Revista Palta | EL CAMBIO ES FAVORABLE
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EL CAMBIO ES FAVORABLE

Sueño Florianópolis, la quinta película que dirige y escribe Ana Katz, me hace viajar a Brasil junto a lo que parece una familia argentina de clase media, en los 90, en el auge tan aspiracional como agridulce de las escapadas en convertibilidad. Ana elige este contexto para pincelar, con una serie de pistas, un cuadro del que como espectadora ya me siento parte: un viaje en auto a la playa, sin aire acondicionado, sin las (dudosas) bendiciones de internet y la conectividad y con un grupo familiar con más asperezas y silencios que la soñada familia de las historias de Hollywood.

Al toque Lucrecia (Mercedes Morán) y Pedro (Gustavo Garzón) cogen en un baño con más deseo y salvajismo del que suelo ver en lxs “mamis y papis” románticxs del cine, e incluso mucho más vívido del que experimento en mi juventud. El camino avanza en lo que, en principio, se presenta como una road movie y de pronto ya estoy en la crema de la historia: Lucrecia y Pedro son dos psicoanalistas que, aunque están separadxs, decidieron vacacionar junto a sus hijxs Florencia, una adolescente con guitarra al hombro que está explorando su sexualidad, y Julián, un joven fan de Nirvana y Sumo, que hubiese preferido estar con el piberío de su edad.

Juntxs pero separadxs, Lucrecia y Pedro ocupan la casa de Marco y Larissa (los dueños de un complejo de cabañas en Florianópolis) y se dividen en dormitorios por género: los chicos con los chicos y las chicas con las chicas. La tensión se presenta fraccionada entre cada uno de estos anuncios que van dando forma a la familia y a los personajes. Y éstos, a su vez, son intervenidos por la barrera idiomática que tanto Lucrecia como Pedro reniegan con los dueños de casa, con torpes mezclas de italiano, español y portugués, y con la incomodidad risueña de no animarse a decir “no entiendo de qué carajo estás hablando pero seguí”.

Esta familia que se presenta como “otro tipo de familia” al que me tocó vivir a mí, me invita a experimentar, también, otro tipo de empatía. Hay algo de Lucrecia que monopoliza mi atención, que a veces se distrae y divierte con la masculinidad intelectualizada y tierna de Pedro -un ofuscado padre que deja claro que quiere apostar todo a su pareja y que no se saca el sweater de los hombros ni que lo maten-. Pero no: me seduce Lucrecia, aunque no se podría componer sin el resto del elenco. Ella, la madre,  está “ahí”, unida a sus afectos de una forma natural, más por disfrute que por una sinergia familiar impostada. Zigzagueando entre el bien común y su propia exploración individual.

Del otro lado, la parte holgada, bailarina, con zunga y vestidos sueltos: Marco y Larissa. También juntxs pero separadxs, ofician de un espejo en clave brasileña. Ellxs parecerían el equivalente de Lucrecia y Pedro,  pero unos pasos más allá. Como si su situación la tuvieran más trabajada y aceptada. La tensión sexual entre Lucrecia y Marco es inmediata, y en ningún momento desde la película se hace un juicio de valor sobre esto. Cada cual, incluso Pedro y la hija menor, Florencia, hace un recorrido sobre su placer como si las vacaciones fueran el espacio destinado para explorarse más que para descansar. Sin madres ni padres avocados en exclusiva a digitar las actividades de sus hijxs adolescentes, sino como un conjunto de vivencias durmiendo en la misma casa.

¿Cómo sería separarme con tanto en común si con tan poco que compartí demoré años superar un vínculo que se me había hecho hábito? Me pienso años y años después, viendo a “lxs chicxs” que tuvimos, grandes y en la suya; compartiendo risas cuando nos encontramos con unos pacientes argentinos que tenemos en común; leyendo una novela, tomando sol de espaldas; cada unx en una pero con ganas de hacer funcionar algo que ni siquiera sabemos decir para qué lo queremos pero que, de alguna manera -incluso rota y desganada- no avanza pero sí permanece.

Ana elige un punto de vista que me hace vivir unas vacaciones de una manera menos incómoda que en la realidad pero que es necesaria a la hora de construir relatos que sean más cálidos que utópicos. Incluso menos apocalípticos en términos de relaciones sexoafectivas y familias que se nos presentan como “disfuncionales”. Con escenas intervenidas por las risas que genera ver a alguien que está en algo que no se entiende y por lo ridícula que parece la aventura de intentar “ser genuinx”. Lo incómodo que es abrirse. A una nueva etapa, a otro paisaje, a un idioma que suena más difícil de lo que se cree, a la pulsión de seguir poniéndole el cuerpo a la vida sin importar cuánto vaya a doler el revolcarse en la arena un poco.

Quizás las familias no sean unidas o rotas y eso es lo que más me deja Sueño Florianópolis: una pregunta sobre si queremos construir o romper eso que llamamos sueños. Porque la película desidealiza, con sutileza, la noción del amor romántico como cohesionador de familias mientras rompe con el mito de las relaciones abiertas como un formato sencillo y de fácil acceso, que sólo depende de la voluntad de quienes conforman el vínculo. La pregunta del sueño, y del amor como un sueño, es la pregunta de la libertad. Que a veces esa libertad parecería ser algo difícil de conseguir, algo que ni siquiera sabemos si en verdad existe, pero que no podemos dejar de buscar.

Con la película pensé en lxs psicoanalistas que consulté a lo largo de mi vida. Profesionales que idealicé, por mucho tiempo, casi sin cuestionar; personas que resignificaron mi propia idea de sueño, y la llevaron a un terreno racional y analítico. Mujeres y varones que, como yo, probablemente también tuvieron sueños y deseos que no pudieron teorizar.

Pienso en todas las historias que no supe ni conté por el tabú que envuelve al mandato heteronormado y familista que tanto consumí, que me rodea incluso en mi círculo íntimo y que, por la buena prensa que tienen los formatos tradicionales, me hicieron ver fracasos sin antes entender qué valor le doy al éxito. Con Sueño Florianópolis regresé a los tiempos sin wifi, sin esa fuga fácil que me distrae de eso que llaman “conectarse con unx”, que creo que jamás experimenté. Quizás la falta de empatía con esa parte de la vida que aún no viví -como la maternidad, o el tener una pareja consolidada- no era un  un síntoma de poca sensibilidad o experiencia. Quizás lo que falta son historias tan rotas y perdidas como nosotrxs, sin caer en el rótulo de algo que no conocemos.

 

Maru Labat
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