Revista Palta | EL SINSENTIDO DE LO COMÚN
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EL SINSENTIDO DE LO COMÚN

Yo no sabía lo que era ser autista, todavía ni el colegio ni Casi Angeles me lo habían enseñado. Mamá me dio el libro segura de que me gustaría, y me dijo: “es un chico que cuando le hablan, en vez de escuchar, se entretiene contando la cantidad de agujeritos que tiene el otro en los zapatos”.

Y para mi fue así. Yo me entretuve leyendo El curioso incidente del perro a medianoche capítulo a capítulo: desde el viaje a Londres de Christopher, hasta su manera de ver a las estrellas. Su profesor favorito, su fascinación por los números primos; su amor por las listas y los esquemas, y su odio por el color amarillo y el contacto físico, casi en iguales términos.

Me gustaba ver las formas que tenía de escaparle a la gente, yo sentía que en el fondo era igual, y que un poco todos lo éramos; sólo que él era impune en su manera de actuar, y simplemente se iba, o se hacía una bolita. Pero a mí también me molestaba que me mirasen fijo.

En el colegio no me quería nadie y me molestaba cuando un novio que tenía mamá me alzaba a upa. De tanto cariño, cada vez que me saludaba me lastimaba las axilas. En el protagonista de esta historia encontré alguien que, por fin, cuestionaba el sentido común de los adultos.

Un poco por mi lado nerd, y otro poco por mi lado fóbica (que ya venía asomando); terminé leyendo muchos más capítulos por noche que los que me había propuesto. Fue el primer libro que terminé por mi cuenta. Antes había leído Dailan Kifki en el colegio, y Harry Potter y la piedra filosofal con mi mamá.

Para ella siempre fue muy importante inculcarme el amor por la literatura y el cine, y no me subestimaba en absoluto. Me llevaba a sus ensayos de teatro y me sentaba a ver películas a que los demás adultos ni se les ocurriría. Confiaba en mí y supo ver que yo, de éste libro, podía sacar mucho más que lo que venían sacando los estudiantes de psicología, todos fanatizados con el cuentito del chico autista. Supo ver que eso a lo que todos le daban suma importancia, era en realidad un detalle. Y tuvo razón, porque me perdí esa parte; pero encontré nuevas.

Le perdí el miedo a los libros “de grandes”, y eso me sirvió para abrirle la puerta a muchas otras lecturas. Sentí que no eran necesarios los firuletes para transmitir ideas complejas; que escribir simple no era de bruto. Creí entender un poco más al mundo, y otro poco más a mí misma. Me dio la confianza para escribir mis propias aventuras y empezar un diario. Y supe, con total seguridad, que si Christofer podía, yo también escribiría un libro alguna vez.

 

Manuela Martinez
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