Revista Palta | EDUCADA POR UNA PORNSTAR
1121
post-template-default,single,single-post,postid-1121,single-format-standard,qode-quick-links-1.0,ajax_fade,page_not_loaded,,qode-title-hidden,qode_grid_1300,footer_responsive_adv,qode-content-sidebar-responsive,qode-theme-ver-11.1,qode-theme-bridge,wpb-js-composer js-comp-ver-5.1.1,vc_responsive

EDUCADA POR UNA PORNSTAR

¿De qué hablamos cuando hablamos de sexualidad? ¿Cuánto del silencio pedagógico que me acompañó en mi educación tiene que ver con los complejos y prejuicios que tuve que romper -y que sigo rompiendo- durante mi madurez? ¿Qué tan lejos quedó el disciplinamiento de mi cuerpo en base a reglas de vestimenta y comportamientos de “género” asignados por dentro y por fuera de la escuela? ¿Cuán diferente es la Argentina de hoy a la que me tocó vivir a mí, cuando la Ley de Educación Sexual Integral no existía?

A mis 10 años yo pensaba que la masturbación era algo que hacían los varones, y que el placer que yo sentía al apretar mis piernas contra la almohada era una malformación de mi género. No lo contaba, no lo consultaba, era algo más secreto que íntimo.

El contexto era clave. A principios del 2000, internet recién se iba instalando en algunas familias privilegiadas y el consumo de pornografía -como principal educador- era aún más difícil para las chicas. La meta era buscar en los cajones de hermanos o primos y recolectar todo el material gráfico (y explícito) posible para responder algunas inquietudes.

La pornografía no era sólo mi manual de instrucción sexual secreto, sino también mi anclaje más grande al sexo opuesto. Mi sobrepeso estético hacía que mis compañeros me dijeran “cerda” o “porki”, y armé una estrategia extorsiva para erradicar esos apodos: el tráfico del porno. A los chicos más amigables los invitaba a merendar, les daba Nesquik y les mostraba las revistas que había conseguido. Gracias a Playboy me hice amigos y más tarde novios, y todavía recuerdo el rostro ardiente de las modelos que me enseñaron que manifestar el placer tenía que ver con una forma de abrir y torcer la boca.

UNA MAESTRA LLAMADA EMMANUELLE

Recorrer la grilla de programación de la televisión y encontrar el horario exacto en el que Film Zone se volvía “Exxxtreme” también era un hábito personal. Ahí estaba ella, Emmanuelle, la mujer de las múltiples facetas, con historias de hombres invisibles y viajes al espacio; mi maestra de sexo y biología durante mi educación primaria.

Cada teta, pezón, cintura, cola, pierna e incluso vagina que aparecía en primer plano me hacía bajar el mentón para buscar similitudes. El recorrido era en vano: la mayoría eran diferencias, aunque la expresión de placer de Emmanuelle emitía el mismo sonido que hacía yo cuando algo me dolía.

Cuando conseguía pasar del soft al hard y encontraba imágenes explícitas, las dudas se profundizaban. La ostentación del genital del varón era evidente, y su placer parecía estar relacionado con la dominación. ¿Eso blanco que les sale del pito es como la menstruación? Las preguntas que me hacía con respecto a la naturaleza de ellos eran más, porque su miembro era más visible y diferente, aunque mi biología y mi placer todavía se ubicaban en un terreno alienígena.  

El punto de ebullición de mi curiosidad fue cuando con mi mejor amiga redactamos una carta para pedir información calificada. Nos habíamos enterado que en otra escuela había chicxs que tenían clases sobre el tema, y quisimos el mismo beneficio. Aunque el pedido fue anónimo y firmado por nuestra división, la evidencia la dejamos al tocar la puerta de la secretaría de dirección y al decirle -en un español de dibujo animado- que llevábamos “recado” para la directora. El mensaje era contundente: “Queremos clases de educación sexual”. Sin saberlo, ese día y de esa forma, nos convertimos en militantes por nuestros derechos.

UNA BATALLA GANADA A MEDIAS

Poco después, Silvia, la psicopedagoga, se presentó en el aula en la primera clase de educación sexual de nuestro colegio. Su fanatismo por las teorías de Freud le hizo relucir cierto goce por la temática que le tocó explicar a nosotrxs, su alumnado. “A ver, levante la mano:  ¿quién sabe lo que es el semen?”. Mi compañero de banco, el nerd de la clase, le preguntó con timidez: “¿semen y “wasca” son lo mismo?”. Entre risas e ilustraciones pedorras, la clase se limitó a cómo nos trajeron los “papis” a este mundo, en un marco limitado a la gestación y los cambios físicos en la pubertad.

El porno, su falocentrismo y heternormatividad seguían siendo más efectivos.

En mi secundaria el tema se retomó desde el plan de estudios del colegio. Mientras yo descubría mis gustos y placeres, asistía a actividades programadas que tenían eje en la salud sexual reproductiva. El foco estaba puesto en prevención de enfermedades y los métodos anticonceptivos: con una banana las chicas practicábamos cómo poner un forro mientras los chicos, de fondo, se reían como si la tarea les fuese ajena.

En ninguna charla se habló de diversidad ni orientación sexual, identidad de género ni se hizo mención de los distintos puntos erógenos; tampoco se habló de abuso o de los secretos que no hay que guardar. Mi experiencia, la ficción, las anécdotas de amigas, los mitos urbanos y, por supuesto, la pornografía se mantuvieron en mi adolescencia como mis docentes más capacitadxs en la materia.

Las clases de educación sexual, un privilegio en aquel entonces, me dejaron con más interrogantes que certezas; con un mundo muy acotado, dentro de las esferas de lo “masculino” y “femenino” y la desigualdad que eso supone. Aquellas clases manifestaron el pudor y la falta de capacitación docente frente a la temática, y también reveló la necesidad de buscar otras fuentes de información.

¿LAS BASES PARA TERMINAR CON LAS VIOLENCIAS DE GÉNERO?

Esto que relato debería ser un problema de mi generación y las pasadas. Porque desde hace once años, en Argentina, existe una Ley de Educación Sexual Integral (ESI) que le otorga derechos a lxs niñxs en todas las instancias educativas; que promueve articular la educación familiar con la de la escuela en un sentido transversal y no con una clase o actividad aislada. Además, propone una educación con enfoque de derechos y con una perspectiva pedagógica para tratar el género, la diversidad, la afectividad y los cuidados del cuerpo.

La aplicación de la Ley está trabada por la administración pública y por la influencia de la Iglesia en el ámbito educativo. El incumplimiento del Estado de garantizar derechos a todxs lxs niñxs está acompañado por el desconocimiento que tenemos nosotrxs, lxs adultxs educadxs por el porno, a la hora de exigir la capacitación docente para que se pueda aplicar.

Con 27 años comprendo que reducir la sexualidad al sexo es peligroso. Que la educación sexual empieza con los los colores, los juguetes, el afecto y los distintos tipos de familia. Que lxs adultxs tenemos que hablar de la existencia de “contactos físicos incómodos”, aún frente a chicxs que no saben lo que significa el sexo o el placer; que hay que entender que la narrativa infantil influye en la construcción de un universo habitable, y que se continúan reproduciendo estereotipos en la ficción que generan complejos y discriminación.

¿Por qué esta Ley aún no se implementa en todas las escuelas?  ¿Vamos a creer que un gobierno que instala un proyecto de ley de “Libertad religiosa” está dispuesto a aplicar una conquista histórica en el ámbito de la educación? ¿Quiénes, sino nosotrxs, deberían abogar para que se garanticen los derechos de lxs niñxs?

El sexo, al final, es todo eso de lo que se habla mucho -y sin saber- pero que se ejerce en privado. Es el dedo meñique de un mundo que mi generación no conoció más allá de la pornografía y la práctica. Y la salud sexual reproductiva es la punta de un iceberg con el que hay que chocarse para construir una sociedad mejor.

 

Manuales de capacitación para las aulas:

Educación Sexual Integral para la Educación Inicial

Educación Sexual Integral para la Educación Primaria

Educación Sexual Integral para la Educación Secundaria

 

Maru Labat
Maru Labat
[email protected]