Revista Palta | EL FANTASMA DEL ACOSO
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EL FANTASMA DEL ACOSO

-¿Lo conocés?

Una señora me señaló a un tipo que tenía al lado. Dije que no, viajaba sola.

-Ah, porque te está manoseando de una manera…

Medio que se rió cuando dijo eso. El tipo desapareció. Ella estaba sentada con el diario en la mano y yo le daba la espalda. Estábamos en un subte de la línea D.

Manoseando dijo. Manosearse es un montón. Yo estaba atenta a mi celular, pero tampoco tan colgada como para olvidarme del resto del mundo. Lo habría sentido. De hecho, a la señora la sentí cuando se estiró para tocarme la espalda y preguntarme si lo conocía. O, ahora que lo pienso, capáz me habló y no la escuché, y ahí fue que se estiró para llamarme.

A ella no le parecía que debiera hablar bajo o con prudencia de ese tipo de temas. Me lo preguntó cómo las señoras que buscan empatía en el resto de los clientes de la verdulería sobre lo caro que está el tomate. Y parece que estaba carísimo, porque todo el subte me miró con cara de pena.

-¿No lo sentiste?

-Si, si

Dije que sí porque qué iba a decir. Ella lo comentaba con todos, se sentía una heroína. Y es verdad que me había salvado. “Claro, a mi me pareció… y ni bien lo dije el tipo se escapó, ¿vos lo viste como bajó corriendo?”.

Supe que la gente no me estaba creyendo. Era un sí con intención de no. Eso también me dio vergüenza. Yo también me bajé corriendo.

Me senté en un banquito plateado y me quedé mirando la nada. Desenrredé los auriculares y los volví a guardar. Pasó el próximo tren, el que vendría en tres minutos, pero no me subí. Decidí caminar esas dos estaciones que me faltaban.

¿Cómo fue que me tocaron y no lo sentí? De repente, al miedo al abuso se le sumó el de no percibirlo, el de no darme cuenta, el de no poder cuidarme. No entendía qué había pasado. Desconfié del supuesto abusador, de la señora que me “defendió”, y de mí misma.

Empecé sentir algo detrás mío, algo que no estaba, pero que me hacía darme vuelta a cada ratito, apretar las piernas y caminar rápido. Todas las sombras ahora eran peligrosas. Los fantasmas que me perseguían en la oscuridad del pasillo de mi casa de los siete años habían vuelto transformados: esta vez me corrían a la altura del culo.

Esa noche dormir fue imposible; la cama estaba llena de fantasmas y yo sentía que tenía que estar totalmente alerta. Incluso en mi casa, incluso en mi cama, incluso cuando estaba acompañada, incluso cuando estaba sola. Fue una sensación que duró un tiempo, y que fue disminuyendo hasta un día se esfumó, pero nunca desapareció por completo.

Quedó algo, como el polvo de un humo que sigue volando, un polvo que sé que no se va más. Y toma más fuerza cuando me cuentan historias de otras chicas, o cuando lo veo en películas; cuando un tipo me hace un comentario o solamente si me mira raro. Pero ya no está a la altura del culo, ahora se extiende por la espalda y viaja a otras partes del cuerpo: las tetas, la boca, el cuello, la panza. Me hace caminar raro, esconderme, encorvarme, correr la boca y alejarme. Alejarme sin que nadie se me acerque, alejarme por miedo a sentir cosas que no quiero y ahora también por el miedo a no sentirlas.

Sé que ese polvo no se va a ir. Sé que es un miedo que sentimos todas a partir de una edad. Pero sé también que ese miedo está tomando fuerza y está dejando de ser individual para volverse colectivo, y está muy cerca de convertirse en revolución.

Manuela Martinez
[email protected]