Revista Palta | ESA SENSACIÓN DE SOLEDAD
450
post-template-default,single,single-post,postid-450,single-format-standard,qode-quick-links-1.0,ajax_fade,page_not_loaded,,qode-title-hidden,qode_grid_1300,footer_responsive_adv,qode-content-sidebar-responsive,qode-theme-ver-11.1,qode-theme-bridge,wpb-js-composer js-comp-ver-5.1.1,vc_responsive

ESA SENSACIÓN DE SOLEDAD

Hace unas semanas quise acompañar a mi viejo en el laburo. Como yo estaba de vacaciones acepté la invitación de verlo, una vez más, agitando a cientos de pibes desde lo alto de una cabina de una pista electrónica. Esto fue en un boliche de Santa Fe.

Siempre soy algo cuidadoso con las amistades, con el grado de incoherencia que puedo tener que lidiar más adelante, cuando los tapujos de los primeros encuentros quedan en el fondo del tarro y sin querer queriendo la gente se muestra tal cual. Para esta vez, para no aburrirme solo, invité a un amigo que, por lo visto, maneja ciertos parámetros de la atracción que a mí me desdibujaron la imagen que yo tenía de él. Y no estoy diciendo que me haya decepcionado, es otra cosa, parecido. La noche daba para mucho. Por equis motivo yo no tenía ganas de nada y miraba desde un costado cómo la gente se pasaba los porros de mano en mano y cómo los efectos de la rola los ablandaban como bestias que gozan sintiendo apenas el aire en la cara. Esto pasó al lado de la cabina.

Como una logia cerrada, un grupo de chicas de cinco o seis bailaban en el lugar, moviendo apenas la cintura, justo delante de la tarima que hacía de base para la estructura de las luces. Nosotros no conocíamos a nadie porque somos entrerrianos y era nuestra primera vez en un boliche de Santa Fe. Sentíamos que la gente se daba cuenta de nuestra falta de tacto con el resto y eso, por lo menos a mí, me cohibió y me relegó a una esquinita de la pista.

En ese grupo de chicas resaltaba una rubia que, de espaldas, nos entretuvo desde que llegamos como una incógnita de pelo hasta los hombros. Nosotros nos hacíamos los distraídos porque nos gustaba; nos hacíamos chistes porque ninguno se animaba a hablarle y porque creíamos verla mirar a cada rato para nuestro lado. Cada tanto yo dudaba, porque los láseres y el flash son traicioneros, ilusionistas ópticos, y yo no tenía ganas de desilusionarme tan rápido. Por eso esperé quince minutos. Media hora. Una hora. Me di cuenta de que era un cagón. Ya eran las cinco y pico de mañana y nos habían dicho que en esa ciudad acostumbran a cerrar temprano, a las seis: no había tiempo. Esto fue al final de la noche.

A diferencia de mí, mi amigo fue perdiéndole interés y se sentó a hacer nada en uno de esos típicos sofás blancos que hay en los boliches, ahí al lado de donde siempre estuvimos, apartados en un rincón.

Me di cuenta de que el set de mi viejo ya estaba terminando y que la pista electrónica iba a cerrar por lo menos veinte minutos antes. Fui a buscar mi campera a la barra que estaba en la otra punta del lugar; no entraba un cuerpo más y tardé diez o quince minutos en ir y volver.

Cuando volví las chicas se habían ido. Mi amigo, borracho, dormitaba medio de costado en el sofá, con la cabeza al lado de un parlante que le cantó el arrorró hasta que nos fuimos.

Yo me sentía frustrado, con el autoestima muy bajo, porque —para ser cliché— el no ya lo tenía y sin embargo había preferido hacerme el lindo, por puro miedo y egoísmo. Pero el haberme quedado con la duda no pasó de ser uno de los tantos jaques a mi propio ego a los que ya estoy acostumbrado por ser tímido. Lo superé. Al llegar al «hotel» (un telo de canje, por ser más barato y sin límites de horario) mi amigo y yo dormimos en la misma habitación. Para nosotros era muy temprano, nos tiramos a mirar televisión como los dos amanecidos que éramos y ahí, sigo sin entender cómo y en qué momento de la noche logró conseguirlo, él recordó el nombre la rubia como en un Eureka asombroso de última hora.

Jamás voy a creerle la versión que él sostiene, porque se pone como un héroe que resurgió de la borrachera y se animó a hablarle. Tema aparte y secundario.

La cuestión fue la siguiente: la buscamos en Instagram.

La rubia, esa chica que supuestamente nos miraba, que nos ilusionó, resultó tener quince mil seguidores. 15K, para ser más gráfico.

No me alcanzan las palabras para recrear la cara de mi amigo o el espacio para enumerar cada una de las puteadas que empezó a decir con la vena en relieve sobre el cuello.

Que no puede ser. Que la tuvimos al lado. Que soy un boludo. Que vos también. A mí me empezó a dar gracia, pero después me asusté, porque él realmente se puso mal. Y yo no podía comprender el grado de estupidez y la reacción de él parado al lado del extractor chupando un cigarrillo con la rapidez de una máquina pasada de rosca. ¿Y qué si él hubiese sabido de antemano que la seguía tanta gente? ¿Se hubiese dormido en el sillón? ¿Hubiese ido a chamuyar?

Puede parecer un tema de lo más humano, y la psicología cuenta con las teorías necesarias para más o menos explicar esta atracción por la fama o el poder. Pero yo no lo entiendo porque nunca me pasó. Para mí, la rabia de mi amigo no tiene un fundamento coherente; el origen de su enojo estaba en no haber probado suerte con alguien con 15K de seguidores en una red social. Para él fue una suerte de gambeta a la suerte, una pérdida de oportunidad para hacerse valer como hombre por ese trofeo que evidentemente deseaban quince mil personas. Lo banal de todo esto me empezó a dar asco. Mi amigo se lamentaba como un hacendado se lamenta haber perdido por confusión la mejor vaca de La rural. Pero me sigo preguntando, ¿qué si hubiese sabido? ¿No le alcanzó con que fuese una persona atractiva? Yo apenas llego a los 500 seguidores en Instagram ¿será por eso que son las cuatro de la mañana y lo único que tengo para decir es que me molesta estar solo?

No sé, no vengo a hacer una tesis sobre los me gusta y los fans en la redes sociales y su relación con el atractivo. Vengo a preguntarme ante ustedes si soy, como me dijeron una vez, extemporáneo a este siglo, o si estoy tan solo en la certeza de que la cosificación de las personas llegó al punto más verosímil de su proceso.

Yo, por ahora, no lo entiendo.

Nicolás Fernández Ramos
[email protected]