Revista Palta | EL JUEGO DE LAS DIFERENCIAS
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EL JUEGO DE LAS DIFERENCIAS

“Esta época ya está haciendo historia”, dice Eleonor Faur. Estamos haciendo historia por el alcance y la difusión de algunas de las tantas campañas feministas. Frases como esas me emocionan pero principalmente me alientan a seguir adelante; me hacen sentir que no nos encontramos a la deriva sino encaminadxs colectivamente, aunque baste con entrar a Twitter para que el femicidio del día me llene de ira y traslade a segundo plano cualquier optimismo feminista.

Hay dos casos que resuenan en los medios: el de Abril Sosa y el de Nahir Galarza. Abril, con cuatro años, fue secuestrada, violada y asesinada por Daniel Alberto Ludueña, albañil. Nahir es una joven de diecinueve años que confesó haber disparado y asesinado a su ex novio, Fernando Pastorizzo. Ambos casos son conocidos por el nombre de ellas, las feminidades, a pesar de que sus roles sean antagónicos.

Cuando Nahir declaró haber sido ella quien disparó el arma, medios como Clarín y La Nación no dudaron en hacer público su nombre completo, su edad, su imagen. Cuando Daniel Alberto Ludueña confesó haber violado y asesinado a Abril, el graf de C5N fue: el acusado conocía a los padres. En una parte de la pantalla, difuminada, una foto que el “acusado”, ese que ya había confesado, se sacó alguna vez apuntando con su celular a un espejo. Al día de hoy, no hay otra que conozcamos.

Es tal el desparpajo con que los medios cuidan a los femicidas que debí googlear para confirmar cuál era el nombre del asesino, mientras de Nahir sé de memoria sus detalles más íntimos. Una búsqueda superficial en Twitter me encuentra con su nombre, me la muestra modelando, posando de espaldas, sonriendo, en bikini en la playa, mirando a cámara, seria. De Ludueña encuentro cero fotos si filtro en la red su nombre junto con el del diario más leído del país.

Busco por otras vías, lo mismo pasa desde el buscador de la web de Clarín: al filtrar por imágenes, hay páginas y páginas de noticias y fotografías de Nahir. Pero, ¿qué pasa si la búsqueda se trata de Ludueña? Suya se encuentra apenas una foto sin difuminar. Por fin puedo ver su rostro, mirarlo a los ojos, prometerme no olvidarlo. Por más irónico que parezca, el resto son imágenes de Eber Ludueña y eso resume -irónicamente- el esmero de los medios hegemónicos por combatir el machismo.

Irritada, rabiosa, pretendo escribir algo. La mente en blanco, la ira latente. Hace poco me regalaron un librito que reúne ensayos sobre dominación masculina de Pierre Bourdieu. No está señalado; lo abro al azar, busco consuelo. Mi mirada cae sobre una oración que habla de la coerción estructural que impone el campo periodístico que modifica las relaciones de fuerza dentro de los diferentes campos. Lo que Bourdieu quiere decir es que los efectos de la labor periodística no son menores, mucho menos fortuitos, y repercuten en el resto de las estructuras que contienen nuestro vivir.

A Nahir no la conozco, pero podría describir su mirada como la de una amiga cercana. Las pestañas oscuras, los ojos delineados, las cejas tupidas; la determinación al momento de mirar a cámara. Lo mismo con su cuerpo esbelto, su cintura de avispa, su culo de modelo. A medida que leo la recuerdo perfectamente a pesar de no haberla visto jamás personalmente, incluso habiendo nacido en la misma ciudad y llevándonos algunos años.

Dice Bourdieu más adelante que el campo periodístico está permanentemente sometido a la prueba de los veredictos del mercado (…) y los periodistas se muestran propensos a adoptar el ‘criterio de los índices de audiencia’ en la producción o en la valoración de los productos. Así se corre el foco de lo importante -en este caso, exponer y denunciar los entramados machistas que nos cuestan la vida- y se ponen a forma ideas como “las lindas siempre están locas”, “los varones también son víctimas de violencia”, “el feminismo quiere oprimir a los varones”, “es un caso de violencia de género a la inversa”.

Poder visualizar a Nahir automáticamente también es producto del sometimiento a una competencia constante de los medios. Será que los índices de audiencia marcan una diferencia concreta y alevosa: lo redituable no es escrachar a un varón pedófilo y femicida que hizo del cuerpo y de la vida de una nena de cuatro años su voluntad (que además ya tenía antecedentes por abuso sexual), sino demonizar la figura de las mujeres -y de las demás feminidades- como si fuéramos nosotras las responsables de la violencia que sobre nosotras se ejerce.
El machismo, una vez más, definiendo al feminismo.

Este año, en los primeros 44 días, fueron asesinadas 45 mujeres. Este año, el presupuesto del Instituto Nacional de Mujeres se reduce en un 17 por ciento; es decir que va a contar con 30 millones de pesos menos que en el 2017 para luchar contra la violencia machista.

Recuerdo una frase brutal de Luciana Peker: cada día que empieza termina con una mujer menos. Se escurren por mi memoria los nombres, las caras, las miradas de las mujeres que tienen un espacio de aire, que -con suerte- protagonizan las noticias, que son nombradas en la radio: ya no están. Fueron violadas, golpeadas, quemadas, empaladas, asesinadas.

Mientras los medios siguen concentrándose en reducirnos a putas, locas, maleducadas, pobres, rebeldes, los machos no son juzgados por su intimidad, por su vida privada, por su reputación. No educarnos como audiencia, abandonar la visión crítica y la lectura entre líneas, no significa más que hacerle el juego a los medios hegemónicos. Es darles la oportunidad de que sigan sirviéndonos noticias tendenciosas ya digeridas.

La velocidad y la renovación de los medios nos pueden llevar, como dice Pierre Bourdieu, a un estado de aparente “amnesia permanente” por estar obligadxs a vivir y a pensar al día y a valorar la información en función de su actualidad y no de su contenido. Me pregunto cuál es el sentido de invertir energía en manchar a un movimiento que lucha por la igualdad de género en lugar de exigir el tratamiento responsable de una problemática social. Cuestionar a las mujeres es cómodo y sencillo, es costumbre; desconfiar de los medios, en cambio, es una excepción. ¿Será que objetarlos es, a su vez, ponernos en duda a nosotrxs mismxs?

Ana Carrozzo
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