Revista Palta | EL CANTO DE LAS PALMAS
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EL CANTO DE LAS PALMAS

El aplauso sostenido de toda una comunidad coronaba una despedida solemne, el hall central de la E.N.E.R.C. vibraba mientras Pablo Rovito avanzaba por las escaleras camino al que había sido su despacho. El ritmo de las palmadas no era propio de una ovación, era más bien rígido, acompasado por un peso insoportable en los hombros. Pablo Rovito se fue entre pasillos y los aplausos quedaron sonando.  

Durante tres años consecutivos, entre el 2012 y el 2014, caminé todos los días por la intersección de las calles Salta y Moreno. Un edificio de puertas monumentales me recibía en la esquina dispuesto a brindarme todas sus herramientas de aprendizaje. Una cantidad de manos se ponían a mi disposición y a la de  todxs lxs estudiantes que ingresaban año a año a la renombrada E.N.E.R.C.

El año de mi ingreso a la carrera de Guión cinematográfico coincidió con la asunción de Pablo Rovito como rector de la escuela y, por lo tanto, con el fin de una acefalía institucional. El plan de estudios era nuevo y prometedor, yo respiraba en la escuela aires de opulencia intelectual, y con la inocencia de quien acaba de salir de la secundaria adoraba la cúpula interna del hall como adoraban los hombres de antaño a los dioses paganos.

Profesores con años de industria nos hicieron agarrar cámaras, micrófonos y fresneles para poder educarnos en la tarea misma de hacer cine. Con Marcelo Del Puerto di mis primeros pasos en el conocimiento de estructuras narrativas, con Oscar Carvallo aprendí sobre la multiplicidad de las miradas. Me resuena hasta el día de hoy su frase más célebre: “No hay cosas aburridas, solo hay maneras aburridas de ver las cosas”. Fernando Peña se presentó en la primer clase de Historia del Cine diciendo “Soy Fernando Martín Peña… el que está vivo, obvio” y partir de allí, a lo largo de toda la cursada, se dedicó proyectar un sin fin de películas que jamás podríamos volver a ver si no fuera por esas copias únicas que él conserva en fílmico como patrimonio histórico y cultural.  

Con la renuncia de Rovito volví a pisar el establecimiento después de mucho tiempo, el reencuentro con compañerxs que no había visto desde la ceremonia de egreso fue al mismo tiempo triste y enriquecedor. Los miembros de la industria con los que había trabajado también estaban, o bien ahí en la E.N.E.R.C., o bien manifestandose a escasas cuadras, en la puerta del instituto de cine.

Para cualquiera es reconfortante rodearse de aquellas personas que nos traen cálidos recuerdos de épocas pasadas y, como bien dicen los versos que entona Mercedes Sosa, uno siempre vuelve a los viejos sitios donde amó la vida. Pero cuando el motivo del reencuentro es la necesidad de unirse frente a un enemigo en común entonces dicho reencuentro se resignifica en dos direcciones.

La vulnerabilidad de un alma débil y la fortaleza de quien se empodera se me hicieron presente en los abrazos de mis compañerxs. Nos turnamos para llorar y consolarnos y trajimos a la memoria aquellas sensaciones que nos hacían sentir unidos. El primer abrazo fue el que me di con Jimena Repetto, la madre del grupo, una gran maestra, con quien compartí cátedra durante tres años. La vi transitar un casamiento, un parto y un divorcio;  Caminamos juntos en aquellas etapas y ahora nos abrazábamos después de largo rato, recordando. Tomamos mate en el departamento de alumnos y hablamos con Agustina, la que había sido nuestra preceptora en el último año. Su vínculo con el cine no excede el puesto que ocupa en la institución, ella se encarga de tareas administrativas que posibilitan el funcionar de la escuela. Aún así el vínculo que nos unía era fuerte y fue necesario recibir su consuelo y proveerle el nuestro.

Con mis compañerxs de guión recorrimos la escuela en tropel, entramos sin golpear la puerta a un aula en donde estaba dictando clase Enrique Cortés. No sentamos al fondo y escuchamos a lxs nuevxs estudiantes de guión debatir sobre sus proyectos, Enrique nos tildó de “alumnos melancólicos” para explicarles a lxs chicxs quiénes éramos y entre risas nos preguntó por qué no asistíamos con tanto entusiasmo cuando él era nuestro profesor. Él también había presentado su renuncia ese día, no como docente sino como coordinador de las sedes de la E.N.E.R.C. en el interior.

El hall estaba repleto de gente que iba y venía, los saludos eran constantes y la ansiedad por saber cuáles iban a ser las palabras de Rovito crecían de a poco. Me crucé a Abril, de primer año, y a Sergio, egresado de hace tiempo, a quien no veía desde su regreso a Misiones. Los nuevos vínculos y los antiguos, formaban todos parte de una misma comunidad.

Me resulta lamentable que una estratagema políticamente sucia y un informe periodísticamente vergonzoso hayan culminado con la destitución de un funcionario que tan prolija y apasionadamente había llevado a cabo su gestión. Gestión de la que fui testigo, desde el primer año de su puesta en marcha hasta lo que fue su desolador final en un martes de abril. Desde el primer día se había mostrado alegre y cariñoso, su pasión por el cine se podía sentir cuando nos incitaba a que utilizaramos la escuela para aprender, que aprovecharamos todos sus espacios y que pasaramos horas adentro, leyendo, editando, reuniéndonos y realizando proyectos. Las puertas de su despacho siempre estaban abiertas, para debatir sobre grupos de trabajo y proyectos audiovisuales, sean ellos parte de la cursada o no. Durante su gestión, la E.N.E.R.C. fue nuestro hogar.

Nos sentamos todxs juntxs en un microcine colmado y lo escuchamos orgulloso y triste en su retirada. Volver al hall abatido por los hechos fue lo que desató los abrazos, necesitábamos sentir que estábamos juntos y que juntos éramos fuertes.

Gilda encumbia en uno de sus himnos: Quisiera no decir adiós pero debo marcharme, no llores por favor, no llores porque vas a matarme; no pienses que voy a dejarte, no es mi despedida. Algo que me quedó claro es que Pablo Rovito no se fue, no se esfumó, no desapareció, él solamente renunció a un cargo y ahora, de colega a colega, se une a las líneas de batalla de un ejército de apasionados por la cultura, una comunidad que se desvive en aquellas palmadas ensordecedoras con sabor a lamento, bronca y protesta.

Esa sensación de pesadumbre que le daba un ritmo fúnebre a los aplausos la figuré en mi cabeza una y otra vez, no podía dejar de imaginar las columnas y las paredes, la hermosa cúpula y los subsuelos resquebrajándose, viniéndose abajo todo el laburo de una generación y reduciéndose a cascotes la cinematografía nacional.

La tarea de enfrentarse a esta sensación de que todo está perdido es quizá la más difícil de todas, pero una convicción irrefutable de que hay que apoyar a la E.N.E.R.C. al I.N.C.A.A. y al cine nacional aún vive en el pecho de todxs los que abrazo.

Yo he preferido hablar de lo imposible porque de lo posible se sabe demasiado, canta Silvio Rodriguez en Resumen de noticias, y traigo a colación este último poema porque fue esa la canción que Pablo eligió para recitar frente al micrófono en su último día como rector: Agradezco la participación de todos los que colaboraron con esta melodía. Se debe subrayar la importante tarea de los perseguidores de cualquier nacimiento. Si alguien que me escucha se viera retratado sépase qué se hace con este destino, cualquier reclamación que sea sin membrete: buenas noches amigos y enemigos.

 

 

Por Julián Spandrío.

Colaboración
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