Revista Palta | ESTAR [email protected] EN LA VIDA (O LLEVARSE LA VIDA PUESTA)
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ESTAR [email protected] EN LA VIDA (O LLEVARSE LA VIDA PUESTA)

Si algo aprendí de los momentos en que milité o trabajé con grupos grandes de personas durante mucho tiempo y horas seguidas es que necesito bajar para encontrarme y saber quien soy una o dos veces por día. En el fervor de mi momento de mayor compromiso con los grupos militantes siempre me pasó algo extraño relacionado a la pérdida de identidad. Tengo recuerdos muy claros de estar hablando con un grupo de gente y no saber exactamente bien qué es lo que estaba pensando, cuáles eran mis deseos y cómo es que yo había llegado hasta ahí. A veces me siento una esponja en el sentido de que es como si se me pegaran las emociones ajenas, las ganas ajenas, hasta los recuerdos ajenos. Siempre necesito hacer un ejercicio muy grande de depuración en soledad cuando estoy pasando tiempo con gente porque mis fronteras individuales se vuelven muy porosas.

En Arturo atraviesa el bosque, algunos compañeros de trabajo se encuentran en los recreos de las tomas del set de filmación de un joven director de cine experimental que baila con las grabaciones de los audios de su película. Arturo, uno de sus actores, dice, repite, y contagia como un mantra: “Yo me siento puesto en la vida”, una de esas frases que escuchas y se te graban a fuego porque revelan una verdad sutil y luminosa.

Hay una propuesta relacionada a la palabra “contagio”, algo que me llevó por alguna razón a pensar en los campamentos de la escuela, en las “convivencias escolares”, en esos días raros en los que te vas al campo con tus amigos, perdés señal en el celular y sabes que “pasan cosas” que solo pueden suceder dentro de esa lógica de quien pasa muchas horas con un grupo en un territorio de soledad.

Hubo una vez en la que me fui a hacer una pasantía en Rosario con mis compañeros militantes en la que sufrí mucho y, en el momento no sabía por qué, pero ahora con la distancia y el agua que pasa abajo del puente, sé que sufría por no entender dónde empezaba yo y dónde terminaban los demás, me sentía perdida. Por ese entonces, todavía no había desarrollado mis herramientas de defensa al mejor estilo Expecto Patronum.

De Arturo (…) me llamó la atención que hay como un sentido de lo lírico, sobre todo en la enunciación de las palabras. Como si los diálogos flotaran etéreamente sobre los cuerpos, como ideas independientes que pueden salir de la boca de cualquiera de los personajes, que están contagiados por la “epidemia de lo grupal”. Como cuando se generan jergas o palabras específicas en un grupo que convive durante mucho tiempo y empezás a pensar que aquello que los diferenciaba de cierta “individualidad” es sobre todo, borroso.

Por eso, en un momento dado Arturo se siente un vehículo de emociones. Él plantea casi como en un reclamo que no es nadie y es todos a la vez. Los gestos, las frases y hasta la ropa que da individualidad a los personajes va pasando de “mano en mano” hasta ya no saber quién fue el primero en decir algo. Algo así como en una microsociedad. En la penumbra del bosque, en el encuentro de la noche entre las mismas personas, viéndose las caras durante muchas horas, hay algo muy tribal y salvaje relacionado a la pérdida de identidad. ¿Qué me hace distinta a un otro y no simplemente su espejo?

Arturo y los personajes que giran alrededor de él como lo hacen los planetas alrededor del sol en una galaxia, se simbiotizan entre sí como lo hacen los colores de los árboles en las penumbras. Arturo da forma a sus sentimientos con su cuerpo y sus deseos. Desde el poliamor hasta la pérdida de identidad en los otros, Arturo atraviesa el bosque recorre por completo eso a lo que, quizás, más le temo: la ambigüedad, la no-forma, los sentimientos que la racionalidad no alcanza, la apertura al encuentro del otro, el sentirte parte de todos y de nadie a la vez.

Julieta Blanco
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