Revista Palta | EL AMOR DESPUÉS DEL AMOR LIBRE
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EL AMOR DESPUÉS DEL AMOR LIBRE

Por Juana García Berro.

En algún momento de mi primer noviazgo comenzó una discusión acerca de por qué nuestra relación debía ser “abierta”. Me acuerdo de que yo estaba recelosa al principio y que usé argumentos del estilo: “me suena copado, pero no lo podría hacer”, “si bien no estoy de acuerdo con los celos es natural sentirlos” y “unx debe ceder ciertas cosas por la persona que ama”. Sus argumentos, en cambio, eran más del orden de la militancia de las ideas que vienen detrás del poliamor, por ejemplo: la no naturalidad de los celos, la no posesión de las personas, el hecho que el amor no es cerrado, sino expansivo y, para rematar, un copy-paste larguísimo sobre la historia de la monogamia impuesta hace miles de años y cómo eso fue parte de la creación de una cultura relacional nefasta en la cual seguimos viviendo.

La discusión cerró conmigo sin dar el brazo a torcer y con él aceptando mi postura, pero con un secreto conocimiento de que la iba a cambiar. Y claro, después de un fin de año a pura fiesta, besándome con varias personas (y enojándome porque él no se enojó por eso) y otra historia más en verano (que yo oculté varios años para no admitir mi error) me di cuenta de que, quizás, estaba siendo medio hipócrita con respecto a lo que está bien o mal hacer, así que decidí darle una chance.

Por mi parte no fue muy difícil acostumbrarme a la idea de que podía estar con otras personas, pero todo se empezó a poner más intenso cuando, claro, me enteré de que él también lo hacía. Un día me agarró la curiosidad y le pregunté, casi al pasar, si había estado con alguien más. Su respuesta fue que sí. Me quedé helada.

Me puse a llorar desconsoladamente. No sé si tanto por el hecho de que hubiera estado con alguien, sino por el sentimiento de derrota que suponía haberme equivocado otra vez. Le pregunté con quién. Me respondió. Le pregunté si tenía planes de seguir estando con ella, o si le gustaba mucho, o alguna otra pregunta así. Me dijo que creía que no y ahí quedó esa historia.

Parte del miedo a las relaciones abiertas tienen que ver con el hecho de que constantemente estás en “peligro” de ser “dejadx por otrx”. Lo primero que aprendí de esto es que el hecho de “poder” estar con otras personas no significa que lo vayas a hacer y que enamorarse no tiene nada que ver con coger. Lo primero, en mi caso, lo acepté por una cuestión de estadística: una vez iniciada la relación abierta solo tuve otras dos relaciones sexuales, únicas y casuales. Simplemente se me fueron las ganas. Quizás como no me sentía de alguna manera “atrapada” en que sólo podía estar con una persona, eso hizo que yo misma perdiera el interés en estar con otra gente. Lo segundo lo acepté el día que, recordé, yo misma me había enamorado de él sin que hayamos tenido relaciones sexuales. Sí, unx se puede enamorar sin coger y hacerlo no significa necesariamente que te vayas a enamorar.

Pero ahora se complica: ¿qué pasa cuando sí pasa algo más? ¿Lo decís o no? ¿Cómo lo manejás? A ambxs nos pasaron cosas algo más fuertes que un beso con otra gente y ambxs lo sabíamos. Esa es otra discusión que terminé saldando con los años: tener una relación abierta no implica tener que contar sobre tus otras relaciones ni enterarte de las de lxs otrxs, más bien lo contrario: significa poder entender que se puede tener vida y relaciones por fuera de la pareja, que se pueden tener secretos, que hay cosas que quizás no querés contar para no lastimar al otro sin que necesariamente eso sea algo “malo” o algo por lo que sentirse culpable. Eventualmente me pasó de no sentirme preparada para que mi pareja se involucrara amorosamente con otra persona. Fue un momento donde sufrí porque salieron a flor de piel inseguridades capitalistas y patriarcales, como el miedo a quedarme sola, o sentir que “me cambiaron”. Tuve que aprender a esquivar todo eso y a quedarme con la tristeza genuina: sí, quizás la relación con la persona que amaba cambiaría para siempre o los sentimientos ya no fueran correspondidos. Por suerte nada de eso pasó, pero fue difícil: mi relación y mi teoría se ponían a prueba.

Pero es inevitable equivocarse: las relaciones son un permanente prueba y error. Ya con mi segundo novio, en una relación “cerrada”, me encontré con la disyuntiva de no saber qué hacer. Si yo tenía una relación con ciertas reglas, ¿para qué romperlas? Si no me gustaban, ¿por qué no cortaba la relación? Y además me di cuenta de que por primera vez genuinamente podía lastimar a alguien con quien tenía una relación hermosa a pesar de que no cumpliese idealmente con el modelo que yo creía que era el “correcto”. Y desde allí otra conclusión: no existe la relación perfecta. Una relación “cerrada” no tiene por qué ser “mala” si está cargada de cariño, comprensión y libertad. Muchas veces lxs defensores de las formas alternativas a la monogamia podemos terminar siendo más cerrados y cuadrados que aquellxs que la defienden.

Finalmente aprendí que a veces es mejor dejar que las cosas fluyan y pasarla bien en vez de estar obsesionada con qué tipo de relación tenés o qué nombre lleva. En lo que respecta a las relaciones abiertas creo que animarse a vivir la experiencia (con alguien copadx al lado), incluso con las contradicciones propias y ajenas que puedan ir surgiendo, es una buena forma de empezar a abandonar de una vez y para siempre los grandes males de las relaciones entre las personas: los celos, la competencia, la posesión, el control, la inseguridad y la desconfianza. En definitiva al final del día, si querés coger, vas a coger igual.

Colaboración
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