Revista Palta | EN EL CAMPO HAY MAS DATA QUE EN GOOGLE
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EN EL CAMPO HAY MAS DATA QUE EN GOOGLE

Cuando iba al campo y corría por el medio de los fardos pensaba que era una vaquera superpoderosa y que toda esa inmensidad me pertenecía. Si bien no me crié en el campo,  tuve acceso a visitarlo durante muchos fines de semana porque era la casa de infancia de mi madre y hacía poco que la habían dejado entonces había que ir a cuidarla. Como era hija única, me la pasaba metida con la cabeza en unos libros polvorientos de los setenta, colecciones que mi abuela había comprado para mi mamá y mi tío cuando iban a la escuela y sobrevivían en una biblioteca. Los leía arriba de un árbol o de los alambrados.

Cuando sacaba la cabeza de los libros -entre esos los famosos Elige tu propia aventura, y entre los que podría encontrar como si fuera otro libro de aventuras ochentoso a Quedáte Conmigo de Inés Acevedo- estaba el campo. Un lugar en el que cualquier cosa puede ser motivo de aventura o excursión: la chapa devenida hojalata de restos de un tractor puede convertirse en una batería para tocar en una banda, la rama del árbol es una base de operaciones, las vacas son tus espectadoras si sentís el impulso de dar un show o hablar frente a una audiencia.

No hay forma de que la invasión de estrellas a la noche no te convierta en astrónoma, investigadora del cielo o incluso en una religiosa porque es inevitable contemplar sin devoción el panorama brillante. Así como existen infinita variedad de plantas y animales en la tierra, no se puede pensar que en toda esa inmensidad no sea de la misma manera. Cualquiera que haya vivido un tiempo en el campo sabe que de un momento a otro pueden aparecer aliens, ovnis, meteoritos, abducciones.

Aunque parezca raro, lo que pienso es que el campo genera “mucha data”, tanto como la de Google. Lo digo porque hay cosas por todos lados que están vivas, generando su propia información. Hay muchas plantas distintas, hay polvo volando y distintas clases de animales que están en la suya, haciendo sus cosas, viviendo su vida y desde tu ventana, en la puerta de tu casa, vivís en National Geographic.

Una vez con una prima vivimos la aventura de nuestras vidas en 48 horas: recorrimos el campo a caballo, me caí y me corté el brazo con un alambre, no nos importó y seguimos; nos subimos a los fardos gigantes y corrimos por arriba, vimos una viuda negra y llegamos a un depósito en el medio del otro cuadrado de campo donde vivían unas lechuzas blancas. Si eso no es data, porque además es data en todas en sus dimensiones – y no sólo bidimensional –  yo no sé de qué estamos hablando.

En este sentido, Inés Acevedo, recupera toda esa información vital que se despliega en una niñez pasada en el campo rodeada de libros de ciencia ficción y escribe Quédate Conmigo (Editorial Marciana). Una novela que combina una detective texana llamada Nancy Drew, el Club de los Cinco, meteoritos, un pueblo como escenario, una perra extraterrestre y toques de feminismo (“¿por qué nadie me paga por la tarea de limpiar, barrer, cocinar?”). Además de tener un sabor ochentoso:  “Nadie era inmune a las propagandas de Marlboro: las montañas, los prados salvajes y un cowboy contemplando todo a punto de conquistarlo”. Las aventuras de un grupo de amigxs entre el campo y el pueblo de Napa, contacto con androides, las ganas inmensas de salir disparada de ese micro-mundo para ir a vivir a Marte, el hastío y la opresión de ser un niño gobernado por un mundo de adultos como cuando dice “Me acosté mirando el cielo. En mi mente bullían ideas desordenadas, pero más o menos, los ejes de esa galaxia mental eran: yo era el Sol, y a mi alrededor giraban dos planetas llamados ‘¡Malditos hermanos!’ y ‘A mi mamá no le importo’, y junto a ellos había un pequeño satélite que iba a toda velocidad y que yo había bautizado ‘Esto es muy injusto’”. Escribir la historia del mundo para salvar al planeta de una invasión extraterrestre ¿no es acaso nuestro sueño de niñxs?

Ines Acevedo tiene la gracia y el toque de tener algo muy particular a la hora de escribir, algo que se parece a una sinceridad sin filtros, como una voz demasiado inherente a ella, tan propia que sólo puedo pensar que escribe para sí misma, con el único fin de su propia diversión, con un placer al que aspiro.

Julieta Blanco
Julieta Blanco
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