Revista Palta | ESCONDER LA TOALLITA EN LA MANGA (Y OTROS IMPUESTOS POR MENSTRUAR)
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ESCONDER LA TOALLITA EN LA MANGA (Y OTROS IMPUESTOS POR MENSTRUAR)

No sabía todo lo que me quedaba por aprender después de mi primera menstruación; aquella vez en Córdoba, en mi viaje de egresados de séptimo, cuando gasté toda la plata que me había llevado para los souvenirs en paquetes de toallitas.

Mi sorpresa al regresar a casa fue que mi viejo me apartara de la cena para decirme “te felicito por lo de señorita”. No lo escribí mal, así fueron sus palabras. Supongo que a papá, el primer hombre al tanto de mi evolución biológica, le costó tomarlo con naturalidad. Su frase mal formulada fue un indicio fundamental: “menstruar” me hacía más mujer, pero mejor no mencionemos esa palabra.

El punto es que empecé el 2003 con una nueva condición, una versión actualizada del poder de mi cuerpo. A los ojos de la sociedad, yo ya era una señorita y un organismo apto para concebir bebés o aprender a poner forros.   

Sin embargo, en los secretos de mi mundo interior esta condición tenía otras consecuencias. No fue suficiente el dolor ni la incomodidad para sentirme mal. Apenas empecé las clases en mi primer año del secundario, tuve que adaptar esta versión de siete días de alas ultrafina a una rutina que no estaba preparada para ella: la Maru indispuesta.

Si bien -para la platea masculina- la pubertad había hecho un buen trabajo en lo que respectaba a mi aspecto, la causa de esas curvas se tenía que decir en voz baja. La sensación cálida y húmeda entre mis piernas, la presión en mi abdomen inferior y el dolor en mis ovarios;  el aprendizaje de maniobras para prevenir el manchado; la susceptibilidad emocional causada por las hormonas; la dificultad para asistir con normalidad a las clases; la sangre en el inodoro y las manchas en la ropa. Una enumeración de sensaciones que se repetían, una y otra vez, eran censuradas por la incomodidad y el disgusto que le producía a una otredad mal dispuesta a naturalizar mi naturaleza.

CAMINÁ POR ATRÁS MÍO Y DECIME SI ME MANCHÉ EL CULO

También entendí que entre las flamantes señoritas existían códigos fuertes. No importaba si me caía mal por ser la novia del que me gustaba, o si era la canchera del grupo. A la hora de pedirme una toallita su tono de voz disminuía, adquiría una postura corporal sumisa y suavizaba sus expresiones de soberbia. Una toallita no se le negaba a nadie.

Y jamás se entregaba el pedido con evidencia: la toallita se enrollaba en el puño y se pasaba rápido, como una brasa ardiente. Como un juego de postas secreto en el que la receptora salía disparada al baño.

LA CARA MASCULINA DE LA DERROTA

Mi compañera de banco una vez me contó que estuvo todo el fín de semana con Andrés y me guiñó el ojo. No sabía de quién me hablaba, y la incertidumbre continuó hasta que me lo explicaron: “Andrés, boluda. El que te viene una vez por mes”. Así fue cómo lo conocí a él, esa identidad que escondía toda nuestra roja asquerosidad. El nombre de varón que nos permitía hablar de nuestra rutina biológica sin perturbar a nadie.

Más tarde empecé a observar el comportamiento de las pibas más grandes. De las que eran más sueltas, se besaban entre ellas y fumaban en el recreo. Chicas que se ponían el buzo del uniforme de los varones, mascaban chicle y ostentaban una actitud caótica que yo tanto admiraba. Chicas que en la clase de educación física decían estar indispuestas: mis maestras de la especulación.

Con ellas comprendí que la estrategia humillante de ir al baño con la toallita escondida en mi corpiño, como si llevara un arma cargada, tenía una recompensa. Esta fuerza del mal estaba equilibrada por mi derecho a anunciarme como “Presente Indispuesta” en todas las clases de deportes. Ese año me llevé educación física.

MUJER SEXUALMENTE ACTIVA

Crecí.

Empecé a conocer a mi cuerpo mejor, aprendí cada cuánto tenía que cambiarme la toallita o en qué día mejor combinarla con un tampón. Dejé de esconder mi naturaleza pero no me rebelé del todo: la especulación de la “presente indispuesta” migró al cálculo de tiempo de un coqueteo conforme a mi calendario menstrual. Asumí que si no iba a coger con el chico, mejor no salía; y que si estaba indispuesta, mejor no coger. Sin cuestionar, me adapté al sistema de reglas implícitas que limitaba mi placer a mi vagina y que demonizaba la sangre de mi menstruación.

Esos pudores mermaron cuando me enamoré y el otro asimiló que me indispongo una vez por mes. Parte de mi amor por los hombres con los que más intimé tuvo que ver con la confianza y la naturalidad con la que paseaba una toallita y charlaba del tema desde el baño. Pero nunca faltó en alguna discusión un “¿qué te pasa? ¿te vino?”.

PAGO IMPUESTOS POR MENSTRUAR

Hay una idea que atraviesa a chicas y chicos de que la mujer se cultiva en las penumbras. Que en un cuarto cerrado se depila, maquilla y pone tampones para después, por arte de magia, aparecer como una muñeca aria. Eso es tarea de la publicidad sexista, que impone metáforas pedorras como pedir “entradas” en vez de toallitas, o que nos muestra activas, hermosas, de piernas largas y colas paradas hasta en “esos días”.

Proyectos como el la de las mujeres de Menstruacción se ponen al hombro una tarea pesada que debería ser de orden público. De manera autogestionada, profesionales de diferentes especialidades recopilan datos, difunden información y presentan proyectos de ley para regularizar la situación de desigualdad frente a nuestras necesidades básicas. En sus campañas de recolección apuntan a abastecer a las escuelas, universidades, comedores y a las mujeres en las cárceles.

Gracias a estas campañas nos enteramos que una mujer promedio gasta entre 700 y 1200 pesos de toallitas por año. Este gasto está agravado por el detalle de que los productos de higiene femenina están afectados por el IVA, porque no están considerados como artículos de primera necesidad.

El rechazo y la vergüenza que sentí frente a mi indisposición se programa desde el Estado. Es un tabú que se legitima con la ausencia de políticas y acciones concretas: no se le hacen análisis de laboratorio a tales elementos de higiene personal, porque ni las toallitas ni tampones entran dentro de la categoría de “artículos médicos”; existe una carta de productos dentro del programa Precios Cuidados que contempla 15 variedades de desodorantes y sólo una de toallitas; no se implementan programas educativos y de salud reproductiva en la escuela pública ni se le proveen estos artículos a personas en situación de vulnerabilidad.

La falta de acceso a estos productos básicos tiene consecuencias extremas: peligra la salud, genera ausentismo escolar y afecta a la dignidad en mujeres privadas de la libertad o en situación de calle.

Tengo 27 años y recién ahora se que esas toallitas, tampones o copas menstruales conforman un abanico de posibilidades dentro de algo que antes desconocía: mi gestión menstrual. Lxs distintxs ginecólogxs que visité me hablaron más de forros, HPV o de pastillas anticonceptivas que de mi ciclo. Y jamás, en ninguna de mis consultas, algunx se ocupó de preguntarme qué elementos utilizaba durante mi menstruación ni me explicó la importancia de saber cuánto me viene como factor sintomático.

Crecí pidiendo discreción en lugar de información y me hice adulta hablando de menstruar en voz baja, absorbiendo mi cuerpo con productos que no están testeados como corresponde. Llevando esas toallitas escondidas en la manga o en el corpiño aprendí a invisibilizar mi carácter de mujer sana y a ignorar la desigualdad económica con la que se trata a mi biología. Hoy entiendo que empezar a hablar lo que nos guardamos las chicas para nuestra intimidad es un acto político.

Maru Labat
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