Revista Palta | EL ARTE DE AMAR (COMO EL ORTO)
1757
post-template-default,single,single-post,postid-1757,single-format-standard,qode-quick-links-1.0,ajax_fade,page_not_loaded,,qode-title-hidden,qode_grid_1300,footer_responsive_adv,qode-content-sidebar-responsive,qode-theme-ver-11.1,qode-theme-bridge,wpb-js-composer js-comp-ver-5.1.1,vc_responsive

EL ARTE DE AMAR (COMO EL ORTO)

Resulta que el amor es una bosta. Dice Erich From en El arte de amar que “todos los intentos de amar están condenados al fracaso”. Y quiero tomarme de esa idea para tirarle mierda a esto con lo que insistimos y que tanta frustración nos trae: el amor romántico. Y alrededor del amor romántico, cómo entre mujeres, sexoafectivamente, replicamos determinadas formas de control patriarcal. Es que el machismo no se aloja -exclusivamente- en los varones, las lógicas patriarcales se aplican y replican incluso entre pares mujeres.

*****

Una amiga no podía salir de una relación tóxica. Su novia, celosa y posesiva, la había consumido. Pero se encontró con esta chica -hoy, su compañera- que al principio le mostró otras maneras posibles de quererse -y no poseerse- y la alejó de esa situación. Hasta que la envolvió en otra.

Pasaron los meses y surgieron los planteos, las muestras de celos por nuevas amigas –¿segura que son sólo amigas?–, la desconfianza –¿con quién te estás escribiendo?–, el acecho –a ver, mostrame si no tenés nada que ocultar–. Ya no sé si quiero una relación abierta, no te puedo imaginar garchando con alguien más, dejá de verte con otras: ¿volvemos a la monogamia? Y la insistencia: que mi vida sin vos estaría incompleta, que sos mi otra mitad y sin vos me muero, que nadie te va a amar como yo.

*****

Así parece: el amor romántico, trágico en sí mismo, es un éxito absoluto o un fracaso rotundo. Se empieza a girar alrededor de una idea que más que idea es una ilusión. Y no veo que esa ilusión tenga una pata floja, más bien creo que es una debilidad en sí misma. Crece a costa de fantasías románticas, de un estado ideal de las cosas, de conductas idílicas, de estereotipos inalcanzables; y a veces no importa cuánto empeño pongamos en darle una y otra posibilidad –siempre la última oportunidad– a un vínculo cuando estamos paradas sobre una caja de cartón mientras el alrededor tiembla todo, tiembla entero.

La caja está medio llena medio vacía, alcanza para sostenernos –a eso apunta– pero por ahí flaquea y nos asusta un poco, como si no quisiera que nos relajásemos del todo. Al acecho, adentro, esperan los deseos impuestos por el deber ser que la sociedad ha instaurado, acepta y pregona, atentos al temblor. ¿Cómo es que nuestros modos de querer resultan patriarcales, incluso tanto como aquellos que consideramos antagónicos? ¿cómo puede ser que nuestra visión política feminista y las maneras de amarnos se contradigan alevosamente?

Nos enseñaron lo contrario, compañera, y cuesta verlo pero no hay amor en esas conductas afectivas: están plagadas de control. Tengo la impresión de que nos educaron partiendo de la base de que nuestro deseo sería heterosexual y, tras salirnos de esos parámetros y disfrutar de otras pulsiones, es como si usáramos un manual equivocado.  

*****

Dos pibas militantes feministas que conozco –Ámbar y Belén– estaban juntas hace un tiempo. Ámbar le revisaba el celular a Belén, estaba atenta a sus me gusta en Instagram, le preguntaba con quién y a dónde pensaba salir. Cuando no estaban juntas, la llamaba, la mensajeaba, le hablaba a la gente con la que estaba: no importaba en qué parte del globo estuviese, Ámbar siempre estaba presente.

Un día empezaron a pelearse porque Belén quería salir con sus amigas sola, sin ella. Ámbar le dio una piña a un cuadro que estaba al lado de Belén y le dejó un agujero. A la semana Belén no tenía ganas de garchar y pasó de recibir besos a escuchar gritos, insultos y un portazo que la dejó tiesa en la cama. De estas escenas, una nueva dosis, cada semana.

*****

No quiero ser posesiva ni controladora, mucho menos violenta. Rechazo las formas panópticas de relacionarme y con el feminismo lo reafirmo –ejercito y me equivoco– permanentemente. Pero sucede que lo sigo viendo en mi entorno feminista: parejas de pibas que, muy convencidas de estar construyendo vínculos sanos y progres, terminan siendo tan dominantes o manipuladoras como los machitos violentos que –merecidamente– repudiamos.

De la familia, alias cuna patriarcal, cargamos con enseñanzas, modelos, reglas que evaluamos hasta identificar como opresoras y resignificamos mientras nos repetimos que no queremos ser más esta humanidad. No es gratis ni sencillo reconocer que el enemigo habita en nuestra intimidad y que encima le damos techo, cama y comida.

No arremeto contra mi aliada feminista porque sé que juntas crecemos, aprendemos, nos desafiamos. Habitar la calle, levantar el pañuelo verde como bandera, gritar Ni una menos, libres nos queremos, caminar en tetas con la espalda reclamando mi cuerpo, mi decisión. Nuestra militancia es necesaria, es parte de una lucha constante e inacabable. Entretanto, por fuera de nuestros soñados micromundos feministas, el común de la gente va a los ponchazos, mientras asimila las pequeñas –enormes– emancipaciones cotidianas, vive debates de leyes que buscan ampliar nuestros derechos y libertades, se apabulla, se indigna, se resiste.

Ese ritmo nos queda lento. Así y todo, de este lado, en vez de patear el tablero patriarcal, seguimos siéndole funcionales. ¿Cómo demandamos que la sociedad toda pueda despertarse si mi compañera feminista, la que marcha a mi lado, incluso reflexión mediante, a su vez reproduce lógicas autoritarias en un plano sexual y afectivo? ¿y si  nosotras mismas imitamos estas dinámicas? ¿somos nuestra propia enemiga?

Rocío Zirpoli, licenciada en psicología, me comentó que en una sociedad patriarcal como en la que vivimos, estos tipos de violencia se perpetúan dentro de las relaciones sexoafectivas entre mujeres pero que “esto no implica que la mujer asume un rol masculinizado, sino más bien una relación de poder, de dominio sobre la otra persona que, dentro de la teoría psicoanalítica, sería una mujer fálica”. Si bien hablar de mujer fálica no me convence ni me agrada, puede que sea un camino válido para desentrañar este tema. “Al hablar por tanto de una mujer fálica es un simbolismo que el psicoanálisis ha graficado hoy en un amplio sentido de actos, actitudes o descripciones de la naturaleza humana. El término puede definir una mujer con una personalidad autoritaria, con deseos de ser, de poseer, que cree controlar o dirigir sus relaciones”, me explicó.

El feminismo es aprendizaje permanente y equivocarnos, cotidiano. Pero, militándolo, haciendo el esfuerzo diario de deconstruirnos, ¿no hay hipocresía al denunciar socialmente y seguir reproduciendo puertas adentro? ¿Será que en las calles transpiramos feminismo y en la intimidad practicamos la dominación?

Puede ser tramposo suponer que esas expresiones de lucha colectiva son la mismísima revolución. Si a la revolución no la empezamos en casa, reconociéndonos en deconstrucción y no deconstruidxs, a la calle no la vamos a terminar de tomar nunca.

Es maravilloso el patriarcado: sabe cómo inmiscuirse en nuestro ideario de vínculos afectivos, nos empaña el espejo para que no veamos con claridad, y logra que pensemos que queremos cuando vigilamos, que amamos mientras oprimimos, que damos cuando exigimos. Nos convence de que si la persona con  la que compartimos nos vigila es porque nos cela y si nos cela es porque nos ama y si nos ama estamos realizadxs. Así, cuando nos queremos acordar estamos tratando lo que no nos pertenece como si nos perteneciera.

El amor romántico, dependiente, enfermizo, es una bosta. Nos podemos quedar con aquello que dice Fromm de que todos los intentos de amor están condenados al fracaso. O intentar construir desde otro lugar: uno donde los vicios patriarcales sean tan pero tan débiles que no logren esconderse detrás del glitter de mi compañera torta y feminista.

Ana Carrozzo
[email protected]