Revista Palta | EL AMOR SE ELIGE
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EL AMOR SE ELIGE

Internet dice que un duelo es el proceso emocional de adaptación que sigue a una pérdida cualquiera. Un trabajo, una relación, una persona, una taza que se rompió. Tiene que ver con la reacción ante esta pérdida. Wikipedia habla de etapas; negación, enojo, negociación, depresión, aceptación, y dice que puede que no se cumplan todas y tampoco en ese orden. Hay citas a Freud, se habla de manifestaciones externas, de ayuda profesional, de tipologías, de significados y de posibles tiempos de duración; pero en ningún lado explican cómo se hace para aceptar que ese alguien, o ese algo, ya no está más.

Flavia, la protagonista de El año del León, es viuda reciente, es pragmática, y, le cuesta mantenerse en pie con su proyecto de vida ahora interrumpido. Nosotrxs no somos testigos del momento del derrumbe, pero sí de su duelo. La conocemos perdida. Ella, como quien da manotazos para no ahogarse, busca salir a flote; quiere volver a ser feliz y no tiene vergüenza o culpa de sus ganas de salir adelante. Si un duelo termina con la aceptación de la pérdida, Flavia busca acelerar el proceso, y eso implica alejarse de los suéteres usados de León, de la cama hundida de un lado en el que ya no duerme nadie y de la habitación con pósters de su hijastra de once años, Lucía. Pero el duelo de la hija de León recorre un camino distinto en el que se rehúsa a olvidar, o a dejar atrás, el recuerdo de su papá: quiere seguir estando cerca suyo aunque él ya no esté, y eso implica estar cerca de Flavia y de la casa que, hasta hace poco, compartían.

El año del León nos invita a volvernos testigos invisibles de este año de duelo en la vida de Flavia, y de los procesos cruzados que tienen que atravesar estas dos mujeres en busca de un equilibrio que las quiere distantes.

Me acuerdo cuando una vez, de chica, mi papá le pidió a su novia que me bañase. Ella se sentó sobre la tapa del inodoro y se quedó mirándome mientras yo jugaba con la espuma en silencio. No tenía celular, de tenerlo seguramente hubiese preferido mirar la pantalla. Me dejó prender el hidromasaje de su bañera un ratito, me dijo que me lavase bien con jabón y controló que lo hiciera. Cuando le pedí que me lavase la cabeza me dijo que no sabía hacerlo.

Tengo la teoría de que dos personas para amarse primero tienen que elegirse. A las parejas de mis m/padres no las elegí y ellxs a mí tampoco; fuimos parte de un paquete con el que tuvimos que aprender a convivir en armonía por amor a otra persona. Aprendimos a respetarnos y a tomarnos cariño con el tiempo. Flavia y Lucía tampoco se eligieron, se quieren como por inercia, por la cotidianidad construida; y la ausencia repentina de León rompe con este día a día y las pone en jaque: de pronto cada una desconoce su propia vida y necesita descubrir cómo quiere vivir su cotidianidad de ahora en adelante, eligiéndose, o no, entre ellas.

¿Hay una manera correcta de sobrellevar una pérdida? ¿Qué significa y qué implica “salir adelante”? ¿Qué pasa cuando, en busca de nuestro propio bienestar, necesitamos ser egoístas?

La ópera prima de Mercedes Laborde me reencontró con la idea de que el amor, en todas sus formas, es algo que se elige. Me ayudó a ponerme en el lugar de las distintas novias que tuvo mi papá, mujeres que se enamoraron de un hombre que vivía conmigo y que, de un día para el otro, tuvieron que acostumbrarse a convivir con mi carácter ariano e incluirme en sus planes de domingo. Me recordó que las personas no son malas, sino que nuestras búsquedas a veces nos hacen chocar más de lo que nos gustaría. Me hizo extrañar a mis muertxs, perdonar a algunxs vivxs y llorar una mañana fría en villa crespo, un día que me desperté creyendo que nada me podía interpelar.

Manuela Martinez
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