Revista Palta | ¿EN NOMBRE DE QUIÉN?
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¿EN NOMBRE DE QUIÉN?

Hace poco tuve que ir a una misa por razones de fuerza mayor, un compromiso ineludible. Hacía un tiempo ya que no asistía a un evento del catolicismo, que me crió y educó (no necesariamente por elección propia). En esa misa, un cura totalmente convencido, nos prometía que Jesús nos esperaba en el cielo, y afirmaba con un poder otorgado por ser el credo oficial del Estado un montón de frases sobre nuestro destino y nuestro deber que -en un contexto como el que vivimos- ya no tiene sentido.  Ni siquiera por ser comprobables científicamente, sino porque es impensado que una institución religiosa sea tan monopólica que su poder de decir y señalar llegue hasta los confines que van más allá de la vida.

De cualquier modo, mi vínculo con esta religión no siempre fue así. Cuando era chica iba a una escuela católica, era muy creyente y rezaba mucho. Siempre antes de que arranque la clase, la maestra nos hacía pararnos y rezar un Padrenuestro y tres Avemarías, – la relevancia de la virgen era porque el colegio estaba más centrado en la “madre” que en el “padre”- . La maestra preguntaba “alguien quiere pedir algo?” y yo levantaba la mano y pedía por la paz mundial. En esos años había sido el atentado a las Torres Gemelas y la invasión a Afganistán, y yo estaba muy preocupada por dos cosas: por lxs niñxs y personas mutiladas y porque la guerra no se extienda y llegue a la Argentina. Sufría mucho viendo todos los días las imágenes de la guerra de CNN en español, el único canal que transmitía noticias internacionales las veinticuatro horas del día.

Mientras tanto, mantenía un diálogo constante con Dios en el que hacía algunos negocios: “Si hago bien la cama, ¿detenés la guerra?”, “Si ayudo a mi hermana, ¿detenés la guerra?”.

Si cometía algún “pecado”, entonces hacía como un pacto a futuro en el que yo prometía compensar la mala acción o el pensamiento de matar a mi familia con una gran acción; así “él” notaba mi esfuerzo, y no hacía que llegue la guerra a mi ciudad. Dios era como un amigo invisible, no hablaba con los otros personajes como Jesús (aunque había llorado por su muerte leyendo la Biblia de los niños) o la Vírgen, ni los otros del grupo bíblico, mi relación era con el padre en línea directa.

En ese entonces, vivía un poco en el mundo de las fantasías (aunque conectada con este mundo) y en mis sueños sobre el futuro yo era una mujer con trajecito que iba a Tribunales a defender las causas justas, o a impedir la guerra.

Ahora que soy joven adulta y llego a la edad aproximada de mis fantasías no estoy cerca de ir a Tribunales pero todavía sigo cuidándome de los malos pensamientos. De hecho, sigo siendo muy religiosa,  sacando la parte de personificar al Dios católico, masculino, barbudo, señor viejo. También pienso que hoy, en nombre de ese Dios, se nos prohíbe tener elecciones sexuales diversas, se decide por sobre nuestro cuerpo y se reproducen mensajes de antaño.

De esas épocas de rezo y catecismo los sábados, me quedan los rituales y las mañas de pedirle cosas al “cielo” y agradecer por lo que valoro como bueno y justo.

¿Que es el cielo?

No tengo idea pero es un gran guión para una película que probablemente sea visualmente bella. Lo que duró la última misa que fui sólo podía pensar en una frase: “monopolio de la espiritualidad y la creencia”; en el mundo de las poli-cosas me pareció claramente absurdo tener que creer solamente en una versión de lo espiritual y religioso, no es que yo no haya notado esto antes, pero estando ahí parada por primera vez sentí la mímica de un cuerpo, el ritual de una propaganda de la fe, la puesta en escena de lo espiritual.

Julieta Blanco
Julieta Blanco
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