Revista Palta | DISTANCIA PARA AMAR
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DISTANCIA PARA AMAR

No importaba cuánto pesase la mochila o lo contracturada que estuviese mi espalda. No me perdonaba dejar pasar recuerdos sin pescarlos. Cuando la gente se olvidaba de la presencia de mis lentes, sus cuerpos volvían a ser orgánicos, sus gestos dejaban de estar pendientes y sus almas salían a la luz; y ahí, cuando dejaban de transformarse por adelantado en imagen, de fabricarse cuerpos que no les eran propios, salían las mejores fotos. Yo no tenía que pedir nada, mi estrategia consistía en todo lo contrario: buscaba ser ignorada, volverme invisible.

Empezó como algo inevitable. Algo del amor que sentía por ellxs me hacía correr a la cámara e inmortalizarlxs. O por lo menos intentarlo. Las siestas con disfraces de lxs más chicxs, el cuidado minucioso de mi mamá por sus plantas, la búsqueda de restos de olor a bebé en el cuello de mis sobrinxs, los pies testeando la temperatura de la pileta antes de zambullirse, algunos pensamientos que creían pasar desapercibidos. Yo funcionaba como un radar, atenta permanentemente a atrapar esos momentos. Una especie de safari ecológico. Un dedo en el gatillo dispuesto a capturar lo que fuera que quedara de esa naturaleza que hoy, entre tanta pose y tanta selfie, pareciera estar en extinción. Miradas fugaces en el subte, en el supermercado, en un restorán; esas que parecen eternas y después se terminan. Mi cámara era mi arma, y cada foto una mirada de despedida.

Fueron cientos de cumpleaños registrados por mis clics silenciosos. Clics a oscuras porque cuando se cierra el obturador una no ve nada. Desarrollé cierta intimidad con la oscuridad. Y una manera de mirar moderna, fragmentada. La gente contaba con ese registro. Saqué incluso fotos posadas que me pedían y a mí no me gustaban. Books para amigxs, las fotos con el arbolito y las de toda la familia en la playa con el mar de fondo. Aunque toda la familia es una forma de decir porque, claro, en esas fotos yo no aparezco.

Por supuesto que alguna vez saqué una de las típicas “todxs con el/la cumpleañerx” y después me turné con alguien para aparecer; pero siempre en la segunda tanda, donde la gente ya no quería fotos, uno se disponía a cortar la torta y yo salía con los ojos cerrados. La que se compartía en Facebook no era la foto donde estaba yo. Nadie capturaba el momento en el que yo hacía dormir a León, o decoraba tortas con Emma. En el álbum familiar soy un fantasma. Soy la que corrió la cortina para que entrase más luz, la que corrió la botella de Coca porque le tapaba la cara a la abuela.

Después de álbumes enteros llenos de likes y corazones, de cumpleaños de mis sobrinos donde todas las mamis se iban con fotos nuevas para sus billeteras, y de viajes que no eran más que estrategias para acumular nuevas imágenes; me dieron ganas de sacarme la capa de invisibilidad un rato. De empezar a habitar el mundo que tan religiosamente había capturado. De participar de las conversaciones en lugar de guardarme sus pausas. De tanto esconder mis lentes, había invisibilizado mis ojos. De tanto atrapar miradas ajenas, ya nadie las intercambiaba conmigo. De tanto capturar recuerdos, me había olvidado de mí misma.

Conseguí las llaves de un departamento vacío, puse la cámara en un trípode, me saqué toda la ropa y me paré frente a ella. Puse un tiempo de exposición largo, y me quedé quieta durante unos minutos. Me retraté tiesa y corriendo por el espacio. A oscuras y duplicada en espejos. En el balcón y a plena luz del día. Y así, medio fantasmagórica, empecé a aparecer de nuevo. Mi cuerpo, mi piel toda entera, de nuevo en mi álbum: volvía a estar presente.

Sacar fotos duele. Supone salirse de algo para mirarlo desde afuera. A mis hermanas les costó aceptar que yo dejase de llevar la cámara a las reuniones y las fotos que comparten en sus redes siguen siendo las que yo no aparezco. Son los recuerdos más fuertes que tenemos.

Ser fotógrafx no es sólo ser fotógrafx. La fotografía es la muerte de algo íntimo, algo que nadie entiende. Cada tanto me tiento, veo uno de esos momentos e intento atraparlo, aunque sea con el celular. Me arrepiento de no tener mi cámara conmigo. Pero tengo que admitir que cada vez los veo menos. Quizás sea falta de entrenamiento, pero yo prefiero pensar que es porque ahora los miro desde otro lado. Que no puedo estar en dos lugares al mismo tiempo, y que no puedo recordar algo que todavía estoy viviendo. Que lo más importante de la fotografía es la distancia donde me paro para amarlxs y que, por un tiempo, necesito abrazarlxs.

Manuela Martinez
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