Revista Palta | ESOS RAROS VÍNCULOS NUEVOS
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ESOS RAROS VÍNCULOS NUEVOS

Nuestros chats son aleatorios y eso a veces me confunde. En algún momento aparecen esas dos rayitas azules, el escribiendo y, después, nada. La falta de respuesta y el vacío. Hago lugar a la autocrítica: no me gusta que las cosas no sean claras, tampoco quedarme esperando.

Nos escribimos, nos vemos, garchamos. Nos reímos, compartimos ideales políticos, hablamos de feminismos. La militancia en común tiene su seducción. Pasan así unos meses, hasta que por una semana no hablamos y días después nos volvemos a encontrar. La secuencia se repite: conversamos, leemos, cocinamos, nos ponemos al día. Así, en distintos contextos, eventos, con y sin amigxs.

Me acuerdo que en El puñal de tu visto Luciana Peker que dice que “el placer, tal vez, nunca estuvo tan fácilmente al alcance de las manos. Y nunca se esfumó tan descortésmente como si el mismo placer no fuera una contradicción con el olvido”. Y yo no sé si me sentí propiamente descuidada porque me clavaran el visto pero mentiría si dijera que no me generó dudas, preguntas, bronca.

—Te buscan, Ana Laura.
—¿Quién es?
— La incertidumbre.

Mi sensación es que mientras hoy por hoy el paradigma de las relaciones estáticas empieza a caer, el límite entre lo afectivo y lo sexual se nubla, se vuelve difuso, como en cualquier transición. Los vínculos modernos podrán ser abiertos, relajados, no estructurados, exclusivos, inclusivos, libres -suponiendo que esta categoría sea posible-. Pero, a fin de cuentas, al intentar otras formas, termino censurándome al momento de hacer ciertas preguntas por creer que así le doy calidad de planteos y eso muestra una versión mía menos espontánea y más vigilante.

Me identifico con algo más que dice Luciana Peker, en este caso en su último libro Putita golosa en donde, después de dar ejemplos de la intimidad compartida con otrx, da a entender que no importa cuánta confianza se haya construido, en el plano virtual de las cosas parece que es posible “de repente no deberse nada, ni el respeto de estar del otro lado de la línea”.

Dejo pasar los días. No es que algo pase sino que la fluidez se perdió; una sensación extraña flota invisible, pero se ve. Siempre se ve. Y a partir de ese momento ya estoy jugada: esa duda es ahora un antecedente tácito. El fantasma de la reclamera me visita y eso que parece estar tan claro se vuelve incierto con una efectividad envidiable. ¿No es raro que no hayamos hablado en tres días? ¿por qué esta vez no me respondió la historia de Instagram? ¿le pregunto si pasa algo? ¿y si le da lo mismo?

El cambio en la dinámica de las relaciones sexoafectivas hoy en día y -como consecuencia- en mi vida, me deja ver que tengo una habilidad bárbara para empecinarme en buscarle el sentido a lógicas que desconozco, que se hacen al menos de a dos y que por ende son sumamente relativas. Como si tuviera el vicio de leer entre líneas cada situación en cuanto algo me hace ruido con el afán de decodificarlo todo.

En el día a día la comunicación se dispersa, se desdibuja. Le atribuyo la responsabilidad a la cantidad de suposiciones que significa vincularse virtualmente. ¿Será que tres cuadras de mensajes de WhatsApp no son proporcionales al afecto, a la confianza, al interés? ¿Cómo hacemos para medir el cariño, la reciprocidad, incluso el amor en la realidad digital? ¿Es mesurable? Y si lo es, ¿no son nuestros criterios demasiado subjetivos?

Las charlas y el humor en común están intactos, pero en el trato hay algo distinto. Nos miramos como extrañas sin pasado y  sin presente. Se respiran aires extraños, nos rodean y nos envuelven como si no nos conociéramos. Es inminente: nos fuimos alejando. Esa distancia física a su vez acarrea una decisión consensuada implícitamente y sostenida por la falta de diálogo. Como la editorial de un medio de comunicación que determina no cubrir un hecho o asunto particular: el tema no se toca, no forma parte de las noticias, no hay titulares ni cobertura mediática ya sea por falta de interés, por conveniencia o porque no garpa.

Después de que varias semanas pasen y poco hablemos, volvemos a vernos. Esta vez hacemos un trío: nos encontramos ella, yo y lo no dicho. Hacemos una pausa y el silencio nos aleja.

Pienso en el título de un libro de Selva Almada, El desapego es una manera de querernos, y me pienso dentro de esa lógica que, lejos de serme innata, me obligaría, muy al contrario, a resignificar una vez más mis formas de querer. Llamarnos a silencio no tiene que ver con la distancia que acordemos –o no–; sumado a que crea fantasmas que nos atormentan con hipótesis sin sustento. Entiendo que esas secuencias que penden de hilos y suposiciones terminan por alejarnos de nosotras mismas y alimentan nuestras inseguridades.

Nada ni nadie nos garantiza que no vayamos a sufrir. Puede ser que a las idas y vueltas, con sus especulaciones e inseguridades, las termine reemplazando la angustia. Esa tarde cuando la vi por última vez, después de sacarnos las palabras de encima, volví a casa con el dolor propio de los aprendizajes forzados. Y, pensé, qué engañoso el desahogo que por un lado entierra toda incertidumbre pero por otro termina de matar el resto de las ilusiones. Así deduje que callarse no es quererse ni cuidarse. Y que para decir, primero, hay que escucharse a una misma.

Ana Carrozzo
Ana Carrozzo
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