Revista Palta | EN LA PERIFERIA DE LA MUERTE
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EN LA PERIFERIA DE LA MUERTE

Por Julieta Habif

Creo que si no se sabe qué decir no hay que decir nada. Lo que yo no sé es qué sentir. Creo también que debe ser el acto más íntimo del mundo y a la vez no es nada más que una tradición. Sagrada, natural, simbólica, consensuada, lógica o necesaria pero tradición al fin. Aunque se trata de la muerte: no es cuestión de creer.

Hace 9 días que sólo pienso en cosas que giran alrededor de morir y en cosas que siento pero nunca dije en voz alta.

Al momento de sentarme a escribir esto tengo tres ideas en la cabeza. La primera es una certeza que tomó algo así como vuelo literario: aunque no lo veamos, el sol siempre está. La segunda la leí hace tiempo en un libro sobre erotismo: ni el sol ni la muerte pueden mirarse fijamente. La tercera me la dijo Migue cuando le conté que se había muerto un amigo, y hablamos de su esposa: el desamparo es un sol que se apaga de un momento a otro y sentimos que no se va a prender más. Para mí el desamparo es una casa de muñecas a la que se le voló el techo.

Quizá morir sea más todo lo que hago de ello que otra cosa. Pero qué no lo es. Un espiral afilado atenta contra las ocho horas de sueño recomendadas. Sé de la muerte: velorios, cementerios, ausencias, faltas, recuerdos. Una vez empecé un cuento con una escena en un entierro y después, en el margen y a las apuradas, anoté un pedido de empanadas. El primer párrafo decía, dice: “Vi cómo subían al perro a una chata y se lo llevaban. El contacto visual entre nosotros duró, con lógica cruel, hasta que nos perdimos de vista. Esa fue la primera vez que sentí lo que se siente en una despedida. Una se deshabita y se vuelve propio testigo de su derrumbe, de su inmadurez, de su infantilismo, de querer esconderse detrás de mamá hasta que la escena termine y después, al entrar a casa, que lxs que están y nos quieren monten algo con la intención de distraernos de nuestro extrañar precoz. O peor, uno se queda en su versión más indefensa y la falta se va haciendo lugar. Desde ahora, todo lo que está recordará y remitirá a esa falta”. Después decía “pero esto era distinto, como lo es todo en un entierro”, y al lado, contabilizado como cuando se juega al truco, 6 de carne, 4 de verdura, 2 jyq, 2 capresse, 4 pollo.

Murió gente que queríamos y nos quiso. ¿A quién le dedicamos poder reírnos de la tragedia? ¿A ellxs? ¿Nos hace mejores soldados de algo, de la mortalidad, de las paces con lo inevitable? Alguna película debe terminar con un grupo de amigxs que se abraza y sigue adelante; pero acá no hay final, el mundo sigue girando
el sol sigue saliendo
el teléfono sigue sonando
los sobres por debajo de la puerta
las salidas para distraerse
los trámites burocráticos
¿tenés sellada la copia?
ah, no, tiene que estar sellada
el llanto, la clausura, las mentiras que me digo y las que les digo a los demás.

Lxs grandes nunca hablan de muerte hasta que llegan a la edad en que es casi de lo único que hablan. En algún momento nos damos cuenta de que nosotrxs también somos esos grandes, pero lo careteamos y lo tapamos con presiones absurdas que nos ayudan a seguir. Ser joven también es llenarse de impuestos de concreción sin frenar a preguntarse mucho porque no hay tanto tiempo. Nunca hay tanto tiempo. Pero, vamos, el tiempo tiene algo de invento (y nos quejamos porque la queja es nafta).

Hace 9 días que sólo pienso en cosas que giran alrededor de morir y en cosas que siento pero nunca dije en voz alta. Estoy loopeada en miedos. Todo el tiempo estamos no-muriendo porque el caos del mundo no puede sino aumentar y la entropía y el derrumbe de aquello en lo que siempre creímos: porque la vida es otra cosa, es un montón de signos cambiantes, contradicciones, ir de la mano, jugar al fútbol, mimetizarnos con las personas que queremos, con las que admiramos, marcar los propios defectos en otro cuando los vemos asomar, dormir, sufrir, comer, olvidar, la primera vez que nos dijimos te amo mientras lavábamos los platos o la complicidad con hermanxs del sexo opuesto. Qué sé yo qué es la vida. Ayer fue un chico que me gustaba, hoy es mi mamá, mañana es viajar y extrañar al perro de manera desmedida.

Me voy a atrever a llamar dolor a todo tipo de confusión que se me cruce. Sólo por hacerlo mío, necesito poseer una parte de lo que se fue. Porque se va, también, una parte de mí. Fabi siempre dice que tiene miedo de olvidarse de los recuerdos. Ya barrió la primera capa y las personas son, ahora, recuerdos de las personas. Yo siempre digo que quiero tener nietos, nietas, un montón. Hablar de un tiempo que no es éste nos hace sentir más livianxs a ambos.

Y si hay otro tiempo, podemos pensar que algo nos espera ahí, que algo hay, además de tiempo. Que el espiral desemboca en otra forma menos vertiginosa.

Me voy a amigar con las cicatrices, les voy a encontrar formas alegres. En Brasil hay un dicho popular que dice: “Al final va a estar todo bien. Si no está todo bien es porque todavía no es el final”.

Qué podemos hacer un día nublado sino extrañar. Ojalá todo en el mundo se suspendiera por lluvia. Pienso en personas a las que quiero honrar jugando a algo, por si me están mirando, por si hay algo en algún lugar que no sea acá adentro, pero estamos grandes. La adultez es una máquina con mil botones que no sabemos para qué sirven. Si tocás éste sale algo que te pellizca para recordarte que no estás soñando. Lo mantengo apretado porque hace 9 días que sólo pienso en cosas que giran alrededor de morir y en cosas que siento pero nunca dije en voz alta.

 

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