Revista Palta | EL VIAJE DEL DESEO
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EL VIAJE DEL DESEO

Por Leyla Bechara.

Me declaro fundamentalista del hotsale y todo lo que sea compras por internet. Hace tiempo renuncié a “los locales de ropa”, espacios donde no existe modelo ni el talle “como para mí” y los probadores parecerían tener una estufa que no solo logra que mi culo sude como en Niceto cuando se llena, sino que además ese espejo, esa luz, esas sombras… ¿por qué todo tan cruel? ¿cómo no militar las compras desde el sillón de casa cuando me ahorran esos dramas bien de gorda, bien de persona común?

Hay reglas para las compras por internet, y más para el hotsale. Nunca se compra aquello que tiene dudosa talla. Y dudoso, excepto remeras, quizás sea todo. Pero más que todo, son los jeans: lo que se compra en hotsale, no se puede cambiar ni por internet, ni yendo al local.

Me llamo Leyla y rompí la única regla que respeté toda mi vida. Y la rompí dos veces. Compré no sólo uno, sino dos jeans en hotsale. Pero me permito justificarme: hace dos semanas me había comprado otro jean en un local físico de esa marca. Un jean que me probé en esos probadores insufribles, que sudé y que me entró. ¿Cómo iba a fallar esta compra? Tenía el talle que me entraba, tenía el calce que me hacía gran culo, tenía el fuego que me quemaba la tarjeta por comprar esos jeans de la marca que me gusta a un precio extraordinario. Y bueno, tuve que hacerlo.

Un mes de espera para que el correo toque timbre y me deje el paquete: dos jeans talle 42.

Los miro, son elastizados, puede que entren. Me los pongo sobre la cadera, como midiendo a ver si llegan, a ver si de una costura a otra alguna especie de magia les agrega como diez centímetros de tela para que este cuerpo pueda entrar ahí. Sospecho. Me saco el pijama que tengo puesto y empieza una osadía que no dura ni dos minutos. El primer jean ni siquiera me pasa la rodilla. Me río. Sale el segundo. Misma historia, este sube un poco más, pero porque tiene roturas. Me tengo que sentar para poder sacármelo, me da miedo de romperlo por el tironeo. Ya no me río. Me puteo porque además de romper la única regla del hotsale, estoy gorda.

Los jeans vuelven a su bolsa y pasean durante muchos meses por toda la casa. Primero arriba del placard, donde una nunca llega, después abajo, adelante de todo con la intención de levantarme todos los días y usarlos como motivación para no clavarme esa mila con fritas que tan rica hacen en la rotisería de la esquina de casa. Me como el cuento del amor propio, de que me tengo que amar, así que dejo los jeans al fondo y de paso también saco el espejo de mi pieza. Pero esa no funciona, hay espejos por todas partes, y no solo los de vidrio, son espejos todas las personas y publicidades, son espejos todas esas influencers fit de instagram, todo se vuelve espejo y probador, todo al mismo tiempo.

¿Cómo vivir día a día en un mundo que nos dice que no somos lo suficientemente perfectas para entrar en un jean, y un feminismo que nos invita a amarnos en rebeldía con los mandatos con los que nos criaron y nos siguen criando? ¿Cómo salir a la calle y ser la gordita simpática que está empoderada y que no le interesa si alguien posa su mirada unos segundos de más sobre los rollitos que se le hacen entre el top y el tiro alto? ¿Cómo mirarme al espejo y aceptarme si no estoy conforme con lo que soy; si este cuerpo que poca relación tiene conmigo me envía mensajes de odio, a veces de resignación, y a veces de amor, pero nunca me envía mensajes de deseo? ¿Cómo convencerme que este cuerpo desea, desea otros cuerpos, desea placer, desea modificarse, desea comer sano y hacer deporte, desea esa mila con fritas, desea mucha birra, desea y nunca se dió permiso para desear?

Es muy importante el deseo, no estoy descubriendo nada. En un mundo donde las disidencias nacimos para reprimirnos, el deseo de nuestros cuerpos nunca estuvo en la mesa ni de casa, ni del debate público. La hegemonía de los cuerpos gobernó siempre nuestras vidas y nos mostró una imagen que, además de inalcanzable, no contempla el deseo como eje vital de nuestra existencia. No importa qué tanto desees entrar en ese jean, no hay opción. No importa qué tanto quieras ser chica fit, eso es “saludable”, no hay opción. No importa qué tanto cueste amarse, es tu obligación resistir a la cultura hegemónica corporal: no podés no quererte ni un poquito, no hay opción.  

Cuando las opciones se reducen a mandatos, el deseo se anula. Y eso, confieso, todavía no lo puedo resolver. Porque el deseo no es algo puro y natural. El deseo también se construye social y políticamente. Y entonces llega ese punto en el que ahora me pregunto si alguna vez acaso deseé algo que de verdad quisiera yo misma con todas mis fuerzas, algo que no me impusieran ni “lxs malxs”, ni “lxs buenxs”, algo que me cuide. Sólo encontré la respuesta otra vez en el tan maldito pero bendito feminismo. A veces, el todo, se resuelve con deconstruir. Hacer el recorrido histórico de los impulsos que me llevan a desear y no reprimirme cuando reconozco las causas. Saber en función de qué poder está el deseo para ir y desear, porque fue algo que siempre se nos prohibió.

Al final, el hotsale algo me enseñó. Acepté mi deseo de entrar en esos jeans. Atravesé múltiples batallas, cargando con mis propias contradicciones, hasta lograrlo y eso me hizo bien. La fanática del hotsale y de las compras por internet, la que dice ser feminista, la que le compra a marcas que mienten con los talles y tienen probadores del infierno, se puso contenta por “entrar”, y aunque ese “entrar” durara dos días, fue la primera vez en toda mi vida que mi cuerpo se conectó y me envió un mensaje de deseo. Así que tuve que respetarlo.

Colaboración
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