Revista Palta | EL TALENTO DE VIVIR CON MELANCOLÍA
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EL TALENTO DE VIVIR CON MELANCOLÍA

Estaba en el Ateneo con Alfredo, acompañándolo más que nada. Hacía tiempo que no compraba libros, y ya había adquirido el hábito de no ver lo que no podía comprar para no tentarme. Además, Alfredo tenía una biblioteca tan completa y actualizada que era mi pequeño Ateneo.

No sé si fue por la incomodidad auto-sentenciosa que te hace sentir estar en una librería sin pispear libros, o si el gentío me recordaba que yo también caigo rendida a los brazos del consumismo. Jugando a ser lectora y compradora, agarré el primer libro a mano. “Qué pelotudez”, pensé. Sabía que esa Milena era la hija de una exitosa editora española, y que el título me parecía una forrada mal escrita.

Cuando volvió Alfred con ocho libros agarrados con las dos manos para ir a verlos tomando un café, agarré este libro. Con la actitud inerte que tengo cuando agarro una revista Caras en una sala de espera. No esperé a que llegara el cortado para abrirlo, tenía los dientes afilados para sacarle la poca vida que le había imaginado con prejuicio desde el primer momento.

Empezó mejor de lo que pensaba. “Bien escrito”, dije. La pensé a Milena y no al personaje, y la retraté como a una mina cool pero inteligente, que había aprendido a caretear lo vacía que era en realidad. Así como cuando pienso que nadie es tan agudo ni lleno de problemas como yo (algo que no entiendo por qué quiero conquistar).

No pude resistir la tentación de seguirlo, hablaba de una relación de una hija con su madre, recientemente muerta tras una larga enfermedad. Eso de la larga enfermedad me sonó, porque mi vieja está hace tres años con cáncer, y quería leer a una cuarentona referirse a lo que yo siento desde los 24.

“Mamá, me prometiste que cuando murieses mi vida estaría encarrilada y en orden y que el dolor sería soportable, no me dijiste que tendría ganas de arrancarme mis propias vísceras y comérmelas”. A partir de ese cliché de hablarle a la muerta, esas palabras que bien podría haber visto en un posteo de Facebook de un contacto con poco vuelo, conocí y me quedé con ella, Blanca, el personaje.

Una mujer separada con hijos y rodeada de amigas en pareja, viendo cómo hacer para tener un rumbo en una vida que ya no comprendía a la figura más importante de su historia. Que sus andanzas estaban llenas de guiños y referencias al pasado, incluso tomando una copa de vino con un garche. Que se ganó el talento de vivir en la soledad de la melancolía, aunque nadie lo notara. Aunque sonriera o hiciera chistes, compartiendo tardes con amigxs o paseos con sus amantes.

Me empecé a hacer amiga de Blanca. Me hubiese levantado de la mesa con aplausos para felicitarla cuando leí que lo contrario a la muerte no es la vida sino el sexo. Que la enfermedad de un pariente nos convierte en garantes y administradores de su buen ánimo, y que el nuestro queda postergado. Que a falta de poder manifestar libremente el dolor que sentimos, aparece el colon irritable o la migraña. Y que coger con alguien es la fuga más placentera y fácil de conseguir, a la vez.

La simpleza del relato en el que Milena Busquets nos mete en este momento tortuoso en la vida de Blanca, me hizo poner en crisis lo que yo pensaba de una buena historia literaria. Como aprendiz de escritora, me enseñó mucho. Su narrativa cuasi cinematográfica para describir cada sensación y momento, me dio una clase. Y me sentí acompañada en el sentimiento.

Antes de llegar al tercer capítulo y de pedir la cuenta, le mandé un mensaje a Manu. “Boluda, ¿conocés el libro También esto pasará? Me parece que me lo quiero comprar”. Poner la tarjeta era todo un evento en mi vida, y necesitaba chequear si esto era una inversión. “Sí, lo tengo. Pensé en recomendártelo, pero después me dio cosita por la temática. Cuando uno atraviesa cosas así, capaz es mejor leerse en otro momento”.

Ella tenía razón. En algún punto, me estaba leyendo. Y claro que lo compré, porque confié en Blanquita. Y no para ver si podía salir adelante, sino porque simplificó lo complejo con belleza.

Maru Labat
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