Revista Palta | EL MITO DEL BESO BAJO LA LLUVIA
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EL MITO DEL BESO BAJO LA LLUVIA

Uno de los recuerdos más vívidos de mi niñez temprana es el de mi viejo comprándole flores a mi vieja y dándomelas a mí para que yo me llevara el crédito de todo. Yo con mis bermudas y mis Kickers, mi cara de atorrante, con una mano atrás y el ramo de lirios y crisantemos que me sobresalía por encima de los hombros. Tomá. Siempre creí que ésa era la posta, que el amor estaba necesariamente en esos detalles.

Mi vieja me ayudaba con la redacción de las cartitas y dibujaba los corazones, porque a mí me salían manzanas machucadas, como corazones verdaderos. Y si quedaba espacio rellenaba las esquinas con arabescos de plasticola con brillito. Mi viejo, después, medio a escondidas, me prestaba su perfume para darle un toque de encanto al papel. Era un proceso casi alquímico, de a tres. Pero el coqueteo con cartitas era un juego irreal y abstracto.

Hay una escena que estuve persiguiendo casi toda mi corta vida: la del bote y la lluvia en The Notebook, la de la frase it’s not over («Esto no ha terminado»), con Ryan Gosling y Rachel McAdams empapados y perfectos. Llegó un momento en que me di cuenta de que esas cosas no pasan jamás, la búsqueda infructuosa de mi Allie me hizo sentir muy solo, sobre todo un inexperto. En algún momento empecé a jugar con frases pedorras, es algo que me gustaba de muchos galanes del cine que consumía mi viejo, pero el apego no es un guión de diálogos ocurrentes, y terminé quedando como tipo raro. El semblante reflexivo, un poco triste y aturdido de Hugh Grant; la osadía de un Di Caprio; la simpatía de John Cusack: sin querer, quería ser todo eso.
A mis ojos, los hombres así eran óptimos, y yo quería ser como ellos. El tema fue que aquello era una ilusión, algo performático. Sentí que estaba comprado un perfil ensamblado de hombre más efectivo que afectivo, y empecé a dejarme llevar por la espontaneidad. Una tarde pasé por la escuela de mi ex novia y le regalé un chupetín desde la ventana de su aula que daba a la calle: se le llenaron los ojos de lágrimas y siempre me recordó ese momento. Me di cuenta lo importante que eran las pequeñas cosas. El romanticismo sin un interés escénico.

Pero a veces, la cuestión está tan supeditada a ciertos actos de manual que me trae confusiones. Cuando me veía con alguien, si dejaba que se quedase a dormir, le llevaba una taza de té a la cama o le masajeaba los hombros, era difícil que ella no se enojara si después no pasaba nada más. Nos vendieron que ese tipo de cosas son señales de, aunque sea, un amor precoz, un romance a medias, una especie de eclosión de algo que había empezado a gestarse: no. Una taza de té es una taza de té, pero, nos han llenado de tantos clichés, que he pasado de ser raro a ser a hijo de yuta.

Por estas fechas, todo me suena a Barry White. Las rosas, como los pollos en el frigorífico, son arrancadas prematuramente, y se nos llena de peluches la ciudad. Cuando es el «Día de lxs enamoradxs» yo siempre me acuerdo de cuando pretendía ser un seductor como Will Smith en Hitch. Quería tenerla atada, como se dice en el fútbol. Pero Messi hay uno solo, y Hitch es de mentira.

Nicolás Fernández Ramos
Nicolás Fernández Ramos
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