicación -cómplices y artífices de las mismas violencias por las que ahora fingen sorpresa- sentí un dolor enorme. No por el relato en sí, porque quienes escuchamos a las mujeres y atendemos este tipo de problemáticas hemos perdido, tristemente, la capacidad de asombro. Sentí dolor porque, una vez más, el amarillismo triunfa. Y los mismos espacios que ofician de cómplices de la maquinaria explosiva que nos oprime y nos silencia, son quienes tienen la tarea de conducir un relato que no pueden matizar más allá de las figuras implicadas. Porque probablemente en una semana este tema quede en el olvido y surja otra tendencia que primerée el mercado de las noticias.

¿Para poner en crisis el sentido común los medios necesitan mujeres en bolsas de basura? ¿Víctimas exponiendo, con cada detalle, cómo un señor -que los mismos medios y productores protegen y emplean- las abusó, violó, acosó? ¿Debemos acudir a los casos más extremos de violencia para llamar a sus conciencias? ¿A qué humanidad le están comunicando si para generar empatía hay que llegar a esto?

Justicia es que los formadores de opinión pública hoy se guarden en su propia ignorancia, se asuman impertinentes para estos temas y rompan con la lógica mercenaria con la que tratan cada noticia. Justicia es que dejen de forrearnos y que entiendan la importancia de encarar un tratamiento responsable de problemática sociales urgentes. Justicia es que los medios se diversifiquen.

Porque mientras se babean con “Superclásicos”, incitan a la violencia y le dan cámara y trabajo a acusados de violencia de género, se pierden la poderosa chance de hacerse cargo y acompañar la batalla cultural que estamos haciendo las mujeres. Porque lo que ustedes discuten cada tanto en un panel de especialistas faranduleros se replica en toda la sociedad, todos los días. Y quedamos refugiadas entre nosotras, en medios alternativos que nos tienen en cuenta, en análisis que tenemos que salir a buscar por fuera de la agenda mediática y cultural.

Esto no es un problema exclusivo de la Argentina: en los principales medios de Nicaragua el relato de Thelma fue empañado por la exclusiva de Darthes negando lo ocurrido y su cara es la que ocupa la mayoría de las portadas de los diarios de mayor tirada del país.

Ya no basta con la personificación. Cada rostro, nombre y apellido, somos todxs. Los pibes chetos, los actores, los hombres de familia, tu mejor amigo, tu viejo, tu hermano, tu ídolo, tu político preferido. Todos. Muchos de ellos también violan, abusan, acosan y ejercen la violencia contra mujeres y feminidades. La tarea, de mínima, es dejar de encubrirlos con su silencio. Porque, mientras se mira para otro lado con el resto de los eventos noticiables, las pibas, trans, travestis, en distintos órdenes, no tenemos alternativa a aprender a convivir con la violencia.

Nosotras nos tenemos. Y deseo, cada vez con menos esperanza, obtener los espacios que nos han sido históricamente negados. Arrebatar la dinámica del click y del rating que define la agenda mediática, y convertir la perspectiva de género en un tratamiento transversal. Entender el valor de una denuncia y no abandonar la autocrítica cuando el tema de turno sea reemplazado. Quizás no habría que hablar de temas del momento, sino abordar todas las temáticas con una perspectiva de derechos. Y en esa perspectiva dejar de culpabilizar a las mujeres. ¿No se les ocurrió? Quizás no es negocio.

Las actrices denunciaron que el 66% de las intérpretes vivieron al menos una situación de abuso en sus lugares de trabajo. Hicieron de sus roles de figuras públicas una apuesta noble: levantaron la voz de un reclamo que nos afecta a todas. Y lo más importante es que lo hicieron juntas. Rompieron con la noción patriarcal y machista que nos enfrenta y que nos pone a competir por los espacios reducidos que tenemos las mujeres en el mundo de hombres. Un jaque mate a la lógica. Un paso contundente a romper con los roles, a pasar el miedo a la vereda de enfrente y una invitación para repensar las esferas de poder y los pactos de masculinidades, desde un pensamiento crítico. Con una denuncia que fue un manifiesto político en sí misma.

Ojalá no se queden con el show y entiendan que lo que mide hoy es la revisión profunda de sus prácticas.

Maru Labat
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