Revista Palta | ELASTIGIRL
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ELASTIGIRL

Cuando era chica, mi flexibilidad me convertía en una estrella, alguien especial. A mis compañerxs de colegio les sorprendían las posiciones que adoptaba para sentarme y yo sonreía mostrándoles cómo estiraba las piernas para atrás hasta tocar mi cabeza. Me gustaba ver el Cirque Du Soleil y copiar lo que hacían las contorsionistas en forma de espejo desde el sillón de mi living. “Elastigirl” me gritaba mi papá desde la cocina mientras simulaba una tijera con los dedos de la mano. Quería que la cortara. Ya me había explicado que la gente que hacía eso tenía una enfermedad, que no era normal, pero que yo sí lo era y que si los imitaba iba a terminar lastimándome.

En realidad, yo tampoco era normal, pero papá todavía no lo sabía.

Un día, bajando las escaleras de mi casa, me tropecé. Cuando me preguntaron cómo fue que me había caído respondí, con total naturalidad, que se me había salido la cadera de lugar y perdí la estabilidad.

Hiperlaxitud quiere decir algo así como mucha elongación. Como mi caso es extremo, mis ligamentos se estiran como un chicle o más y eso hace que mis articulaciones no estén bien protegidas y se muevan para todos lados, a un punto donde ya es peligroso.

Desde que tengo catorce años soy hiperlaxa. O por lo menos así me presentan lxs médicxs mientras se pasan mi historia clínica de mano en mano intentando descubrir el porqué de algunos dolores, esguinces, luxaciones. “Es muy hiperlaxa” dicen, haciendo hincapié en la palabra muy, mientras me piden que les muestre, otra vez, cómo puedo sacar de lugar mi cadera y me piden otra resonancia.

Diez sesiones de kinesiología y si no mejora otras diez. Otras quince. Otras cinco. Diez más. Asustadxs -lxs médicxs más que yo- me sometieron a cualquier cantidad de estudios dolorosos y tratamientos para intentar curarme, arreglarme. Me pedían cosas imposibles, como que anotara cuántas veces se luxaba mi cadera por día -algo que no podía responder porque lo sentía en cada paso que daba-. Sugirieron enorme cantidad de operaciones sin sentido y yesos que no me permitirían mover ninguno de mis brazos por un año. Me dijeron que abandonara toda actividad física, que no elongara más, que no podía estirarme más de lo que ya estaba. Que ya no podía correr, ni saltar, ni levantar nada muy pesado. Me recetaron anabólicos y los dejé de tomar cuando mis amigas se rieron de que tomaba lo mismo que los deportistas para estar fibrosos. Los reemplazaron por una lista de ejercicios aburridos que parecían inútiles. Yo me olvidaba de hacerlos y saltaba de un médico a otrx. Uno me miraba mucho la cola, otro no me creía, otra no me entendía.

Podía faltar a las clases de educación física -que odiaba-, pero me llené de miedo. Tuve que despedirme de Elastigirl. De la nena estrella, la mejor contorsionista del circo en el sillón. De las clases de baile, la energía saltarina, el disfrute de mi cuerpo. Me acostumbré a autodefinirme como medio deforme cada vez que llegaba con vendas a algún lugar o tenía que explicar por qué no podía hacer alguna actividad física. Me volví cada vez más sedentaria. Engordé. Las luxaciones iban en aumento y se volvían cada vez más dolorosas. Llegué a tener un hombro fuera de lugar por una semana porque se había enganchado con un tendón mientras me sacaba una remera. Una muñeca inmovilizada por un mes por haber levantando una pava eléctrica con mucha agua. Desmayos sorpresivos porque las vértebras del cuello se desplazaban y no dejaban que la sangre llegase bien a la cabeza.

Recién después de muchas lastimaduras sin saber a qué medico ir, curándome sola, quedando atrapada en la guardia por ser un “caso extraño”, fue que, por fuera de mi obra social, encontré un médico que me entendía. Él me explicó que mis ligamentos no van a dejar de ser laxos y que para que haya menos luxaciones tengo que tener más músculos alrededor de la articulación que la protejan. No sólo me incitó a volver a bailar sino que me explicó lo fundamental que es para contrarrestar mi muy probable temprana osteoporosis. Al revés de los demás médicos, no me incentivó el miedo sino el cuidado y el amor propio. Me contó que nuestros partos son los más sencillos y que en épocas de guerra a los hiperlaxxs como yo los ponían en los paracaídas porque somos los que más rápido se recomponen y menos tendencia tenemos a fracturas. Somos lxs que podemos seguir corriendo.

Todavía me cuesta encontrar mis límites, pero estoy redescubriendo mi cuerpo con amor, volviendo a disfrutar del deporte. Volviendo a ser Elastigirl sin sentir que eso está mal, o que me deforma. Aprendiendo a tomarme las luxaciones dolorosas con más tranquilidad y menos susto, ahora que tengo a quien recurrir.

La última vez que tuve una venda, me saqué una foto y se la mandé a mi papá por whastapp. Me respondió “jaja, sos de plastilina!”. Le dije que sí, me puse hielo y una peli en Netflix. El malhumor pasó cuando procesé esta información y acepté mi anatomía, consciente de mi poder de recomposición y del camino que me lleva, de a poco, a ir recuperando mi identidad. A dejar de ser la que se desarma para ser la que se rearma.

Manuela Martinez
Manuela Martinez
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